¿El oro de Moscú, segunda parte?

Frente a la conspiración buitre algunos parecen querer revivir al oso ruso.  ¿Vuelve la Guerra Fría a la Argentina?

En los tiempos de la Guerra Fría, en los que imperaba a rajatabla la lógica binaria amigo-enemigo para explicar la geopolítica mundial o justificar campañas persecutorias, cada vez que había que descalificar o imputar a un adversario desde las usinas del anticomunismo macartista era usual señalar que estaba sostenido “por el oro de Moscú”. El latiguillo inspiró el título de un imprescindible libro de Isidoro Gilbert para entender la historia de las relaciones argentinosoviéticas. Hoy reaparece, en una nueva versión, a partir del acercamiento que la diplomacia presidencial de Buenos Aires y Moscú se han ocupado de resaltar a partir de la gira latinoamericana del presidente Vladimir Putin en julio pasado.

“El oro de Moscú” representa ahora, para quienes lo desean o lo temen, inversiones en explotación de recursos energéticos e infraestructura e influencia política que busca ampliar la presencia rusa en las zonas de influencia tradicional de Washington, abogando por un nuevo orden mundial multipolar. Para la Argentina representaría no otra cosa que el clásico juego triangular característico de nuestra política exterior.

Cristina ha incorporado, en este marco, un nuevo ingrediente a su fundamentación geopolítica e ideológica: no sólo nos interesa la relación con Rusia y su actual líder Vladimir Putin por razones estratégicas o pragmáticas vinculadas con el multilateralismo, la cooperación bilateral y los “intereses compartidos” en el escenario internacional, sino también por una visión común en materia de libertad de expresión, medios de comunicación y rol del Estado. La ocasión elegida no podía ser más significativa: en la videoconferencia con Putin para presentar la nueva medición estatal del rating televisivo y la inclusión del canal ruso en español a la grilla de la Televisión Digital, expuso como un logro de “la comunicación sin intermediarios y para transmitir los valores propios” y una contribución a “democratizar las neuronas”, además de la coincidencia con el líder ruso en que los medios de comunicación “son un arma que permite manipular la conciencia social”. Russia Today, como Telesur, no son presentados de tal modo como “una opción más” que nos permite acceder a “otras miradas” de la realidad –y bienvenidas son– sino como las herramientas de difusión para transmitir “la verdadera cultura”.

Acaso este acercamiento entre kirchnerismo y putinismo encuentre otras raíces comunes. Ambos comparten una parecida desconfianza o desdén por las instituciones de la democracia liberal, la misma propensión a identificar al Partido con el Gobierno, al Gobierno con el Estado y a los críticos y opositores como enemigos del pueblo y de la Nación, y el inocultable culto al personalismo.

En Rusia, estas corrientes del movimiento nacional tiene sus ideólogos, una confluencia variopinta de nacional-bolcheviquismo, nostálgicos del imperio zarista y el populismo decimonónico e intelectuales que siguen las tradiciones geopolíticas del siglo veinte, desde Mackinder a Brzezinski. Un espejo invertido, si se quiere, de la geopolítica occidentalista y del pensamiento neoconservador estadounidense. Quienes vean en estos acercamientos y parecidos una exageración más propia de mentalidades conspirativistas y paranoicas, presten atención a este dato curioso: uno de los intelectuales que asesoran al presidente Putin en materia de política exterior, Alexander Dugin, estuvo en Buenos Aires en septiembre, en una visita que pasó inadvertida.

De recorrida por círculos nacionalistas peronistas, Alexander Dugin, conocido como uno de los gurúes intelectuales del presidente ruso, sorprendió con algunas definiciones como que “Argentina está llamada a ser el polo cultural de la civilización sudamericana”. El filósofo advirtió: “Veo en Buenos Aires elementos de una Europa tradicional que no encuentro en España, en Italia o en otros países europeos”. También ofreció definiciones sobre la política presente y pasada de Rusia. Dijo, entre otras cosas, que “(El ex presidente Mijaíl) Gorbachov fue un traidor”, que “en la Perestroika no hubo nada positivo” y que el último secretario general de la Unión Soviética es “la persona más despreciada en Rusia”.

Dugin, una suerte de “bestia negra” según los ámbitos intelectuales occidentales, llegó a la Argentina procedente de Brasil invitado por la Fundación “Proyecto Segunda República”. En perfecto castellano –habla seis idiomas– abogó por un mundo “multipolar” y cuestionó la modernidad. “Nosotros propiciamos la tradición y somos antiliberales y antimodernos”, señaló. Cuentan que durante una presentación en la CGT, exaltó la Tercera Posición Justicialista y destacó a Juan Domingo Perón como un “gran realista” en las relaciones internacionales.

Consultado sobre Putin, Dugin sostuvo que el líder ruso “es ante todo un realista en materia de política exterior” que dio enormes pasos para reconstruir el Estado ruso y el orgullo nacional de su país, aunque reconoció que “no necesariamente es un seguidor como nosotros de la teoría euroasianista”. Esta visión reconoce en Rusia no un país “sino una civilización”, en los términos del profesor Samuel Huntington. Dugin, conocido por su promoción de una “cuarta teoría política” como forma superadora de la primera (el liberalismo) y las reacciones que la misma generó (el marxismo y el fascismo), es uno de los grandes polemistas que ofrece el panorama ruso en la escena intelectual internacional. Para enfrentar la conspiración de los fondos buitres y el águila imperial, acaso algunos se hayan dejado seducir por estas ideas excéntricas y esotéricas.

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