Argentina año 100 D. R. (Después de Roca)

(Columna de Santiago A. Rodríguez y Fernando Casullo)

El 19 de octubre se cumplen 100 años del fallecimiento de uno de los artífices de la Argentina moderna, que digitó los destinos del país durante más de 35 años

Adentrarse en el período que se inició con la llegada de Julio Argentino Roca a la presidencia en 1880 es una invitación al vértigo. Si bien el protagonismo del tucumano en la escena nacional es anterior –con participación en la batalla de Pavón y la guerra del Paraguay pero principalmente como ministro de Guerra, revolucionando la política de frontera con la polémica “Conquista del Desierto”– fue con su arribo al poder el 12 de octubre pasando a formar parte del elenco estable de protagonistas de nuestra afiebrada historia.

Denominado el Zorro por su capacidad de surfear con picardía entre los rígidos contrapesos del constitucionalismo liberal alberdiano, Roca es sin duda una de esas figuras tan decimonónicas, entre schumpeterianas y nietzscheanas, que condensan en su vida los límites y alcances de una época. Poseedor de una biografía en la que convivieron el fraude electoral y el racismo positivista tanto como la Ley 1.420 y el avance secular de la sociedad civil, el tucumano funciona como una suerte de Bismarck o “Teddy” Roosevelt autóctono. Miembro conspicuo de esa galería de personajes que puestos a ser juzgados resultan cabales representantes de su tiempo. Odiarlos y amarlos parece ser casi obligatorio con ellos, suerte de sinécdoque de la centuria que cobijó en tenso equilibrio tanto a Marx como a Comte, al Facundo y a Sarmiento, a la tragedia y la farsa, a la civilización y la barbarie.

Llamado de múltiples maneras –Orden Conservador, Orden Oligárquico, Roquismo, Generación del ‘80–, el ciclo inaugurado por la primera Presidencia de Roca, que se extiende desde 1880 hasta 1916, ha tenido un profundo protagonismo en varios de los asuntos que aún hoy forman parte de cualquier agenda de discusión pública (federalismo, presidencialismo, etcétera).

HACIA EL OLVIDO

De todos modos, más allá de las múltiples batallas académicas que suscitó el período de conformación del Estado Central, hace años que el entusiasmo crítico se ha diluido. Hoy, cuando es muy popular hablar de ciclos y proyectos de gobierno –menemismos, kirchnerismos, duhaldismos y hasta peronismos–, podemos afirmar que el roquismo ha quedado bastante olvidado. Incluso si tomamos en cuenta las protestas que se ejercen sobre algunos (pocos) monumentos que pululan por el país, la intensidad que genera el roquismo en la esfera pública es escasa y muy poco sostenida, más allá de la decisión de eliminarlo paulatinamente de los billetes de cien pesos.

En el orden de la defensa, salvo raras exégesis del “proyecto” de la Generación del ’80, lejos quedan obras como el Soy Roca, de Félix Luna, uno de los divulgadores que mejor lo trató. En un plano más actual, las intervenciones de Felipe Pigna, paradigma moderno de la difusión histórica, y la temporada de Algo habrán hecho que versó sobre los ’80 tuvo mucho menos impacto que aquella que puso al país a discutir sobre la Revolución de Mayo. En otro plano, Zamba, el personaje de Paka Paka que protagoniza asombrosas excursiones a través de la historia, ignora el período de forma completa. Parece que el reverdecer de “la historia” que tuvo por centro el Bicentenario todavía no encontró interés en salir de las fronteras de la primera mitad del Siglo XIX.

Así, a cien años de su muerte, la figura de Julio Argentino Roca parece haber caído en una especie de conveniente olvido. Sin pertenecer al panteón de héroes nacionales –y reclamado a veces como miembro de los supervillanos–, sus logros y aspectos más cuestionables conviven y se alternan dependiendo de qué corriente de pensamiento domina el espíritu de los tiempos. Excepción hecha en la Patagonia, claro está, donde las protestas son más frecuentes y orgánicas por distintos sectores que le reprochan principalmente el proceso de Conquista en su propio Desierto y el reparto posterior de las tierras. También están, muy minoritarios, los que lo celebran como aquel que permitió que la región “no sea de Chile”. Lo cierto es que, salvo en el extremo sur del país donde su presencia emerge en un combate por la memoria cimarrona, el Zorro lucha contra la fuerza erosiva del tiempo que se esfuerza en ocultar a quien puede considerarse el hacedor de un “blueprint” para la Argentina, tanto en su organización interna como su inserción mundial.

ROCA Y EL ROQUISMO, PRIMERA PRESIDENCIA

Con la derrota de Carlos Tejedor en la elección presidencial del ’80, revolución de junio de ese año y sitio a la ciudad de Buenos Aires mediante, se redefinió como nunca el inercial conflicto Buenos Aires versus (los) Interior(es), entre la ciudad/provincia-puerto y el resto del país, elemento central del conflicto unitarios y federales que tensara la escena de las Provincias Unidas durante aproximadamente sesenta años tras la independencia.

A partir de la concreción definitiva del monopolio de la violencia legítima por parte de uno de los contendientes (con apoyo de las provincias/ interior a Roca), las condiciones para el despliegue de un Estado Central se dieron como nunca antes. Desde entonces con la consolidación de una estructura administrativa interna y la definición más clara de una integridad territorial gracias al tratado limítrofe con Chile (1881), se inauguró la “Pax Roquista” basada en la idea de paz y administración.

Este período de más de treinta y cindo años ha sido señalado como el protagonista de una modernización teñida de fraude y restricción política. Sobre el período podemos identificar las visiones partizanas que van desde las más laudatorias sobre el mito fundante de la Generación del ’80 hasta las de la crítica lapidaria provenientes principalmente del revisionismo histórico y de las distintas izquierdas que hablaban de una oligarquía monolítica. Y una larga tradición académica de interpretaciones más o menos críticas que en general llamaron la atención sobre la heterogeneidad del Orden Conservador, la irreductibilidad del mismo a un acontecer monolítico y la imposibilidad de reducir las opciones de la época a términos como liberal y conservador.

Aparecieron, en este renglón, análisis de corte político institucionales que hicieron mucho más énfasis en el estudio de las distintas coaliciones de gobierno que conformaron el PAN como una realidad compleja, una acción política orquestada y organizada en bloque por un concierto de élites con objetivos comunes. Así, por caso, Ezequiel Gallo puso más énfasis en la disponibilidad de recursos de una coalición de partidos provinciales a los que no les resultó fácil constituirse en una dirección política unificada. David Rock ha señalado con acierto que la oligarquía argentina fue liberal y conservadora al mismo tiempo. Según él, el lado liberal estaba expresado en la Constitución de 1853, que marcaba “el compromiso del país con las instituciones representativas” y la modernización económica. La faz conservadora, en cambio, estaba representada por cierta aversión a la participación política y –posteriormente– la reforma social.

En este marco de complejidad y laboratorio de ideas, los seis años de la primera Presidencia de Roca se caracterizaron por una catarata de cambios: las leyes de registros civiles, de la unificación de la moneda, de los territorios nacionales y, tal vez una de las más importantes, la afamada 1.420 que consagró el modelo educativo laico, universal, gratuito y obligatorio, todas medidas que han sido puestas bajo análisis una y otra vez, pero nunca ignoradas.

Habiendo alcanzado la presidencia con sólo treinta y siete años, hasta hoy el segundo presidente más joven en la historia (solo su predecesor y coterráneo Avellaneda fue más joven), tras su primer período de gobierno conservó los resortes del poder para erigirse en “el gran elector” sacando y poniendo presidentes. Con maniobras tales como avalar la candidatura de un padre para frenar la estrella reformista del hijo (con los Saénz Peña) o inventar mil y un bloqueos a personajes resonantes como Mitre y Alem, el Zorro y el roquismo se tornaron en una caja de resonancia de un orden de notables, complejo y restrictivo, que desde 1890, con la revolución del Parque, comenzó a sentir la presión de los sectores medios y populares en pos de cambios sociales y políticos.

SEGUNDA PRESIDENCIA: TODO CONCLUYE AL FIN

Llegado a su segundo mandato tras la renuncia de Luis Sáenz Peña y el fin del gobierno de Uriburu, con el peso de dos administraciones presidenciales interrumpidas y el incesante accionar de los radicales bajo Alem e Yrigoyen, Roca asumió con aires de terminar lo iniciado en su período. En estos años se pueden destacar el laudo arbitral para el Tratado General de Límites con Chile, la ley de Residencia, el reinicio de las relaciones con el Vaticano (interrumpidas durante su anterior gobierno), la implementación de la doctrina Drago y el freno impuesto por la Argentina al primer intento de unión aduanera y moneda única continental propuesta por Estados Unidos en la segunda conferencia panamericana.

A su vez, en este segundo ciclo, la cuestión social y los ecos de los reclamos populares estaban más presentes y comenzaron a marcar el tono de un debate creciente que en 1912 culminaría con la aparición de la ley electoral 8871 que sacudirá las estructuras nacidas en el ’80. Se destacan en este sentido la redacción del Informe de Bialet Massé sobre la condición de la clase obrera (lapidario y claro en cuanto a que los conflictos habían llegado para quedarse en la argentina del Centenario) y la reforma del código electoral propuesta por Joaquín V. González, suerte de antecesora de la ley Sáenz Peña y que permitió la llegada al Congreso del primer diputado socialista de América Latina, Alfredo Palacios. Queda claro con estas iniciativas que los sordos ruidos que se oían ya no eran las trombas de combate de las tropas provinciales, sino de una estructura social nueva y pujante.

Podemos decir, dada cierta continuidad, que se trata casi de una inmediata reelección, pese a los doce años entre ambas. Quizás la mayor diferencia entre sus gobierno es el enfrentamiento que tendrá con Carlos Pellegrini, otra figura destacada (y minimizada) de estos años. Roca y Pellegrini funcionaron, desde la asunción de este último como ministro de Guerra en 1879 en reemplazo del primero, como un binomio del cual Pellegrini era el cerebro de múltiples proyectos de avanzada y Roca era el que los llevaba adelante, ejecutando y dominando la escena, tanto en el gobierno como el partido. Esta suerte de Pippen y Jordan, o Steve Wozniak y Steve Jobs de la política vernácula pondrían fin a su relación cuando Roca se inclina por Manuel Quintana para que lo reemplace, lugar que Pellegrini consideraba propio. Este quiebre se traduce en una división hacia dentro del Partido Autonomista Nacional iniciando el fin de la influencia del Zorro en la política nacional.

Tras su salida del gobierno, y su retiro al interior, Roca fue perdiendo gravedad en su partido y, con la llegada de Alcorta a la presidencia y la renovación de figuras dentro del PAN –muchas de las cuales veían sus mañas en la rosca como lastre al posible cambio social del entresiglo–, su poder menguó en forma definitiva. Se apagó el personaje y en 1914 la persona.

EPILOGO

Consideramos subrayar que la ausencia de la figura de Roca en la cultura popular de todo este período perjudica incluso a sus detractores. Si algo nos enseñó el Siglo XX y sus poderosos “combates por la historia” es que la sombra y la oscuridad suele resultar un bálsamo para aquellos que quieren continuar erigiendo bronces inmaculados. Defensores y detractores de la Generación del ‘80 y de Roca parecen convivir con bastante calma con el desconocimiento evidente de cosas tales como las rebeliones radicales de 1893 y 1905 (y su inusitada violencia), de la cuestión indígena y tantos otros temas a los que bien valdría la pena meterle mano. Discutir a Roca implica un abanico de aciertos y errores, por sobre “grietas” y clasificaciones duales. Dar luz a todo el período no va a ocultar su presencia, como parece rezar la tesis actual, al contrario permitirá conocerla en todas sus facetas, incluso la de la ausencia de reivindicaciones de su figura como estadista. Los ’80 son una era no relatada, pero con múltiples historias que piden ser contadas, sin santos de la espada, sin banderas que se forman en el firmamento. Si la Argentina previa a Mitre es la de los héroes santificados, esta es la del manual de instrucciones de un electrodoméstico, eso que nadie quiere leer pero cuando las cosas no andan se consultan, y allí estará el Zorro esperando que lo redescubramos cada vez que nos preguntemos qué no funciona con la Argentina.

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En Uriburu está el nudo |
5 años atrás

[…] Celman. Hasta allí la historia es más o menos conocida –si bien, como hemos señalado en “Argentina Año 100 D.R.”, no tanto como podría ser de acuerdo a su peso en la historia nacional–. De todos modos, a la […]

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