Inteligencia en democracia: ¿podemos aportar algo?

Hace poco, un colega de una universidad de un país amigo me pidió que le recomendase nombres de especialistas argentinos en sistemas de inteligencia, con el requisito de que sean civiles (es decir, no agentes), con trayectoria conocida, y formación en ciencias sociales. Era para invitarlo a su país a dar una conferencia sobre un tema que acaba de ponerse de moda entre nosotros: la reforma de la inteligencia en democracia. Después de chequearlo bien, tuve que responderle que lamentablemente por aquí no teníamos a nadie con esas características.

Mi amigo y colega insistió, y me recordó que, además de los gastos pagos, la organización de la conferencia había previsto honorarios, algo que no es de lo más habitual en el medio académico latinoamericano. No se resignaba a que la Argentina no hubiera producido ningún recurso humano en la materia. Para darle alguna respuesta, ya que evidentemente estaba muy interesado en conseguir un invitado para su seminario, le ofrecí armarle un listado de los especialistas civiles en defensa y seguridad que trabajan en Argentina –una lista que es corta, le aclaré–, agregando algunos uniformados y también funcionarios políticos que trabajaron en el área desde la democracia, para que pudiera analizarla y ver qué sacaba en limpio. No le interesó: nada de eso era lo que buscaba.

Hay sobreoferta de politólogos en determinados temas y suboferta en otros, y este es el caso más extremo. En general, el déficit de especialistas civiles en defensa y seguridad se explica por dos razones. La primera es el prejuicio ideológico, ya que los estudiantes y jóvenes graduados de ciencias sociales suelen ser de izquierda y, en consecuencia, sienten un rechazo visceral por las disciplinas de uniforme. Sobre todo, cuando éste viene con gorra. Aun cuando politólogos y sociólogos estudian el Estado, y los ministerios que se ocupan de estos temas sean los más grandes de cualquier Estado mediano o grande.

La segunda es el prejuicio estamental. O el miedo a la opacidad. En un artículo de los años ‘90, Mayer y Khademian decían que los que venimos de sociales somos temerosos de no encajar en los ambientes que no conocemos, y que eso se aplica sobre todo a los pasillos de las instituciones uniformadas. Más específicamente, el temor es a no llegar nunca a comprender lo que realmente sucede en cuarteles y destacamentos desde donde venimos y con los conocimientos aprendidos en la universidad. Una verdad a medias. Porque si bien es cierto que policías y militares tienden a construir grupos cerrados, con mucha codificación no escrita, no es imposible llegar a entender el lenguaje y el conocimiento que manejan, y ser uno más del sistema. Lleva más tiempo que aprender sobre partidos políticos y elecciones, pero alguien tiene que hacer el trabajo más difícil.

Si aplicamos el mismo razonamiento, podemos entender por qué hay aún menos especialistas de sociales en inteligencia, que en defensa y seguridad. Entre los jóvenes progresistas, la desconfianza hacia los agentes de inteligencia es mayor que en el caso de los uniformados. Ser un “servicio” es, para un estudiante de sociales, lo peor del universo. Y en cuanto a la opacidad del ambiente, está en la naturaleza misma de la actividad. Nadie se mete y el resultado final es frustrante: la Presidenta acaba de poner al tope de la agenda pública la reforma del sistema nacional de inteligencia, y las ciencias sociales argentinas no tienen demasiados trabajos ni especialistas para aportar al debate.

Y hay mucho para debatir. Un ejemplo es el siguiente. Los servicios de inteligencia tienen que producir y obtener información valiosa para poyar la toma de decisiones en los más altos niveles de responsabilidad en un Estado. Para un país pacífico y de baja exposición a los conflictos como el nuestro, buena parte de esa tarea consiste en el procesamiento y el análisis de la información pública; la acción encubierta, la contrainteligencia y otras actividades que también hacen los servicios, sobre todo en tiempos de guerra y amenaza externa, deben estar previstas pero no son tan útiles para nosotros. Ahora, en lo que respecta a esa información valiosa que necesitamos, los analistas de inteligencia, además de ser muy buenos, deben saber qué están buscando. Recientemente, en temas de la deuda, hubo una serie de episodios que afectaron nuestros intereses económicos, en las que tal vez nuestros servicios de inteligencia pudieron tener más y mejor información. En el derrotero de la Fragata Libertad, la trama judicial de los fondos buitre en Nueva York, o la calificación de default soberano a la Argentina por parte de la agencia china Dagong, ¿contábamos con la mejor data disponible? Cuánto más se acerque la AFI a la provisión de esas respuestas, claves para nuestro desarrollo económico, y menos se asemeje a las rémoras del espionaje, mejor.

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