En búsqueda de la fórmula perdida

Los elementos que sirvieron para consolidar al kirchnerismo en el poder hoy no están disponibles pero tienen posibilidades de sobrevivir al actual Gobierno

El kirchnerismo sostuvo su dominio sobre la política argentina en una fórmula con cuatro componentes: la sucesión familiar; la división del peronismo; la cooptación de dirigentes no peronistas y la centralización del federalismo fiscal. Por varios motivos, la fórmula no puede aplicarse hoy; pero el vértice gubernamental apuesta a recrearla hacia el futuro. De la viabilidad de esa apuesta depende la continuidad de su fuerza política.

La sucesión familiar –de Néstor Kirchner a Cristina Fernández, y viceversa– permitió al núcleo gobernante obturar la emergencia de competidores desde el peronismo. Mientras el crecimiento económico y la popularidad del liderazgo alcanzaran para mantener la adhesión de la mayoría de las bases electorales peronistas y de una parte de los votos medios urbanos, cualquier candidato peronista sería atractivo. La sucesión familiar apuntó a garantizar que fuera, además, puramente kirchnerista.

La división del peronismo sirvió tanto para restarle posibilidades a una coalición alternativa dentro del partido como para reforzar la identidad política que el kirchnerismo buscaba construirse. Dividiendo al partido desde el Gobierno, el kirchnerismo restó a los disidentes el acceso a recursos indispensables para apuntalar su construcción política. Y operando el cisma con retórica y temas orientados a seducir a la izquierda y la centroizquierda no peronistas, el kirchnerismo confinó al peronismo disidente a la derecha y retroalimentó así la identidad que deseaba darse.

La cooptación de dirigentes no peronistas permitió al kirchnerismo argumentar que su fuerza superaba al peronismo. Incorporando líderes frepasistas, radicales, socialistas y sindicalistas logró mostrar que su liderazgo se implantaba más allá de sus bases, y que con su voluntad bastaba para reorganizar el sistema político argentino.

La centralización del federalismo fiscal sirvió para financiar todos estos emprendimientos al mismo tiempo que se impedía a potenciales competidores fondear sus propios desafíos. Con el final de las garantías de coparticipación, los límites al endeudamiento en la ley de responsabilidad fiscal, los poderes presupuestarios y el manejo de las refinanciaciones, el kirchnerismo logró incrementar la dependencia financiera de los gobiernos subnacionales a niveles desconocidos desde Onganía. Y así limitó fuertemente la capacidad de gobernadores e intendentes para lanzarse de lleno a competir o a apoyar desafíos contra el liderazgo nacional.

Esta fórmula, exitosa mientras sus cuatro elementos funcionaron en simultáneo como en 2005, 2007 y 2011, está hoy en crisis. La sucesión familiar no funciona por la muerte de Néstor Kirchner y la extremadamente incipiente instalación de su hijo. La división del peronismo ya no impide la formación de coaliciones y liderazgos alternativos porque los problemas de la gestión económica y el anquilosamiento ideológico del núcleo gobernante han desmantelado las bases económicas y políticas de los pasados éxitos electorales. La capacidad para cooptar dirigentes no peronistas ha disminuido a cero por el relativo crecimiento de las oposiciones de ese signo y la escasa generosidad del vértice gubernamental con los cooptados. La centralización del federalismo fiscal es menos eficaz por la combinación de recesión e inflación.

Así, pues, como en 2009 y 2013, difícilmente pueda el kirchnerismo ofrecer en 2015 una opción electoral atractiva para la mayoría de los dirigentes y votantes que lo apoyaron en el pasado. De estas limitaciones estructurales no cabe, sin embargo, inferir necesariamente que el kirchnerismo esté liquidado como fuerza política ni, como han sugerido algunos análisis, que sus líderes prefieran un final operático destinado a mantener la identidad política para los libros de historia antes que una transición orientada a preservar la posibilidad de su propio futuro.

Es que algunos componentes de la fórmula política kirchnerista pueden sobrevivir al actual Gobierno. La centralización del federalismo fiscal es una herramienta política demasiado atractiva como para ser abandonada por futuros presidentes.

De asumir en 2015 un gobierno minoritario podría moderarse en el manejo de corto plazo de las deudas y la concentración de fuentes tributarias, pero difícilmente se abandonen los límites al endeudamiento subnacional y el control discrecional de varias transferencias. La división del peronismo parece cristalizada, y de triunfar un candidato peronista el kirchnerismo se encargaría de mantenerla como forma de oposición –para impedir desde abajo lo que hasta ahora impidió desde arriba– . Y los demás componentes podrían ser recreados: la sucesión familiar, manteniendo el liderazgo de Cristina Fernández y cultivando la carrera de su hijo; la cooptación de dirigentes no peronistas, aprovechando el descontento que varios experimentarían con los eventuales ajustes económicos del próximo gobierno y el desempeño electoral relativamente frustrante de sus fuerzas políticas.

A ello parecen apuntar algunos actos recientes del oficialismo. La sanción de la Ley de Abastecimiento para blandirla como amenaza contra los exportadores reticentes a liquidar divisas, el diseño de un nuevo “bono patriótico” y la caracterización del “complot contra Argentina” como una operación destinada a “bloquear el financiamiento e impedir el pago de la deuda” sugieren que el gobierno no ha renunciado a buscar divisas ni a endeudarse para sostenerse.

La presentación pública de Máximo Kirchner y el desafío a la oposición para competir contra Cristina Fernández sugieren que el oficialismo busca recuperar la sucesión familiar para consolidar el futuro de su fuerza política. Que esta apuesta al futuro vaya a funcionar es, desde ya, otra cuestión. La herencia institucional forjada en estos años y la dinámica de la crisis económica ponen en riesgo la viabilidad de la apuesta oficialista.

Si la centralización del federalismo fiscal y la división del peronismo se mantienen, el próximo presidente podría usarlas contra el kirchnerismo del mismo modo que éste las utilizó contra los demás. Y si el kirchnerismo no consigue ahora endeudamiento para financiar la transición, o lo obtiene tarde y demasiado caro, la escalada inflacionaria y cambiaria y la profundización de la recesión serán sus legados económicos.

En esas condiciones, la fórmula política perdida ya no podría recuperarse, y el kirchnerismo entraría, entonces sí, en el pasado de la vida argentina.

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