Cristina, entre diques, puentes y conjuras

La Cámpora se prepara para pasar “a la resistencia” sin dejar el poder

En su tan comentado lanzamiento preelectoral como principal referente de La Cámpora e intérprete del pensamiento presidencial, Máximo Kirchner dijo en el acto de Argentinos Juniors del 13 de septiembre, que Cristina “es el último dique que separa al país de aquellos que lo gobernaron durante gran parte del último siglo”. Al comentar el mismo acto, el presidente de la Cámara de Diputados y precandidato presidencial por una de las vertientes del kirchnerismo, Julián Domínguez, señaló que Cristina es “la gran arquitecta para construir un puente hacia el futuro”.

Las dos metáforas, coincidentes en su apelación a la obra pública que aún falta, podrían ser también materia de análisis desde la psicología política. Ellas revelan la ambivalencia con la que el kirchnerismo “puro y duro” se prepara para los tiempos políticos futuros; no habrá continuidad sino ruptura y el mentado “dique cristinista” es la última línea de resistencia frente al avance de la reacción, o bien una plataforma de transbordo que les permitirá atravesar la fosa o el río que hay por delante sin ser arrastrados por la corriente.

Luego de gobernar y liderar la política nacional durante doce años, este kirchnerismo que no baja las banderas se prepara para salir del poder con una épica de la retirada y un discurso de resistencia. Si alguna vez llegaron a plantear la continuidad eterna o la hegemonía y el cambio de régimen al alcance de las manos, ahora asimilan una teoría del péndulo y una alternancia al “uso nostro” que consiste en concebir un país gobernado por alguna variante de “la derecha” frente a la cual sólo cabrá pasar a la oposición para defender los logros de la “década ganada” y prepararse para volver “como en el 2003”.

Es un discurso de regreso al llano que encubre otra realidad. Los cuadros de La Cámpora pueblan posiciones jerárquicas en todos los ministerios, empresas públicas y entes gubernamentales, han reclutado una parte de su militancia y colocado a otros tantos en el aparato estatal y lógicamente, aspiran a quedarse. Más que una fuerza de resistencia, como se señaló gráficamente, semeja una fuerza de ocupación. Por eso, en jerga gramsciana, que puede resultar afín al lenguaje de “orga” que suelen utilizar los muchachos camporistas, lo que veremos es una “guerra de posiciones” en el plano burocrático y una “guerra de trincheras” en la lucha política y la batalla ideológicodiscursiva.

Se proponen librar esas batallas, liberados del lastre de tener que justificar lo injustificable; Jaime, Boudou, Milani… ¿Qué mejor escenario para La Cámpora en su transferencia simbólica de logia de jefes políticos y vehículo de agitación y propaganda oficialista a organización de base y contestataria, terreno en el que muevan con mayor soltura? El lucro cesante de este gobierno, en todo caso, le será endosado a sus sucesores. Por eso, hay una lógica política que permite colegir que acaso no sea tan cierto que Cristina no tenga candidatos propios; los tiene: son las figuras de quienes aparecen como los tres presidenciables mejor posicionados; Scioli, Massa y Macri representan tres variantes de lo mismo; la reacción neoliberal que representa el regreso a los años ’90 frente a ella, única en condiciones de garantizar que esta última década se proyecte en una visión de futuro.

El argumento, sin embargo, choca con su propia circularidad. Al retomar la idea de una supuesta proscripción –que intentó Menem cuando buscó su segunda reelección en 1999– se acercan un paso más a ese escenario retrofuturista. Si el único candidato posible del oficialismo es el que no puede serlo, quienes compiten por la sucesión estarán internándose en un terreno con la legitimidad menoscabada por la fuerza política saliente. Luego de la desafiante consigna de Máximo (“compitan con Cristina y gánenle a ella”) Conti, Larroque, Cabandié, Kunkel, Recalde padre e hijo, Aníbal Fernández y otros, fueron con el mismo argumento: la única manera de ganarle al kirchnerismo es ganarle a Cristina. Buscan de ese modo que Cristina termine como Menem, que se ¿retiró? invicto en 2003, luego de ganar la primera vuelta y abandonar la carrera del balotaje dejándole el triunfo a Néstor Kirchner.

Tienen, al fin y al cabo, en sus alforjas al padre de la criatura. Quien se supone en los antípodas ideológicas del kirchnerismo, cuenta como senador nacional (2011-2017) a favor del oficialismo, aunque su ausencia en el recinto permita a peronistas y kirchneristas hablar pestes de su legado. Acaso el senador riojano y ex Presidente tenga todavía su revancha, a pedir de sus sucesores. Dicen que cuando los chinos desean que vivamos “tiempos interesantes” es que se vienen tiempos inclementes e ingratos que preferiríamos evitar. Carlos Menem acaba de hacer lo propio en una nota en la que anticipa que “los mejores años de la Argentina son los que están por venir”. El texto de inspiración alberdiana firmado por el ex presidente en el diario El Cronista (9/9), plantea “la reinserción de la Argentina en el mundo” como una de las claves para ese promisorio futuro. El escenario internacional, sostiene, le ofrece una oportunidad extraordinaria a nuestro país, que se debe aprovechar alentando una oleada de inversiones productivas, lo que requiere estabilidad económica y seguridad jurídica. Y agrega: “Como lo hicimos en los ’90”.

Quienes le escribieron esa pieza fueron sagaces: es el lenguaje que le oiremos hablar a quienes competirán por la sucesión de Cristina, y el lenguaje que mejor le sienta a ella escuchar para construir la próxima etapa de su liderazgo de confrontación. El peronismo, como sabemos, es un corsi e ricorsi y puede contener a los dos equipos contendientes que juegan en la cancha.

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