Obama, ante otras mid-term complejas

(Columna de Javier Cachés)

Los republicanos consolidarán su mayoría en la Cámara de Representantes y disputarán el control del Senado

A pesar de contar con una democracia insospechadamente establecida, la participación electoral en Estados Unidos es de las más bajas del mundo. La no obligatoriedad del voto, el hecho de sufragar en un día laborable y una cultura política que tiende a mirar de reojo a sus representantes quizá explique que el promedio histórico de los norteamericanos en edad de votar que se acercan a las urnas en elecciones legislativas es del 42%. De todos modos, y más allá del aparente desinterés ciudadano, la renovación total de la Cámara de Representantes (435 miembros) y de un tercio de la Cámara de Senadores (33 asientos) de la todavía principal potencia planetaria es un fenómeno político de incidencia global.

La elección de medio término del próximo 4 de noviembre se inscribe en un contexto de marcada polarización política, quizá la más alta en décadas. En efecto, tanto la élite política como la sociedad norteamericana y los principales medios de comunicación se encuentran divididos en torno a líneas ideológicas muy rígidas. La creciente homogeneización al interior de los partidos políticos (los demócratas bajo el ala liberal –en su acepción norteamericana– y los republicanos movidos a la derecha por la irrupción del Tea Party) ha promovido preferencias de política pública antagónicas. Los desacuerdos partidarios sobre cuestiones relevantes como la seguridad internacional, el nivel de impuestos, el lugar de la religión en la vida pública y el sistema de salud derivaron en bloqueos institucionales dramáticos entre la Casa Blanca y el Poder Legislativo. El ejemplo más elocuente de este clima de polarización se advirtió en octubre del año pasado, cuando el Gobierno Federal permaneció “cerrado” durante quince días por la reticencia del Congreso a aprobar la ley fiscal del 2014 (lo cual permite entender, por lo demás, por qué el órgano legislativo tiene una tasa de aprobación de solo el 14%).

Si hoy republicanos y demócratas integran los dos compartimentos estancos de un empate político, en parte se debe a la dilapidación de poder del presidente Barack Obama, quien nunca terminó de llevar adelante su agenda de Gobierno. La reelección de 2012, cuando el desencanto ya signaba su administración, se explica por la leve mejora de la economía luego de la crisis financiera, pero también por aquella tendencia de la política norteamericana de facilitarle al presidente acceder a un segundo ejercicio de poder (desde la Segunda Guerra Mundial, tan solo tres mandatarios no lograron un segundo mandato: Gerald Ford, Jimmy Carter y G. H. Bush).

Ahora bien, en Estados Unidos, la permanencia en el poder no garantiza el peso político de los presidentes. Al respecto, dos factores parecen haber operado como severos limitantes del programa de gobierno de Obama. El primero es la inherente debilidad institucional de la presidencia norteamericana: el Poder Ejecutivo no encarna el poder omnímodo de la mayoría, sino que está constreñido por las limitaciones constitucionales y las protecciones de las minorías propias del modelo de democracia madisoniana. El segundo elemento es el difícil contexto económico en el que le ha tocado gobernar: con una tasa de crecimiento del PIB que será de 3% este año y un desempleo del 5,9%, el país recién está saliendo de la crisis financiera de 2007-2008. Con todo, lo cierto es que Obama, cuya tasa de aprobación es del 44%, es hoy el nombre de las promesas incumplidas de aquella campaña electoral de 2008.

Lo anterior ofrece indicios respecto a lo que puede llegar a ocurrir en las elecciones de medio término. En la Cámara de Representantes, los republicanos ganarán más asientos de los que hoy disponen (234), reforzando su control y consolidando el predominio de las últimas décadas (en la Cámara Baja han sido mayoría en 16 de los últimos 20 años). En el Senado, la elección se aprecia más competitiva e incierta. Los demócratas cuentan con una mayoría estrecha y corren peligro de perder el control de la Cámara. El resultado dependerá en buena medida de lo que ocurra en un puñado de estados péndulo (swing states) como Iowa, Louisiana, Alaska y Carolina del Norte, distritos en los que ningún candidato cuenta a priori con el apoyo necesario para ofrecer una victoria segura, y en los cuales los partidos centran sus esfuerzos de campaña.

A su vez, la homogeneidad social de las circunscripciones lleva a que casi siempre triunfe mismo partido. Por lo tanto, antes que en las generales, la competencia fuerte en los distritos suele verse en las primarias, instancia en la que los candidatos al Congreso buscan convencer a los partidarios y no al electorado en general (lo cual, por cierto, polariza aún más la política). Como sea, de concretarse la derrota demócrata, Obama será víctima de “la irritación del sexto año” (la altamente probable pérdida de bancas en el Congreso de los presidentes que promedian su segundo mandato), convirtiéndose definitivamente en el pato rengo tan proclive a ser generado por el sistema político norteamericano.

La manifiesta debilidad del presidente estadounidense se complementa con el activismo político del Poder Judicial y la fortaleza del Congreso, el verdadero locus de la política pública, que incrementa los incentivos de los legisladores a desarrollar carreras estables en el Capitolio. Si en el caso argentino los legisladores ven en el Congreso un lugar transitorio hacia destinos más atractivos (Poder Ejecutivo Nacional o subnacional), en Estados Unidos los congresistas llegan para quedarse. En efecto, la tasa de reelección de los legisladores supera el 90% (en 2004, por caso, la tasa de reelección en el Senado fue del 96% y en la Cámara Baja del 98%). La ventaja de quienes defienden su banca ante potenciales desafiantes (explicada por el acceso desigual a recursos de campaña, el mayor conocimiento público y los vínculos sólidos que suelen estrechar con la ciudadanía del distrito y los grupos de interés organizados) lleva a que haya congresistas con más de cuarenta años en el Poder Legislativo.

Así como aplicar linealmente categorías políticas de los países desarrollados al contexto latinoamericano suele inducir a errores conceptuales, lo inverso genera también graves incomprensiones. La mirada de la política norteamericana desde el hemisferio sur (casi siempre encandilada por su política exterior) tiende a oscurecer antes que a echar luz sobre su dinámica políticoelectoral. En definitiva, una mejor interpretación de los procesos políticos estadounidenses debe incorporar en su análisis los constreñimientos institucionales, los grupos de interés y la cultura política específica que constituye y atraviesa su sistema político.

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