¿Lame duck?

Algunos hechos, incluso los que parecen negativos, pueden ayudar a retardar el pato rengo. Para Cristina, fue Griesa.

La Presidenta transcurre el tramo final de su mandato. Como nos dice la teoría, debería estar bajo los efectos del lame duck de un presidente reelecto, una situación de debilidad progresiva de un mandatario que no puede continuar en el cargo otro período. Sin embargo, hay que señalar dos cuestiones. En primer lugar, la teoría no es tan tajante como suele divulgársela. En efecto, no todos los presidentes sufren los efectos del lame duck. Por ejemplo, D. Eisenhower, R. Reagan y B. Clinton disminuyeron sus victorias en Washington por su inevitable alejamiento, pero todos terminaron sus mandatos con notable popularidad. En la región, algunos presidentes reelectosni siquiera advirtieron lejanamente muchos de los efectos de esta teoría. Lula y A. Uribe son dos ejemplos de peso. Ambos concluyeron su segunda administración con notable imagen y hasta potencialidad sucesoria (de hecho, Uribe intentó un tercer mandato que fue frustrado por la Corte Constitucional).

En segundo lugar, existen algunas factores y comportamientos estratégicos que pueden disminuir los efectos del lame duck. A veces, la mera fortuna pone en el camino hechos eventuales de los cuales un presidente puede sacar buena tajada. En la segunda administración de Carlos Menem el presidente pudo retardar el lame duck gracias a una estrategia de permanente presión para lograr un nuevo período. Así fue como estuvo en el centro de la escena política casi hasta fines de su mandato.

Algunos de los efectos y características del lame duck son –entre otros- la disminución de la popularidad presidencial, la pérdida de elecciones intermedias, el tratamiento más hostil de la prensa y el posible descubrimiento de “escándalos”, la pérdida de victorias en el Congreso, el acompañamiento de funcionarios de menor calidad, el factor “lealtad” como elemento primordial de reclutamiento y lazos políticos, el deterioro de indicadores económicos y sociales.

Ciertas características de lame duck han aparecido en la segunda presidencia de Cristina. Las elecciones legislativas de 2013 no favorecieron al oficialismo. La popularidad presidencial fue disminuyendo desde su triunfo en 2011. Los funcionarios del último tramo dejan mucho que desear. Por ejemplo, la centralidad del papel del Ministerio de Economía contrasta con la figura de un ministro que pasará a la historia por la rigidez de su “formateo” ideológico, la acumulación de fracasos seriales y una compulsiva vocación didáctica que lo lleva a “enseñar capitalismo” a los centros financieros internacionales. El factor “lealtad” aparece también incrementado. Basta ver las apariciones de la Presidenta y el coro de funcionarios que sonríen y festejan cada palabra suya. Espectáculo reflejado en tapes que quedarán para el estudio histórico-comparativo de los gobiernos. Y no ha faltado el “gran escándalo”: los alcances del “caso Boudou” todavía están por verse. Por último, el deterioro de la situación económica y social se refleja hasta en las propias cifras del Indec.

Como se dijo, algunos hechos fortuitos que aparecen en el camino pueden ser bienvenidos, incluso los que parecen negativos. Así fue como la resolución de la Corte Suprema de EE.UU. de no intervenir en el fallo de los holdouts puso en primer plano el factor Griesa. El fallo del juez ha sido criticado hasta en el país del Norte. Obviamente excedió sus competencias y comprometió un mundo de deudores y acreedores en clave de reestructuración de deudas. Evitar el cobro de los que habían ingresado al canje fue desafortunado.

Pero el Gobierno le encontró la vuelta a lo que parecería ser –y parece– una catástrofe. Los cambios de posiciones y declaraciones fueron muestra de lo que venía ocurriendo con la opinión pública. La impericia e improvisación del Gobierno está fuera de dudas. Pero, hasta ahora, el default (selectivo) parece haber tenido un efecto positivo en las encuestas. Nuevamente se apeló y despertó la fibra más básica de muchos argentinos que beben nacionalismo y que, según los casos, puede llegar a la embriaguez ciega.

Este efecto positivo que deparó el manejo irresponsable de la deuda externa va más allá de las encuestas. Sirve para contrarrestar el lame duck de la Presidenta, ubicándola en el centro de la escena política. El futuro, para el Gobierno, no parece ser el porvenir de los argentinos, sino el tránsito de los próximos meses. Y si de irse se trata, que mejor que seguir escribiendo las páginas doradas de un relato recargado. Ahora toca el turno de la lucha contra EE.UU., la usura internacional y el capitalismo salvaje. La consigna es Patria o buitres. El minué de simpatías con Rusia y China ayuda a este relato.

El lame duck de Cristina probablemente se intentará demorar con una dosis más fuerte de relato. Como una vida y gobierno en paralelo, que se continúa en el discurso oficialista, donde solo vale lo que para el kirchnerismo cristinizado vale. El resto es conspiración, poderes hegemónicos y falsificación de la historia verdadera.

El Congreso no ha sido motor ni menos aún pieza relevante del entramado político de la década kirchnerista. No obstante, algunas de las leyes presentadas allí por el oficialismo sirven para auscultar cada etapa en que se encontraba el kirchnerismo. Luego del triunfo electoral de 2005, al año siguiente se presentaron leyes claves para lograr un régimen presidencial cuasi hegemónico: la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia, “superpoderes” y la reforma del Consejo de la Magistratura. Luego de lograr concentración de poder institucional como nunca antes en el período de la redemocratización, en 2008 se logró la Ley de Medios, que contrarrestaría el contrapoder que significaban los medios opositores y la crítica que de ellos emanaba. Más tarde, cuando se vio que la Justicia era el cabo que faltaba atar para lograr un pleno control institucional y evitar daños colaterales más allá del tiempo de Gobierno, apareció el proyecto de democratización de la Justicia.

Ahora, dos proyectos de ley ocupan el interés oficialista en el Congreso y pretenderán concentrar la atención de todos y todas. La Ley de Abastecimiento sobre la cual existe –y habla– la experiencia de los ’70. El sólo plantearla denota un cierto óxido intelectual que va más allá del paso del tiempo. Y la ley que cambia el domicilio de pago de los holdouts para que puedan cobrar evadiendo las mandas de la Corte de New York. No hace falta comentar esta ley, que es impracticable, que no abrazarán los acreedores que entraron al canje, que la Corte de New York dirá que es ilegal y que pretende, entre otras cosas, avalar lo hecho por el Poder Ejecutivo en materia de deuda externa. Y que es otro mojón más en la autopista de impericias e ignorancia que ha recorrido el Gobierno.

Así y todo, la Presidenta sigue en el centro de la escena intentando postergar de este modo que la envuelvan las dificultades del lame duck, aunque los argentinos no sepamos bien hacia donde nos va a conducir un péndulo esquizofrénico que se mece entre una Cristina que arregla los temas de Repsol y el Club de París y otra que descerraja un disparo ético y cósmico contra “los buitres”. A la teoría del lame duck hay que agregarle un nuevo capítulo. Otra manera de evitarlo o postergar su llegada sería que el presidente convenciera al resto que está dispuesto a liberar todas las energías destructivas capaces de poner fin a quienes se oponen a su misión trascendente y de salvación. Un final abierto, hasta último momento. Un final épico (en cualquier momento).

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