El brillante futuro de Unasur

Unasur, a cuyo secretario general EE.UU. le retiró la visa, quiere mediar entre ese país y Venezuela. Mientras tanto, entre Bolivia y Chile media La Haya.

Pido gancho, dijo Nicolás Maduro y reclamó una reunión de Unasur. La razón: establecer un “escudo protector” alrededor de su país para “evitar agresiones”. Ni lerdo ni perezoso, el canciller uruguayo organizó una reunión en Montevideo y faltó. Bueno, no faltó: recibió a los participantes y se fue. Uruguayo y estúpido no encajan en la misma frase. Así quedaron congregados los cancilleres de Venezuela, Brasil, Colombia y Ecuador con el secretario general de Unasur, Ernesto Samper. Maduro había pedido “ayuda para que Obama detenga las agresiones, amenazas y pronunciamientos que van en contra de la convivencia y del respeto”. El canciller ecuatoriano confirmó: “hay un proceso de desestabilización en Venezuela que viene desde algún tiempo atrás”. Probablemente se refiriera al golpe que Chávez sufrió en 2002 y no al que lideró en 1992. En cualquier caso, el temor sigue siendo “el intervencionismo” del gigante del norte. Porque si hay algo que concentra las preocupaciones geopolíticas de Estados Unidos, es Nicolás Maduro.

Después de la reunión, el grupo anunció “que buscará canales que favorezcan el diálogo directo entre Estados Unidos y Venezuela”. Extraño, porque los canales de Unasur con EE.UU. están obstruidos. En 1996, el gobierno de Clinton le retiró la visa al entonces presidente colombiano Samper por “aceptar a sabiendas financiamiento de traficantes de drogas para su campaña presidencial”. En otras palabras, el jefe de la máxima organización regional sudamericana no puede pisar los Estados Unidos. ¿Pensará establecer el “diálogo directo” por teléfono? Alternativamente, Maduro conoce un pajarito mensajero.

Unasur exhibe el extraño caso de dos miembros que no mantienen relaciones diplomáticas entre sí: Bolivia y Chile. Sus conflictos se dirimen en Europa, como los de Chile con Perú. Y los de Argentina con Uruguay. Y los de Colombia con Nicaragua, que al menos no pertenece a Unasur. La Corte Internacional de Justicia, integrada por un juez de Estados Unidos, cinco europeos, cinco asiáticos y dos africanos, tiene que lavar los trapos sucios de Nuestramérica. Bolívar, chocho.

La presencia en la reunión del canciller de Brasil es el dato más relevante. Hasta ahora, siempre que hubo gatuperio los brasileños se destacaron por su silencio. Cuando Colombia bombardeó los campamentos de las Farc en Ecuador, por ejemplo, Lula entró y salió de la reunión extraordinaria de Unasur silbando bajito. Sobre Dilma no hace falta abundar: le tiene más alergia a la política exterior que Cristina a las condolencias. Los amigos de Mauro Vieira, su tercer canciller (Lula tuvo uno en ocho años; Dilma echó a dos en la mitad del tiempo), destacan su habilidad diplomática. Los menos íntimos lo describen como la encarnación del tedio. No hay mal que por bien no venga, sugieren algunos: quizás el aburrimiento brasileño sea el antídoto para la exaltación venezolana.

Los amantes de la integración regional aún se ilusionan con que Brasil cumpla su destino manifiesto y conduzca a Nuestramérica al protagonismo global. Esa misión aparece cada vez más difícil. Un año atrás Petrobras, la joya del desarrollismo brasileño, era la empresa número uno de América Latina. Hoy es la séptima y hundiéndose. Números macabros, parece que el 1-7 persigue a Dilma. Y puede ser peor: ¿o alguien imagina que la corrupción que fagocita a Petrobras se limita a una empresa? Cuando las investigaciones se extiendan al BNDES, el famoso banco de desarrollo que posee una cartera de créditos superior al Banco Mundial, la infraestructura de la integración sudamericana se derrumbará como un dominó. Queda por verse cuantos gobiernos vecinos aparecerán implicados en el financiamiento ilícito de campañas electorales.

Mientras tanto, del otro lado del charco, la Unión Europea prospera unida y en paz. O mejor dicho, eso hacía diez años atrás, cuando Angela Merkel asumió el gobierno en Alemania. Hoy Europa tiene sangre en sus fronteras, desde Ucrania hasta Libia pasando por el Kurdistán, y su moneda está a punto de desagriegarse (sic). Aunque nos riamos de Unasur, nunca perdamos de vista la diferencia entre una farsa latinoamericana y otra tragedia europea.

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