En Uriburu está el nudo

(Columna de Santiago A. Rodríguez y Fernando Casullo)

Fue con José Evaristo Uriburu que el roquismo terminaría de reencontrar parte del rumbo perdido en 1890

La investidura vicepresidencial, tan denostada y conflictiva en los últimos años, fue gran protagonista durante los que va de 1880 a 1916. En tan solo seis períodos presidenciales, cuatro veces, las primeras dos por renuncias, las segundas por fallecimientos, los vicepresidentes tuvieron que hacerse de la primera Magistratura, encontrándose en Julio A. Roca la excepción a esta regla. En particular, las renuncias de Juárez Celman y Luis Sáenz Peña contaban, entre sus causas, fuertes desafíos al poder central por parte de la incipiente Unión Cívica Radical. Carlos Pellegrini es, quizás, el más renombrado de estos vicepresidentes. Sin embargo, fue con José Evaristo Uriburu que el roquismo terminaría de reencontrar parte del rumbo perdido en 1890 y el curso en su búsqueda de “Paz y Administración”. A cien años de su muerte, en octubre 2014, este abogado salteño con poco apoyo en aquel momento, salvo el de Roca y sus siempre plásticos armados provinciales, es una figura cuasi desconocida para el gran público pero clave para la continuación del proyecto político roquista.

ESTALLO EL VERANO

Enero parece no ser fácil en la política argentina. A contramano de otros poderes como el Judicial y su feria, el Ejecutivo históricamente encontró en el primer mes del año un mes caliente. Esta mentada tradición hunde sus raíces más allá del ciclo inaugurado con el retorno a la democracia en 1983, cuando los acondicionadores de aire se han tornado en potenciales verdugos de tendidos eléctricos y sistemas políticos. En los tiempos del roquismo, cuando la política se vivía con inusual pasión tanto en la cúpula de notables como en la calles, también existieron estíos complejos.

El 22 de enero de 1895, agobiado por una fuerte falta de legitimidad de base y el impacto de la revolución radical de 1893, presentaba su renuncia Luis Sáenz Peña. En efecto, el candidato que Roca había producido de las entrañas de la rosca política para consolidar un muro a las apetencias de Mitre, Alem y hasta el hijo de aquél, Roque Sáenz Peña, abdicaba luego de unos años particularmente duros de gestión. Candidato del oficialista Partido Autonomista Nacional (PAN) en 1892, Luis Sáenz Peña fue el recurso in extremis esgrimido para frenar a todos aquellos que querían encarnar el clima de renovación social surgido con la Revolución del Parque de 1890. Con su partida terminaba de manera gris un ciclo álgido en el cual, sin embargo, se habían logrado domar parcialmente los coletazos de la crisis de la Baring y la ley de Bancos Garantidos de Juárez Celman. Hasta allí la historia es más o menos conocida –si bien, como hemos señalado en “Argentina Año 100 D.R.”, no tanto como podría ser de acuerdo a su peso en la historia nacional–. De todos modos, a la hora de referirnos a su sucesor, el vicepresidente que se hizo cargo del gobierno a partir del 23, sabemos muy poco.

UN INTERMEDIO POCO CONOCIDO

Si bien la sanción de la ley Sáenz Peña en 1912 o el triunfo de Hipólito Yrigoyen en 1916 son el canon para señalar el fin de lo que Natalio Botana llamara “El Orden Conservador”, a veces no queda claro la totalidad de este proceso dentro de una narrativa más lineal. Al caracterizar este período histórico en ciclos, resulta más sencillo recordar sus inicios y finales, perdiéndose figuras centrales en el proceso.

Repasemos: la etapa conservadora comienza con el ascenso de Julio A. Roca a la presidencia en 1880. Fin del largo ciclo de guerras iniciado allá por los inicios del Siglo XIX, su primer gobierno resultó contundente en sus cambios y polémicas. El desenlace también es fácil de ubicar con otra figura de la que se cumple el centenario de su muerte, Roque Sáenz Peña. Referente del reformismo de entresiglo, se encuentra entre los pocos que se atrevieron a señalar y expresar sus diferencias con el liderazgo del PAN, dando forma al partido modernista. El tercer personaje en esta lista, una especie de nudo de la etapa, es José Evaristo Uriburu.

Ahora, ¿por qué es que no suele ser más que un asterisco en la historia? Un poco porque tanto él como su gobierno se han convertido en la nota al pie de otros hechos. Por el lado de la persona, su afamado sobrino, José Félix, líder del primer golpe de Estado exitoso en la historia de la Argentina consolidada, coloca un velo sobre su figura; similar destino corre Luis Sáenz Peña con su hijo. Por el lado de su gobierno, que se extenderá por solo algo más de tres años, el manto oscuro va por el lado de haber sido resultado de una excepción, un reemplazo producto de una irrupción institucional. Sin embargo, para José Evaristo fue su debilidad de origen, el haber tenido el clímax de su carrera a partir de una crisis, lo que le aportó su capital político. Se erigió así en una suerte de suplente virtuoso, un sexto hombre a la Manu Ginóbili de la dupla Roca-Pellegrini, listo para pasar del banco de la élite al centro de la escena tras la renuncia de Sáenz Peña. Figura más pretoriana que su antecesor, un comodín del PAN y su inestable tablero nacional, formaba parte de un clan políticofamiliar que concentraba como pocos las luces y sombras del roquismo, ese espacio a veces reducible a una serie de cuñados y provincias. Napoleón, su hermano, participó de la Conquista del Desierto y del Chaco, de donde sería gobernador, y su hijo José Evaristo (h) terminó desposando a Agustina Roca, hija del general (cuyas bodas se realizaron durante la segunda presidencia de Roca). Vemos de nuevo así como el Zorro y su elenco de notables volvían a hacer del PAN un efectivo compendio de títulos genealógicos.

UN PILOTO DE TORMENTAS

Tras la muerte de Alem, el radicalismo entró en un período de reorganización que finalizaría recién con la revolución de 1905. Fueron doce años de paz interior prácticamente ininterrumpidos, pero, al mismo tiempo, distintos a los años que van de 1880 a 1890. Casi podría señalarse que el gobierno siguiente, el segundo de Roca, sería una continuación natural de este trienio, algo que puede reconocerse en el avance de la cuestión social en las filas del gobierno, los acercamientos pacíficos hacia Chile y Brasil y la sensación que el Centenario aparecía con un fulgor casi tan intenso como el temor a los reclamos de los sectores medios o populares. Si Roca, Pellegrini y Sáenz Peña fueron figuras sobresalientes, puede decirse que Uriburu, mayor y con casi tres décadas de experiencia en sus espaldas como ministro y diputado, fue un piloto de tormentas que supo reencausar la nave del liberalismo avasallante de los ’80 hacia las aguas del reformismo ambicioso del ’10. Una gestión que asumió en los albores de la recuperación económica de la crisis del ’90, pero con todas las demandas que la misma había permitido instalar. Una suerte de Eduardo Duhalde finisecular (con más bajo perfil) que permitió sostener y reimpulsar el tono hasta, como mínimo, la segunda gestión de Roca (cuando se dio el lujo de ser Presidente de nuevo por unos días).

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