Escocia, Cataluña y el fin de Europa

Los referéndums independentistas apelan al voto bronca travestido de nacionalismo bueno

En 1945, cincuenta y un países fundaron la Organización de las Naciones Unidas. Setenta años después, la ONU tiene 193 miembros y Sean Connery amenaza con crear uno más. La inflación no es sólo monetaria: Europa es más eficiente multiplicando estados que Argentina billetes.

Los miembros de la ONU están organizados en cinco grupos: Africa (54 países), Asia- Pacífico (53), América Latina y el Caribe (33), Europa Occidental y sus amigos (29) y Europa Oriental (23). Además está Kiribati, que no integra ninguno de los grupos porque toda organización tiene su Carrió.

Europa es el continente más chico en superficie y en población, pero tiene tantos países como los demás. Y encima, acapara dos grupos. Lo hace para encanutar cargos: el Viejo Continente está sobrerrepresentado en los órganos más importantes de la ONU, empezando por el Consejo de Seguridad donde tiene tres lugares permanentes –a diferencia de Asia, que tiene sólo uno, o de América Latina y Africa, que no tienen ninguno–. Ahora que Escocia, Cataluña y sus groupies quieren independizarse, es previsible que algún día Europa obtenga la mayoría absoluta en la ONU. Para entonces, la Unión Europea se habrá convertido en un fractal.

¿Cómo pudo ocurrir semejante implosión en la región que hizo de la integración su identidad? Hay dos culpables: el nacionalismo y la crisis. El nacionalismo siempre existió, pero las guerras mundiales lo desprestigiaron y la prosperidad económica lo anestesió. Como las nuevas generaciones no se acuerdan de la guerra y son las más afectadas por la falta de horizontes, no tienen complejos en reivindicar a la Nación como solución. Es una manera muy europea de gritar “que se vayan todos”: los políticos, la capital que se queda con nuestros recursos, los que no comparten nuestra sangre. El voto nacionalista es un voto bronca, pero en vez de voltear un gobierno puede acabar con un país.

La partenogénesis europea no es novedad. En el último cuarto de siglo, la Unión Soviética se partió en quince, Yugoslavia en siete y Checoslovaquia en dos. A esos nuevos 21 países se agregan entidades poco reconocidas como Transnistria, la República Turca de Chipre y las regiones putinizadas de Ucrania, en las que soberanía real y formal no coinciden. La mayoría de los nuevos estados son demasiado chicos para defenderse por sí mismos y carecen de escala económica, por lo que están condenados a integrar una alianza militar (la OTAN) y un bloque económico (la Unión Europea) que los tornen viables.

Esa es la paradoja: aunque Escocia abandone el Reino Unido, planea mantener a la reina de Inglaterra como jefa de Estado, la libra esterlina como moneda (o en su defecto el euro), las fronteras abiertas con Inglaterra, la pertenencia a la OTAN y la membrecía en la Unión Europea.

¿Qué se gana entonces con la independencia? En Escocia dan tres razones: que sus leyes no se hagan en Londres (autonomía), que Inglaterra no use su petróleo (autarquía) y que el conservadurismo quede del otro lado de la frontera (progresismo). Gabriel Puricelli ilustró con agudeza el modelo escandinavo que proponen los independentistas, combinando progresismo social con riqueza petrolera y pertenencia europea. Pero ese modelo es una falacia: Dinamarca y Suecia, países ciertamente igualitarios, se rehusaron a adoptar el euro y son halcones en política exterior. Y Noruega, el único escandinavo con petróleo, rechazó ingresar en la Unión Europea.

Con cinco millones de habitantes, la secesión de Escocia no creará una nueva potencia y debilitará a la existente. Salvo para anglófobos y malvinocéfalos, ésa no es una buena noticia. Pero el referéndum escocés tiene, al menos, una enorme virtud: no es étnico. El derecho al voto se otorga por residencia y no por sangre. Irónicamente, Sean Connery no está habilitado a votar sobre el destino de su patria, pero los miles de extranjeros que viven legalmente en Escocia sí lo están. Es probable que nacionalistas de otras latitudes se broten de urticaria ante esta falta de racismo del pueblo que le dio al mundo a Adam Smith, David Hume y Alexander Fleming.

Claro que todavía puede ganar el no. En ese caso, Europa seguirá manifestando su torpeza en el manejo de la crisis económica, pero habrá demostrado que la integración política aún es posible.

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