18F: político y polarizador

La marcha de los fiscales fue un evento político y opositor que se inscribe en la polarización actual. Por Facundo Matos.

Si algo está claro es que el 18F fue un evento político y de tinte opositor. Más allá de la cantidad de gente, los fiscales convocantes o la composición de los que marcharon, el solo hecho de que se hayan movilizado y que lo hayan hecho con consignas críticas al Gobierno lo convierte en un hecho político y opositor.

Por eso, aunque es temprano para conocer a ciencia cierta sus consecuencias político-electorales, la marcha permite sacar algunas conclusiones.

La magnitud del evento –comparable con las movilizaciones en contra de las retenciones en 2008 y los cacerolazos entre 2012 y 2014-, puso imagen a la amplia porción del electorado que en las próximas elecciones apostará por el cambio, que es mayor a los que prefieren la continuidad. Pero además, demostró que ese sector tiene poder de movilización y puede disputar el control de la calle, un activo que el matrimonio Kirchner siempre valoró y cuidó de no perder.

Sin embargo, de cara a las elecciones presidenciales, lo más probable es que ningún sector del arco opositor logre capitalizarlo. Todos los presidenciables opositores participaron de la marcha y el universo de gente que asistió es de simpatías políticas muy heterogéneas, por lo que no es esperable un efecto directo sobre el poder electoral de ningún candidato. Si, en cambio, hay un claro sector perjudicado: el oficialismo y sus candidatos.

La marcha –y la polarización que deviene de ella- favorecen por un lado a las opciones que se presentan como más opositoras al kirchnerismo y por el otro, a los sectores aliancistas, en tanto que generan el terreno para la creación de alianzas opositoras (e incluso un frente único de la oposición) que aumenten las chances de ganarle al oficialismo. El FpV, mientras tanto, contribuye a consolidar ese esquema binario.

POLARIZACIÓN

El mismo 18F Cristina Fernández habló en cadena nacional. Sin embargo, como ya lo hizo en otra oportunidad en el último tiempo, no se refirió a la muerte del fiscal Alberto Nisman ni a la movilización a un mes de su fallecimiento.

A través del silencio (paradójicamente) y del ninguneo, Cristina le restó importancia a la marcha y continuó con su apuesta por la polarización. Como señala Eduardo Fidanza, el Gobierno apela a una estrategia de “polarización temporal (antes y después) y política (ellos y nosotros)”, a través de la cual busca galvanizar su núcleo duro de seguidores. Según encuestadores, ese sector estaría entre el 20 y el 35 por ciento y el Gobierno apela a no dejar escapar un solo voto de esos de cara a octubre.

Las consecuencias de esta polarización sobre el oficialismo son todavía desconocidas. Para algunos, la imagen del Gobierno mejora cuando la Presidenta se muestra más tolerante y menos confrontativa, aunque a través de esos enfrentamientos el oficialismo construyó poder y, muchas veces, salió favorecido.

Cristina no quiere lo que tuvieron Bachelet, Lula y Mujica. Se resiste a recibir el apoyo que reciben los mandatarios hacia su fin de mandato cuando se alejan de la confrontación política y evita dejar el poder hasta tanto no finalice su mandato. En ese contexto, se erige como la gran electora dentro de la interna oficialista y no cederá poder hasta el 10 de diciembre, cuando ya no sea más Presidenta. Cómo repercutirá esta estrategia en las urnas, sin embargo, es todavía una incógnita.

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