Continúa “la era progresista” en Uruguay

(Columna de Daniel Chasquetti)

El resultado del balotaje del domingo 30 confirmó el predominio del Frente Amplio en la política uruguaya

A las 7 de la mañana, la Dirección Nacional de Meteorología emitía un comunicado de alerta naranja para todo el país. Ese mensaje no hubiese sido extraordinario si no fuera porque era el día de la segunda vuelta presidencial. A las 8, las imágenes de televisión mostraban cómo un oficial de policía con una urna en sus brazos cruzaba una cañada desbordada en el departamento de Durazno. Tenía la misión de entregarla a los funcionarios públicos que instalarían una de las seis mil mesas receptoras de votos del país. En ese momento, muchos nos preguntamos cuánta gente concurriría a votar pues en los registros históricos no había antecedentes de elecciones realizadas bajo esas condiciones.

Conocidos los resultados al final del día, comprobamos que el balotaje del domingo fue una expresión inigualable del compromiso cívico de los uruguayos con el sistema democrático. Pese a que Tabaré Vázquez era el claro favorito (en las encuestas aventajaba a Luis Lacalle Pou por más de diez puntos en promedio) y que la lluvia azotó al país durante toda la jornada, concurrió a votar el 88,5% del padrón electoral (dos puntos y medio menos que en la primera vuelta de octubre).

El triunfo de Vázquez fue un golpe de knock out a la oposición, que ya había quedado tambaleante en octubre cuando se confirmó que el Frente Amplio retendría la mayoría en el Parlamento. La votación de la izquierda fue espectacular en los principales distritos del país (los más urbanos y poblados) pero no decayó en zonas del interior profundo donde históricamente los partidos tradicionales habían ejercido su predominio. Las mejoras económicas y las políticas sociales comienzan a dar su rédito electoral.

La campaña del triunfador fue formidable. En pocos días se las ingenió para dividir al principal socio de Lacalle Pou, el Partido Colorado (consiguió que algunas de sus figuras votaran en blanco o lo respaldaran), atacó quirúrgicamente a su rival sin generar la sensación de agresión, realizó actos multitudinarios en distritos donde la votación de la izquierda había sido baja, y se presentó en los grandes medios como el Presidente que retornaba. Lacalle Pou, en cambio, realizó una campaña volátil y sin rumbo. Intentó imponer temas en la agenda pública pero chocaron sistemáticamente con la indiferencia de Vázquez y su partido. Las últimas dos semanas fueron un vía cruxis para el Partido Nacional pues a la convicción inicial de que la carrera era casi imposible de ganar se sumaron las malas noticias provenientes de las encuestas de intención de voto y de las filas del Partido Colorado, sumido en una profunda crisis tras haber tenido en octubre la segunda peor votación de su historia.

Desde luego, el resultado del balotaje no puede ser entendido únicamente por la campaña que realizaron los candidatos. Existen factores estructurales que explican la ventaja electoral del Frente Amplio. En sus diez años de gobierno, la economía creció a un promedio anual de 5,5%, las tasas de inversión externa pasaron del 12% al 20% del PIB, la distribución de la riqueza mejoró (el Indice Gini pasó de 0,45 a 0,37), la pobreza cayó al 11% de los hogares y el desempleo se situó en el entorno del 6%. A todo eso deben agregarse las leyes que extendieron derechos a determinados sectores de la población como las mujeres, los homosexuales, los afrodescendientes, los ancianos, etcétera, y una serie de políticas exitosas (social, energía, telecomunicaciones) que han transformado la vida de la población. O sea, bajo estas condiciones económicas y sociales, cualquier otro resultado electoral hubiese sido una curiosidad histórica.

Los desafíos que tendrá Vázquez en el futuro inmediato son importantes. Mantener el crecimiento económico implicará algunos ajustes macroeconómicos orientados a controlar el déficit fiscal, mantener a raya a la inflación, desindexar los salarios y ganar competitividad en las exportaciones. También deberá avanzar en la inversión en infraestructura (una de sus principales promesas de campaña) y reformar la enseñanza media (talón de Aquiles del sistema educativo). La oposición tendrá menos paciencia que la que tuvo con Mujica y la luna de miel no será tan larga. No obstante, las condiciones de gobernabilidad de Vázquez son óptimas y no existen razones para que sus objetivos no puedan ser alcanzados. Solo un shock externo podría alterar el rumbo trazado por la izquierda.

En el año 2004, los politólogos Adolfo Garcé y Jaime Yaffé acuñaron el término “era progresista” para denominar la etapa que se abría con el triunfo del Frente Amplio. Diez años más tarde, los uruguayos expresaron en las urnas su deseo de extender esta etapa. El resultado del balotaje del domingo 30 confirmó el predominio del Frente Amplio en la política uruguaya. Un partido de masas, con un programa de centroizquierda, una organización formidable en todo el país y con tres grandes líderes (Vázquez, Mujica y Astori) que se acercan al final de sus carreras sin perder popularidad ni prestigio. Algunos creen que este es el tercer batllismo de la historia moderna (*), otros piensan que simplemente es socialdemocracia. Tal vez, ambas cosas sean ciertas

(*) El primer batllismo alude a la etapa de reformas políticas, económicas y sociales impulsadas por el presidente José Batlle y Ordóñez entre 1903 y 1916. El segundo batllismo refiere a la etapa de reformas conducida por el también presidente Luis Batlle Berres (sobrino del primero y padre de Jorge Batlle) entre 1947 y 1958.

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