El nuevo mapa político de Estados Unidos

(Columna del politólogo Javier Cachés)

A pesar del componente liberal de su cultura política, Estados Unidos vive un estado de votación permanente: el esquema escalonado de primarias en los tres niveles de gobierno y la consulta de todo tipo de consignas a través de mecanismos de democracia directa son constitutivas de una sociedad acostumbrada a elegir (hay, inclusive, estados que seleccionan por voto popular a los jueces). Las elecciones de medio término, sin embargo, sobresalen en el calendario electoral. La renovación total de la Cámara de Representantes y de un tercio del Senado, sumado a la elección de 36 gobernadores y más de 80 legislaturas provinciales, obliga a tomar algunas notas preliminares de un mapa político que inevitablemente ha cambiado.

Los demócratas defendían en el Senado las bancas del 2008, cuando les había ido muy bien; las gobernaciones de 2010, un año malo, y los escaños de la Cámara Baja de 2012, en lo que había sido una elección moderadamente positiva. En las tres arenas la contienda de este martes fue ruinosa. La magnitud de las pérdidas para los demócratas es abrumadora. Incluso, ya hay quienes comparan esta derrota de medio término con la elección de Nixon en 1974 o de Clinton en 1994 (en ambos casos, esos presidentes enfrentaron después la amenaza de juicio político). Con todo, Obama sufrió en las urnas el descontento que hay hacia Washington, la baja propensión del electorado demócrata a movilizarse en elecciones intermedias y la insatisfacción que genera una recuperación económica desigual, que no termina de llegar a las clases medias.

El eje de la opinión pública y la disputa partidaria en el nivel federal se centró en la Cámara Alta, cuyo control no estaba resuelto de antemano. Allí, los republicanos retomaron el dominio del Senado tras ocho años de mayoría demócrata. El Grand Old Party no solo recuperó las bancas que por la composición social de las circunscripciones les correspondía y que les fueron arrebatadas en el tsunami Obama de 2008- Dakota del Sur y Arkansas-, sino que también se llevó distritos que conformaban la nueva coalición demócrata como Colorado y Iowa. Así, alcanzó 52 bancas, lo que le da una ajustada mayoría, pero que muy posiblemente se amplíe porque aún se están contando los votos en Alaska y Lousiana irá a segunda vuelta en diciembre.

En la Cámara de Representantes, como preveían las encuestas, se extendió la hegemonía republicana, órgano que controlaron 16 de los últimos 20 años y que lo harán por un bienio más. Si bien hay algunos distritos que aun no reportaron resultados, los republicanos se aseguraron 245 asientos, consiguiendo la mayoría más abultada desde la era de Harry Truman. Cuando miran la dinámica del Congreso, a los demócratas no les faltan motivos para añorar la época de posguerra: de 1955 a 1995 controlaron ininterrumpidamente la Cámara Baja y salvo un breve intervalo en la década reaganista de los ’80, también el Senado.

Entre los gobernadores, cuya incidencia en la política federal es nula en comparación al caso argentino pero su autonomía en el nivel subnacional muy considerable, los republicanos también consolidaron su predominio. De los 50 estados, el Grand Old Party cuenta ahora al menos con 31 gobernaciones (aun hay recuentos pendientes), tres más de las que tenía antes de la elección, y logró conquistar bastiones demócratas como Massachusets.

Con todo, la nueva composición del Congreso termina de configurar un escenario de gobierno dividido, algo bastante frecuente en la dinámica institucional estadounidense. En efecto, en el presidencialismo norteamericano, tan proclive a la dispersión y división del poder político, las elecciones de medio término funcionan en gran medida como un castigo a presidentes impopulares. En un sistema que se lleva mejor con el status quo que con los cambios disruptivos, el gobierno dividido no aparece como un problema en sí mismo. Los norteamericanos se sienten más cómodos con un pato rengo que con la emergencia de un F.D. Roosevelt del Siglo XXI.

¿Cuánto cambiará en Washington tras los resultados? A Obama se le abren dos cursos de acción ante un Congreso más hostil. Puede acercar su agenda a las preferencias de los legisladores republicanos, que vienen rechazando consistentemente en la Cámara de Representantes toda legislación relevante propuesta por los demócratas. O puede intentar profundizar su programa  de políticas sobre inmigración, cambio climático, derecho de las minorías y reactivación económica vía decreto (de hecho, el presidente ya había anunciado que después de las elecciones revisaría y flexibilizaría la política inmigratoria).  La hipótesis de la convergencia bipartisana no se condice con el clima de polarización política que hay en la elite dirigente, aunque Obama y los republicanos tienen incentivos para negociar: el primero porque no puede rifar dos años de administración a la parálisis institucional; los segundos porque, ahora al frente de un Congreso enteramente rojo, ostentan más recursos de gobierno y pueden ser responsabilizados ante la opinión pública en caso de inactividad legislativa.

De cara al 2016, los demócratas se dedicarán a volver a movilizar a sus bases electorales de mujeres, latinas y afroamericanas detrás de la probable candidatura presidencial de Hillary Clinton. Los republicanos, por su lado, aun no cuentan con un primus inter pares entre sus aspirantes (Ted Cruz, Scott Walker, Rand Paul), y no deben hacerse ilusiones apresuradas: en el sistema político norteamericano, ganar elecciones de medio término nada dice sobre las probabilidades de éxito en las siguientes presidenciales.

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