Debate y balotaje

En 2015, Argentina podría tener, por primera vez, una segunda vuelta y un debate entre los candidatos

En las elecciones presidenciales de la democracia argentina, hubo dos fenómenos ausentes: los debates presidenciales y el balotaje. Carlos Menem fue el protagonista clave de esta historia: se borró del único debate presidencial que casi se concreta (con Eduardo Angeloz, año 1989, en el programa Tiempo Nuevo, de Bernardo Neustadt) y de la única segunda vuelta convocada desde la vigencia constitucional del sistema. Por estos días, una ONG promueve la institucionalización de los debates presidenciales en Argentina. Y la propuesta es relevante, precisamente, porque tenemos en el horizonte una elección presidencial que podría ser la primera que se dirima a partir del sistema de doble vuelta.

Las dos elecciones que, días atrás, tuvieron lugar en el Mercosur, se resuelven en segunda vuelta. La de Uruguay, que se realizará el próximo 30 de noviembre, no es una definición con tantas incertidumbres. La diferencia entre Vázquez y Lacalle Pou en la primera fue muy amplia (47,8% a 30,9%), y el ex presidente quedó a dos puntos de la victoria y, por ello parece, verdaderamente difícil que Lacalle Pou pueda revertir el resultado. Aun cuando Uruguay es uno de los muy pocos casos en el mundo presidencialista que registraron reversiones de resultado en un balotaje: fue en 1999, cuando Jorge Batlle, que en primera vuelta salió segundo detrás de -precisamente– Tabaré Vázquez, le dio vuelta los comicios en el segundo turno. Uruguay tiene un sistema de partidos altamente estructurado, y el votante opositor al Frente Amplio tiende a aglutinarse en el segundo turno, siguiendo las sugerencias del candidato al que votó en primer turno.

La experiencia muestra que quien gana en primera vuelta, suele confirmar el triunfo en segunda, pero Uruguay supo ser la excepción a esta regla. De hecho, pese a la brecha de 17 puntos entre los que siguen en carrera, lo esperable es que Lacalle Pou se acerque bastante más, aunque no le alcance. El hijo de Lacalle logró instalar un valor generacional (tiene treinta años menos que Tabaré), y apostó a que ello, más un clima de“cambio” se adueñasen de la elección. Pero no es eso lo que estuvo sucediendo. La reelección de Dilma Rousseff en Brasil, y antes la de Morales en Bolivia, conspiran en contra de la tesis del “momentum” opositor.

No está claro si los climas de momentum inciden en las preferencias del votante, aunque todo indica que sí afectan la psicología y la autoestima de los líderes. Vázquez, paradójicamente, disfrutó de un momentum, y Lacalle no. Junto a Bachelet y Lula, forma parte de una generación de presidentes suramericanos de larga duración que siguen ocupando el centro de las escenas políticas. Dentro de algunos años, por ello mismo, seguramente la demanda generacional será un issue más poderoso; todavía está verde.

El otro balotaje fue el de Brasil, y allí la competencia fue mucho más estrecha. Dilma Rousseff se impuso por pocos puntos (51,6% a 48,4%), coincidiendo bastante con los últimos pronósticos de las más conocidas empresas de opinión pública (IBOPE y Datafolha), que tuvieron un pobre desempeño en la primera vuelta. En la segunda la pegaron. Pero diez días antes de la elección, a mitad de camino entre la primera y la segunda vueltas, esas mismas empresas anticipaban un triunfo, ajustado también, de Aécio Neves.

Dado que IBOPE y Datafolha acertaron en el desenlace, podríamos dar crédito a la evolución que plantearon: que Dilma revirtió una tendencia favorable a Aécio en los últimos días de la campaña. Y esos últimos días se caracterizaron por una serie de debates entre ambos candidatos, en los que la opinión pública alcanzó los máximos niveles de información y comprensión de las propuestas en juego para poder decidir. Y podríamos decir que el debate televisado terminó de definir la elección.

Imaginemos el escenario argentino. Aun cuando la elección tienda a polarizarse en la recta final, supongamos que la pluralidad de candidatos y la posibilidad de que el votante oficialista pueda elegir por más de una opción proveniente de la década kirchnerista aumenten las probabilidades de que ningún candidato se impongaen primera vuelta. Por esa misma pluralidad de candidatos, y por la tensa relación entre medios y política de los últimos años, lparece poco probable que en las primarias o la primera vuelta electoral, los principales aspirantes se pongan de acuerdo en realizar un debate televisado. El “compromiso TN” quedó ridiculizado por la realidad.

Sin embargo, en un escenario de balotaje, el debate cobraría otro color. Los candidatos tendrían otra disposición a participar, y el servicio público que se brindaría a la ciudadanía democrática sería especialmente valioso. Aunque la relación tensa entre medios y política no habrá desaparecido por arte de magia. Por eso, la solución podría pasar, como en Brasil, por la organización de una serie de debates con la participación con los principales medios audiovisuales argentinos, desde Canal 13 hasta la TV Pública, en universidades de todo el país. O por alguna otra fórmula similar. Lo importante es que algún tipo de debate se realice, y para ello habrá que diseñar mecanismos que todos estén dispuestos a aceptar.

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