Los bad boys del entresiglo

(Columna de Santiago A. Rodríguez y Fernando Casullo)

Un recorrido por un período rico y fundacional, aunque algo olvidado, para la Unión Cívica Radical.

De mostrarle una boina blanca a los nacidos en democracia, muchos seguramente dudarían en interpretar la fortaleza que ese símbolo ha tenido en la Historia e incluso podrían confundirlo con una prenda hipster o deportiva. Pero, para cualquiera que cargue con sus años y sus preocupaciones por la dinámica historia política argentina, la boina blanca refiere, sin duda alguna, a la sinécdoque más preciada del Unión Cívica Radical. Nacida como símbolo por ser la prenda de los revolucionarios del Parque en 1890, la boina –y desde ya su significante– carga consigo con casi veinticinco años de lucha durante el roquismo por implementar el voto universal en Argentina. Más allá del trabajo académico concienzudo que sobre la UCR se ha hecho en los últimos años (profundizando el saber sobre su andamiaje ideológico, su despliegue federal, sus internas), la traducción al gran público todavía necesita voceros. Tanto es así que el estilo cimarrón y vociferante de aquellos primeros años del radicalismo hasta pueden sonar hoy sorprendentes luego de toda el agua bajo el puente que corrió en la segunda mitad del Siglo XX.

A lo largo del Orden Conservador el radicalismo protagonizó, en 1890, 1893 y 1905, levantamientos memorables e inflamados. Planes de toma del poder, secuestros resonantes, balaceras y cañonazos pueblan aquellas páginas entre gloriosas y grises de su historia. Hoy, sus dirigentes las recuperan cada vez menos (salvo las rutinarias menciones a Leandro N. Alem y su ética), no hay feriados que las celebren y es escasa su presencia en las currículas tanto como en otros espacios de divulgación. A veces parecería que los radicales hubieran surgido casi de incógnito recién en 1916. Pero, de hecho, entre 1890 y 1905 la Unión Cívica Radical mantuvo en vilo el orden constitucional en la República Argentina. Enemigo declarado de la legalidad roquista, el radicalismo en todas sus vertientes libró mil y un batallas abstencionistas contra el orden vigente.

Este 4 de febrero se cumplieron 110 años de la Revolución de 1905, un violento episodio que incluyó el intento de secuestro de Julio Argentino Roca y el arresto del entonces vicepresidente José Figueroa Alcorta. Este fue tal vez el más crudo de los asedios al roquismo previos a la ley electoral de 1912. Repasemos ahora algunas claves de ese suceso y sus antecedentes y lo que significó para un orden político que no podía permitirse alteraciones a su tropo de “paz y administración”.

PRIMERA REVOLUCION

La génesis de la UCR se dio entre julio y agosto de 1889, con reuniones en la casa de Aristóbulo del Valle. Se juntó así una variopinta coalición de mitristas, católicos, bernardistas y ex republicanos que venían de quedarse con la sangre en el ojo en 1886 al ver nulos sus esfuerzos por evitar la llegada de Miguel Angel Juárez Celman al Ejecutivo. A pocos meses del inicio de esos encuentros surgió una poderosa combinación de viejos lobos de la política (Mitre, Bernardo de Irigoyen y la vuelta al ruedo del célebre detractor de la federalización de Buenos Aires, el alsinista Leandro N. Alem) y jóvenes universitarios mayormente enrolados en la Unión Cívica de la Juventud. De esta alquimia de prerroquistas y nuevas caras nació la Unión Cívica que supo atizar el descontento existente por la restricción electoral y el mal clima reinante por la incipiente crisis económica. Paula Alonso afirma con contundencia que este no fue un partido político pensado para una candidatura hacia 1892, sino una “cortina de humo” para preparar una revolución. Con dicho objetivo por delante, tuvieron su debut en julio de 1890.

En donde hoy se encuentran la plaza Lavalle en la ciudad de Buenos Aires, unos seis mil hombres en armas se volcaron a las calles en la mentada Revolución del Parque. Las boinas blancas, entre los que se encontraban Hipólito Yrigoyen, Marcelo T. de Alvear, Juan B. Justo y Lisandro de la Torre, vieron sofocada la intentona miliciana de hacerse del poder. Pese a la derrota, el resultado arrojó la renuncia de un Juárez Celman, golpeado ya por la crisis económica y financiera y la pérdida de apoyo de Roca.

El final del unicato juarista resultó una victoria pírrica, la Unión Cívica fue presa de internas en los años siguientes (con la incorporación, por caso, de los mitristas al gabinete de Pellegrini). Allí donde algunos (Alem principalmente) veían la podredumbre de un sistema en decadance otros (Mitre) anotaban solo fallas en la gestión financiera. Tal entuerto se vio claro camino a la elección de 1892, cuando el fundador de La Nación selló un acuerdo con Roca y la UC se partió entre acuerdistas (que con Mitre conformaron la Unión Cívica Nacional) y antiacuerdistas, que liderados por Alem e Irigoyen presentaron fórmula propia, formando la Unión Cívica Radical.

Estas elecciones fueron especialmente tensas y bajo estado de sitio, con los líderes de la UCR presos y el partido practicando la abstención como boicot. Con Luis Saénz Peña en el poder el radicalismo azuzó la idea de resistir al “régimen”. Bajo la verba en modo lanzallama de Alem, que llevaba como sello evidente la justificación de la acción armada, y siguiendo mayormente el radicalismo francés, se establece un escenario inestable para un partido que rápidamente vería más acción.

SEGUNDA REVOLUCION

Bajo una presidencia débil, en julio agosto y septiembre 1893 se dio la primera asonada importante del radicalismo, aprovechando los todavía onerosos costos de la crisis del ’90. Las boinas blancas lograron hacerse del control de Corrientes, San Luis, Santa Fe e incluso Buenos Aires. En la principal provincia del país, con 8.000 hombres de apoyo, llegó a formar un gabinete provisional. Nuevamente no alcanzaron su objetivo, pese a estar prácticamente en control del Ejecutivo Nacional con Aristóbulo del Valle de ministro de Guerra, e incluso con Alem proclamado popularmente presidente en Rosario. Eventualmente, se produjo la renuncia del presidente Luis Sáenz Peña pero el fin del Gobierno generó más un giro hacia la cuestión social por parte del roquismo que la precipitación de los radicales en el poder. Estos, descolocados una vez más, pasarían años de una feroz interna.

En 1896 la situación adquirió dramatismo por el suicidio de Leandro Alem. Tras su trágica muerte, el partido se dividió y mayormente se situó detrás de Bernardo de Irigoyen (quien accedería a la gobernación de Buenos Aires en 1898 asociado al roquismo). Sin embargo, quedó un sector minoritario enrolado tras Hipólito Yrigoyen. Este, un comisario de clase media baja, sobrino de Alem y participante de los levantamientos de 1890 y 1893, era quien mejor interpretaba el deseo de continuar limando al régimen. Suerte de relevo del espíritu original, Hipólito se esforzó en resaltarlo echando a mano a toda la iconografía original de 1890. A su vez, se encargó de armar una red de comités del “nuevo partido”, resultando en una verdadera refundación del mismo hacia 1903. Por otro lado, en octubre de ese año se produjo la reunión de notables que definió la candidatura de Quintana sobre Pellegrini para suceder a Roca. Un nuevo presidente elegido de modo poco ortodoxo daba vía libre a las energías revolucionarias. La UCR reaccionó con reflejos y volvió a posicionarse nacionalmente declarando la abstención electoral y la vuelta a las armas. De nuevo eran balas y no votos las que estaban por contarse en la Argentina del entresiglo.

1905: LAS BOINAS BLANCAS REGRESAN

Cuatro meses tras la asunción de Quintana, el 4 de febrero de 1905 comenzaron los levantamientos recuperando similares banderas a 1890 y 1893: “Régimen o República”. Hipólito Yrigoyen se valió de la reminiscencia para mostrar que los principios seguían intactos pero la fuerza estaba renovada.

Siguiendo un esquema similar a las revoluciones anteriores (pero con un plan más ambicioso), se generaron múltiples levantamientos cívicomilitares. Aquella mañana de febrero se despertó nuestro país con levantamientos en Capital Federal, Campo de Mayo, Bahía Blanca, Mendoza, Córdoba y Santa Fe. En Capital Federal, se constituyó un cantón revolucionario que aguardaba la llegada de dos batallones desde Bahía Blanca para encolumnarse hacia Campo de Mayo y desde allí tomar el poder. Esto no sucedió dado el conocimiento de los planes por parte del Gobierno de Quintana y fue suprimido. Ese mismo día se saldó la intentona con un saldo de 20 muertos y 60 heridos. En el interior la situación fue, en un comienzo, más exitosa. En Mendoza lograron llevarse $ 300.000 del Banco Nación y dañar cuarteles. Fue necesaria la presencia de efectivos enviados por el Ejecutivo Nacional desde San Juan para poder doblegar a los rebeldes entre dos y cuatro días más tarde. En Santa Fe, el mayor accionar rebelde se dio en la siempre díscola Rosario. Allí los rebeldes presentaron una resistencia tenaz durante días, con un saldo de 12 muertos y 30 heridos. Finalmente, en Córdoba, los rebeldes consiguieron los mayores éxitos. Se llegó a conformar un gobierno provisional, imponer un nuevo jefe de policía y se intentó secuestrar a Roca en su estancia “La Paz” (el Zorro protagonizó una cinematográfica huida en tren).

El Gobierno rebelde pudo sí tomar prisionero al Vicepresidente de la Nación, el cordobés Figueroa Alcorta. Via conferencia telegráfica con el Presidente Quintana se exigió un encargo urgente y notable: ¡el régimen por su vida! Los levantinos debieron deponer su fiera resistencia al ir recibiendo las malas noticias de los otros puntos en conflicto. Las víctimas entre muertos y heridos llegó al centenar.

El Gobierno reaccionó implantando la ley marcial y pocos meses después del alzamiento se suscitó un intento de asesinato al propio Quintana. Muchos de los rebeldes fueron juzgados y acabaron con penas de hasta 8 años en la cárcel de Ushuaia y, en general, se acrecentó la persecución sobre los partidos opositores y los movimientos obrero y anarquista. El lustro siguiente también sería convulsionado, con el fallecimiento del propio Presidente y el cierre del Congreso por parte de Figueroa Alcorta. Sin dudas que allí yacen las claves para entender el acceso a la primera magistratura de Roque Saénz Peña en el siguiente gobierno y la nueva ley electoral de 1912.

A partir de ahí la historia retoma la autopista grande de la divulgación: el liderazgo de Yrigoyen, construido como vimos desde la reformulación de la UCR a principios de siglo y acrecentado con la revolución del 4 de febrero, le permitirá construir una candidatura mucho más unificada que los otros partidos y en 1916, alcanzar el poder a través de las urnas, marcando el fin del orden conservador.

En nuestros ar tículos sobre los centenarios de la muerte de Roca y Uriburu, destacamos que este período revolucionario del radicalismo es muchas veces minimizado, incluso por el centenario partido. Allí también cometimos el atrevimiento de “bajar” a los estadistas del bronce comparándolos con figuras del baloncesto. Tiempo después, a partir de una entrevista del comediante Chris Rock, el sitio Slate la extendió relacionando figuras del basket con todos los presidentes de los Estados Unidos, en un interesante ejercicio de acercar la historia a referencias más cercanas. En esta línea, volvemos a la carga y vemos a Alvear, Del Valle e Yrigoyen como los “chicos malos” de entresiglo, con un planteo ríspido y rudo contra el poder de turno y acciones que llegaron hasta secuestrar a un vicepresidente. Así como los bad boys de los Detroit Pistons asolaron la década del ’90 del Siglo XX, los radicales hicieron lo propio con la del Siglo XIX y el armado roquista. La dinámica identitaria posterior por supuesto que corrió un poco este eje y asoció a las boinas blancas más a una campera de gamuza que a los fusiles.

Había en aquella Unión Cívica Radical un fuerte compromiso ante un gobierno dominante del aparato del Estado y una sed de representación descollantes. Constituían un proyecto con un objetivo con banderas claras: la aplicación completa del orden constitucional. Lo que fuera el rezo laico del ’83, es quizás la última conexión con aquellos primeros pasos en las que pueden verse reflejadas las boinas blancas. Observando las dificultades que enfrenta hoy el radicalismo en hallar lazos, podría permitirse revisitar estos primeros 25 años, para encontrarlos y, quizás, encontrarse.

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Una Respuesta a Los bad boys del entresiglo

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