David en la casa de Goliat

(Columna de Facundo Matos)

Cristina visitó China y celebró la “alianza estratégica” bilateral. La asimetría de poder de ambas naciones, empero, plantea varios interrogantes.

Acompañada de empresarios y funcionarios, la presidenta Cristina Fernández viajó en una misión comercial y política a China. Firmó acuerdos bilaterales con su par, Xi Jinping, mantuvo encuentros con empresarios locales y calificó la relación de ambas naciones como “una alianza estratégica integral” y “una política pública de Estado”.

Sin embargo, y esto es lo que constituye una novedad ante una nueva apuesta por profundizar el vínculo bilateral, muchos actores –industriales, economistas, políticos– hicieron oír sus críticas a la relación entre ambos países y los acuerdos recientemente firmados entre los dos jefes de Estado. La Unión Industrial Argentina (UIA), por ejemplo, expresó sus preocupaciones por la “ la adjudicación directa de obras de infraestructura que cuenten con financiamiento de origen chino y a las condiciones de ingreso de mano de obra de dicho país” pues “ambas cuestiones podrían afectar la provisión local de bienes y servicios”. ¿Qué dicen quienes siguen de cerca la relación sinoargentina? ¿Son lógicas las críticas?

EN CONTEXTO

La relación entre China y Argentina está ineludiblemente enmarcada en la vinculación más general de la potencia asiática con toda América Latina. China ve en la región un próspero proveedor de materias primas y un actor principal a conquistar en su búsqueda de posicionarse como contracara de los Estados Unidos en la contienda de poder mundial. América Latina, a su vez, ve en China un actor contra hegemónico y benevolente, que se diferenciaría así del resto de las potencias. El diputado kirchnerista Carlos Raimundi lo puso en palabras: “China es un actor mundial que desafía la hegemonía de Estados Unidos, pero su estilo de relacionamiento no es el de someter, el de desestabilizar, el de financiar golpes contra gobiernos de diferente signo, sino que se trata de acuerdos respetuosos de la soberanía de cada país”.

Empero, describe el economista Ariel Slipak, “la política exterior china es la de tratar de ganar peso en el esquema de poder, abogando por un multilateralismo y buscando insertarse dentro de un esquema preexistente”. Pero al igual que Brasil y Rusia, China no viene a reformar el orden mundial sino a insertarse en él, sostiene.

La prueba más fehaciente es que China continúa ocupando un lugar en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y defiende ese reducto de poder contra los intentos de reformarlo. Por momentos, China se autodefine como país emergente –lo que les evita tener que reducir sus emisiones de CO2 como deben hacer el resto de las potencias según el Protocolo de Kioto– y por momentos, en cambio, asume su liderazgo y hace valer su poderío económico y político, lo que los lleva –según el investigador del CONICET Eduardo Oviedo– a repetir el mismo “esquema centroperiferia” que caracterizó a las relaciones de las potencias con los países en desarrollo a lo largo del tiempo. “El modo de vinculación que tenemos hoy es similar al que teníamos con Inglaterra a fines de Siglo XIX y principios del siguiente. Toda la región está inserta en este esquema”, dice Oviedo.

La asimetría de poder entre las naciones latinoamericanas y China atraviesa cualquier análisis. Como David frente a Goliat –pero con menos esperanzas de ganar– los países negocian por separado y sufren de altos déficit y repiten la vieja ecuación descripta por Raúl Prebisch: materias primas de bajo valor agregado por manufacturas industriales más costosas.

Por todo esto, Slipak se anima a hablar de un “consenso de Pekin”, un juego de palabras con respecto al Consenso de Washignton de los ’90. “Sin importar cuáles sean las diferencias políticas entre sus gobiernos, todos los países de la región han colocado en el centro de su agenda la ampliación de los vínculos comerciales con China y la apertura a sus inversiones como una importante fuente de divisas”, sostiene en su artículo “América Latina y China: ¿Cooperación Sur-Sur o Consenso de Pekin?” y lo vincula, también, al concepto de “Consenso de las commodities” de la socióloga Maristella Svampa.

Hasta 2006, la relación bilateral entre Argentina y China era superavitaria para nuestropaís. En 2007, la balanza prácticamente se equilibró y, desde 2008, el saldo es positivo para China: en 2014 el rojo comercial ascendió a US$ 6.300 millones. A fuerza de bajos costos y elevada disponibilidad de mano de obra, China logró insertar sus manufacturas industriales en Argentina, que a su vez no pudo evitar reprimarizar sus exportaciones debido, entre otros factores, a los precios récord de las commodities, y de la soja en particular. Hoy, el 99% de los productos que se compran desde China son de origen industrial, mientras que no se exporta nada que no sean bienes primarios o derivados. Una relación desigual por donde se la mire.

En materia de inversiones, “como lo han hecho todas las potencias, China invierte de acuerdo a sus intereses, que son el acceso a bases agroalimentarias y la garantía de provisión de materias primas”, destaca el docente de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref), Sergio Cesarin. “La producción conjunta de las empresas chinas que operan en la Argentina es mayor que la de YPF y en 2013, Argentina redujo sus exportaciones de petróleo a todos sus destinos menos a China”, observa. Si antes era el tendido ferroviario, hoy es el petróleo.

Pero también en lo político, la dependencia de China plantea desafíos. Pese a ser pionera mundial en cuestiones relativas al respeto de los derechos humanos, Argentina (y paradójicamente el gobierno de Cristina Fernández) hace la vista gorda frente a las denuncias de la comunidad internacional por torturas, encarcelamientos sin fundamento legal y censura de los medios de comunicación en China. En la ONU, Argentina se abstiene de las resoluciones y sanciones contra el país por estos motivos.

A FUTURO

La visita de Cristina a suelo asiático no hizo más que confirmar la continuación del estado actual de la relación bilateral y su consolidación. Los acuerdos firmados –que han sido evaluados en profundidad por especialistas, pero escasamente debatidos en el Parlamento– continuarán con el próximo gobierno. Por eso, la inevitable pregunta que surge es qué pasará con China una vez que Cristina abandone la Casa Rosada.

La asimetría de poder entre China y Argentina difícilmente se invierta. China continuará creciendo e insertándose como potencia mundial. Su relación con América Latina crecerá y será –es ya– una política de Estado para los países latinoamericanos. Por ende, como observa Cesarin, ante el cambio de gobierno, “la vinculación entre China y Argentina difícilmente cambie en términos estratégicos, de vinculación y de relevancia para la agenda externa del país, aunque lo que tal vez pueda modificarse sean las tácticas, los acuerdos y la regulación de cierto modus operandi que pueden tener hoy las inversiones de las empresas chinas que invierten en el país”. Ese será el desafío.

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3 Respuestas a David en la casa de Goliat

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  2. Marcela dijo:

    Muy buena la nota, no le agregaría nada más

  3. Laura dijo:

    Me parece bien interesante. No sabía nada de esto, solo llegué hasta aquí viendo otros planos de casas gratis que me interesaban. Por eso digo que fue de casualidad. Bueno, los dejo y agrego a los marcadores ya voy a seguir viendo más datos sobre mi futura casa.

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