La larga marcha de la Argentina peronista

Halperin Donghi nos dejó una fórmula interpretativa que enlaza el 2015 con el ’45

Ya no estará la fina, sutil, lúcida y compleja mirada de Tulio Halperin Donghi para enriquecer nuestras lecturas de los procesos históricopolíticos en los que estamos inmersos. Pero su riquísima producción bibliográfica nos deja un gran cajón de herramientas en el que podremos encontrar, una y otra vez, instrumentos de comprensión y mapas cognitivos para interpretar el presente, rastrear la huella de los múltiples procesos paralelos y entrelazados, sus nudos principales y sus momentos resolutivos.

Uno de ellos es “La larga agonía de la Argentina peronista” (1994), publicado hace veinte años, libro que era, a su vez, una lectura retrospectiva de otro escrito treinta años antes, “La Argentina en el callejón” (1964). Lo primero que resalta de su actualidad es el intento de traspasar las interpretaciones que ruidosamente se confrontaban, según él decía, “en esos tiempos de implacables divisiones ideológicas y fieros rencores políticos”, ofreciendo la historia inconclusa de una crisis que avanzaba inexorablemente –y arrastraría a unos y otros– hacia un desenlace de tormenta y torbellino. Este desenlace trágico –la última dictadura– se produciría partiendo la historia en dos, y lo que THD buceaba en su relectura de los’ 90 eran los factores “de radical novedad” y aquellos otros que unían aquellos momentos con la etapa precedente a la que habían venido a dar desenlace.

Lo que Halperin Donghi veía “agonizar” en los años ’90 no era el peronismo como movimiento político, sino la fórmula política con la que la Argentina había acometido sus respuestas a los desafíos de la segunda mitad del siglo veinte. La “Argentina peronista” era una sociedad en la que los sectores populares habían conquistado su ciudadanía y su participación en la distribución del ingreso, con un Estado activo y una economía autoabastecida, pero con una débil institucionalidad democrática. Un perfil de sociedad, escribía Halperin, “comparable al de los países industrializados maduros que se superponía al de una economía que se hallaba sólo en las primeras etapas de un proceso de industrialización destinado a encallar bien pronto” . Era, además, un tipo de régimen compartido por peronistas y antiperonistas, civiles y militares, partidos políticos y factores de poder, asentados en un problema básico irresuelto: la crisis de legitimidad, definida por Halperin como “la recíproca denegación de legitimidad de las fuerzas que en ella se enfrentan, agravada porque éstas no coinciden ni aún en los criterios aplicables para reconocer esa legitimidad” . Un conflicto que hacía que la democracia representativa solo fuese tolerada en la medida en que sirviera como instrumento de legitimación formal de las soluciones favorecidas de antemano por los dueños del poder.

Halperin veía cerrarse el ciclo iniciado en el ’45, que había sufrido un golpe mortífero en el ’76 y recibido su tiro de gracia con la hiperinflación del ’89. Los ’90 verían repetirse el ciclo que desembocará en la crisis terminal del 2001. El kirchnerismo vendría a representar una resurrección política basada en la extracción de aquel sustrato que THD había creído agonizante, reinstalando el conflicto entre legitimidades contrapuestas que la democracia, se suponía, había venido a resolver a partir de 1983, como ideafuerza de su concepción política: republicanismo liberal versus movimiento nacional y popular, refraseado como lucha entre el neoliberalismo de los ’90 y el “proyecto emancipatorio” de los 2000.

Halperin planteaba las fragilidades y contradicciones que escondía esta fórmula en apariencia todopoderosa e imbatible. Por un lado, explicaba, “la interpenetración entre el Estado y ese cada vez mejor consolidado círculo de socios privilegiados contribuyó a consumar la transición que redujo al que había sido actor central del proceso sociopolítico, a terreno de batalla y botín para las sordas rivalidades entre sus supuestos aliados, a la vez que escenario para los abiertos conflictos de una lucha política cada vez más salvaje” . Por otro lado, “cada confrontación electoral –escribía– volvía a poner al desnudo lo que esa aspiración desaforada tenía de excesivo: aun las victorias más abrumadoras, lejos de revalidar la legitimidad de los ganadores, revelaban que la Nación, a la que incesantes rituales mostraban unánimemente encolumnada detrás de su conductor, ocultaba en los pliegues de su electorado un irreductible tercio opositor” .

Setenta años de lo que comenzó en aquel ’45, algunos nudos problemáticos que el peronismo sigue portando como atributo y como problema irresuelto, se mantienen vigentes y vuelven a ponerse en juego en el cierre del ciclo gubernamental más largo desde la recuperación de la democracia. La competencia electoral del 2015 va a incentivar seguramente esta polarización entre “los dos modelos de país” , forzando una disyuntiva que lucirá dudosa –o borrosa– sobre el terreno concreto, observando los candidatos presidenciables en danza y sus coaliciones superpuestas. Será una operación estratégica curiosa, de intensificar contraposiciones y debilitar a los candidatos en pugna, subordinando el tablero de la competencia presidencial a uno mayor en el que aparece Cristina como suprema electora y gran divisora de aguas. En el primero habrá competencia centrípeta y énfasis en transmitir confianza y espíritu de acuerdo. En el segundo, una lógica más ideológica y polarizada. El primero será el tablero de los partidos. El segundo, el del Movimiento. De tal modo, la larga agonía de la Argentina peronista que creyó entrever Halperin Donghi hace veinte años no habrá sido sino una etapa más de una larga marcha que sigue su curso.

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