¿Samba de uma nota só?

(Columna de Javier Ghibaudi, economista -UBA- y Profesor Adjunto de la Universidad Federal Fluminense -Rio de Janeiro-)

Dilma promete “seguir cambiando” el país, mientras da señales de un BNDES reducido, un nuevo ministro de Economía y un acercamiento a EE.UU.

El observador desprevenido puede fácilmente marearse en el vai e vem del proceso electoral brasileño en el que este año se elijen presidente, gobernadores y miembros de los legislativos nacionales y provinciales. Para incomodar nuestra cultura política en Argentina, no se trata de grandes tradiciones partidarias las que están en disputa, ni mucho menos del conflicto entre capital y trabajo o algo parecido. La tradición política brasileña, además, es poco propensa a los cambios abruptos y se destacan las continuidades de los grupos dominantes y sus instituciones. Existen, de todos modos, diferencias y disputas importantes en el proceso electoral actual que valen la pena intentar pasar a limpio, observando algunas claves del sistema partidario y de la política económica de las últimas décadas.

Los tres principales candidatos indican las articulaciones partidarias actualmente en disputa. Dilma Rousseff es la conocida candidata a la reelección del Partido de los Trabajadores (PT) con el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB); Aécio Neves del Partido Social-Demócrata Brasileiro (PSDB) y, Marina Silva, por el Partido Socialista Brasileiro (PSB), partido menor y hasta hace dos años aliado del gobierno PT –del que ella fuera afiliada y ministra hasta 2008–. En ese recorte partidario, donde los nombres muchas veces confunden, es clave entender el PMDB: surgió como el agregado de la oposición –permitida– por la dictadura brasileña (1964-1985), y ha demostrado una gran maleabilidad para ser la primera minoría y principal apoyo legislativo de todos los gobiernos desde la vuelta a la democracia. El PT y el PSDB surgieron en la década de 1980 a partir de la oposición –no legalizada– a la dictadura, con participación de intelectuales en los dos, y una mayor presencia sindical y de movimientos sociales en el primero. Ambos disputan la presidencia desde 1994: el PSDB la consiguió con los dos gobiernos Fernando Henrique Cardoso – FHC– (1994-2002) y el PT con los gobiernos Lula (2003-2010) y Dilma desde 2011.

La disputa PT vs PSDB no es tan antagónica como podría interpretarse o desearse. FHC lideró en la década de 1990 la agenda neoliberal en el Brasil, con apertura externa, desregulación interna y privatizaciones. Terminó con la exclusividad de Petrobras en el sector de petróleo y la convirtió en una SA, y realizó una alianza con el sector financiero internacional, corporizada en los dirigentes de su Banco Central. Petrobras, sin embargo, continuó con control estatal y en el proceso de privatizaciones fue clave el siempre público Banco Nacional de Desarrollo (BNDES), que pasó a ser socio de los grupos privados que crecieron con la dictadura en los sectores de commodities (agrícolas e industriales) e infraestructura.

El PT y Lula, ya en su “Carta a os Brasileiros” de la campaña de 2002, prometieron no cambiar las reglas de juego, y lo cumplieron: basta decir que el Banco Central fue presidido por Henrique Meirelles (2003-2010), antes presidente mundial del Bank of Boston, y que se mantuvo el régimen de metas de inflación con disciplina fiscal establecido por FHC en 1999. Lula sí amplió las políticas de transferencia de ingresos y la valorización del salario mínimo, con alto impacto en la vida cotidiana de los sectores populares. Cambió también algunas directrices internacionales a favor de una mayor cooperación en América del Sur.

En su segundo gobierno, crisis financiera internacional y en la política interna mediante, propició una mayor influencia del Estado en la inversión. Lo hizo con instituciones que siempre fueron clave para la acumulación en Brasil y que continuaban estatales: los ya mencionados Petrobras y BNDES, el Banco do Brasil –banca comercial– y la Caixa Econômica –banca inmobiliaria-. Esta ampliación de la acción estatal perturbó a una parte de los sectores dominantes –los más liberales y ligados al capital financiero internacional– pero beneficiando las condiciones generales de lucro, y a los sectores productores de commodities e infraestructura en particular.

Dilma, al asumir en 2011, optó por una política de mayor ajuste fiscal y desaceleración, continuando sí con las políticas de ingreso y aumento del salario mínimo. Una moderada disputa con la asociación de bancos privados se produjo cuando el Banco Central, ya sin el comando de Meirelles, intentó bajar la tasa básica de interés, político que cesó cuando la desvalorización del real comenzó a afectar los índices de inflación. Mayores polémicas provocó la decisión de comenzar la explotación de las recientemente descubiertas reservas de petróleo del Pré-Sal con un nuevo marco legal. Este determinó que Petrobras debe tener por lo menos el 30% de todos los nuevos pozos, siendo que la primera explotación significó su alianza con petroleras de China y Europa, pero no con norteamericanas.

En esta elección, los grupos que manifiestan una oposición a la reelección de Dilma son los grandes medios de prensa liderados por la corporación O Globo – que el PT nunca quiso cuestionar– y representantes del sector financiero más internacionalizado. Sus principales reivindicaciones son cambiar la política de petróleo, un Banco Central más “autónomo” del Gobierno y la reducción de la banca pública –principalmente el BNDES–. En el mismo sentido, se critican los cambios diplomáticos a favor de la cooperación con países del Sur y un supuesto demérito del libre comercio. Estos son puntos evidentes en el programa de Aecio Neves y de Marina Silva. Esta, además, aprovecha como argumento la ausencia de mejoras en la intervención del Estado en áreas sociales como salud y transporte y que explican, en parte, las masivas marchas de junio de 2013 en todo Brasil. Dilma promete en campaña “seguir cambiando” el país, mientras da señales de un BNDES reducido, un nuevo ministro de Economía con más disciplina fiscal y de que, pasada la bronca por saberse víctima de espionaje –Snowden dixit–, ya puede reagendar acuerdos con Estados Unidos.

El observador ahora más prevenido intuye que algunos acordes pueden cambiar con esta elección, y hasta crear disonancias significativas en nuestro subcontinente, pero que el género musical va continuar siendo una cadenciada samba. No el samba de raíz de poetas populares como Cartola y que inspirara a la bossanova y a las utopías de los ’60, sino uno más apropiado a los cronometrados y pasteurizados desfiles del carnaval carioca oficial, transmitidos todos los años por la red de televisión más grande de América Latina.

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