Axel en NY, o las ventajas de la irrelevancia

En su batalla contra los fondos buitre, el Gobierno echa mano a un viejo recurso

Le debemos a Carlos Escudé la fórmula que acaso mejor describa la historia de encuentros y desencuentros, malos entendidos y desarreglos que caracterizaron a las relaciones argentino-estadounidenses y, particularmente, las razones del aparente ensañamiento que tuvo Washington con nuestro país durante el primer gobierno de Perón.

La Argentina, según una interpretación canónica, pagaría caro su apuesta por la neutralidad en la Segunda Guerra y quedaría confinada desde entonces a una condición de “paria internacional”. La creciente irrelevancia estratégica que tendría Buenos Aires será inversamente proporcional a su relevancia simbólica. Castigar a la Argentina con el destrato tendrá bajo costo y algún rendimiento político para el Departamento de Estado norteamericano. La pérdida de peso de nuestro país en la composición de la agenda hemisférica de Washington, acompañada de una connotada visualización de la Argentina como un caso testigo siempre a mano para diferenciarlo de aquellos países que sí lograron una “inserción exitosa” (México, Brasil, Chile), tuvo su contraparte en un juego especular que se replicó en las élites decisorias de nuestro país. Este consistió en la sobreestimación de la importancia, utilidad, necesidad y –eventualmente– provecho de llamar la atención de Washington, fuera para confirmar los desacuerdos históricos (confrontación) o para intentar desmentirlos mediante manifestaciones de amistad y afecto (alineamiento).

Así fue como en 1945 se forjó una matriz política nacional –el peronismo– y también se plasmó, al mismo tiempo, una manera de gestionar las relaciones exteriores argentinas como un juego particular de doble nivel. Un flujo de transacciones contradictorias entre la política exterior y la política interna en el que las pérdidas aparentes en el primer nivel, los costos externos de enfrentarse con la potencia hemisférica, podrían eventualmente redundar en ganancias internas en el segundo nivel. Serán los beneficios de capitalizar dicho enfrentamiento, constituyendo un polo político dominante, representativo de la lucha de “la Nación frente al Imperio”.

Esta manera de vincular la política exterior y la política nacional, aparentemente disociadas pero en su trasfondo profundamente imbricadas por las propias redes y tejidos que las entrelazan, tiene otros subproductos: la permanente actuación de diplomacias paralelas, relaciones bilaterales informales que se neutralizan unas con las otras. A su vez, la combinación de irrelevancia estratégica y relevancia simbólica permite, en el corto plazo, ampliar los márgenes de acción política si el Gobierno decide plantear la cuestión como una batalla principista por derechos soberanos avasallados. En otras palabras, confrontar con EE.UU., perdido por perdido, promete mayores beneficios sin mayores costos externos.

Esta matriz interpretativa y este modelo de actuación explican de manera bastante ajustada los caminos de acción elegidos por el Gobierno en su batalla contra los fondos buitre tras el incumplimiento del fallo adverso de la Justicia norteamericana y el default técnico declarado a instancias del juez Thomas Griesa. Del anaquel de opciones históricas para salir de este brete, el kirchnerismo escogió el más obvio: “Patria o Buitres”, “Cristina o Griesa”, una remake del Braden o Perón; hoy como ayer, Liberación o Dependencia. Acaso termine siendo el juez Griesa un Braden para Cristina.

No tanto por representar aquello a lo que nos enfrentamos, como por ocultar o distraer aquello que está ocurriendo mientras tanto detrás de la escena. Negociaciones, arreglos y desarreglos que seguirán desarrollándose en el terreno financiero, diplomático y estratégico. Entre el ’46 y el ’55, Perón adhirió a la OEA y al TIAR, respaldó a EE.UU. en la guerra de Corea, buscó que la Argentina “hiciera los deberes” y adhiriera a los acuerdos hemisféricos e internacionales, firmó los convenios petroleros con la Standard Oil, guardándose al mismo tiempo para sí la carta del “resguardo de la soberanía”. Y tuvo un trato también ambiguo por parte de Washington, que mandó un embajador más amistoso (George Messersmith) en lugar de Braden, pero mantuvo su boicot económico hasta 1949 y nunca terminó de confiar en este líder sudamericano que desafiaba los libretos del Imperio mientras no dejaba de atender y acogerse a sus reglas.

“Defaulteados pero libres”, nos propone ahora el Gobierno, lo que no es otra cosa que considerarnos vencedores morales de otro revés mayúsculo, mientras seguimos en la batalla. Utilizar los márgenes de acción de quien, habiendo sido injusta o abusivamente tratado, se siente liberado de la responsabilidad contraída con los acreedores, seguramente no nos hará más fuertes, pero nos permite proclamarnos soberanos y cosechar réditos políticos por el gesto de hidalguía y dignidad. Mientras tanto, otros siguen negociando y arreglando en nuestro nombre, en los bordes de las reglas de juego incumplidas.

Tal vez no nos salga del todo mal está jugada piloteada por Axel Kicillof alentado por la Presidenta. Pero conviene leer la advertencia de Juan Gabriel Tokatlian sobre los mayores márgenes de acción con los que cuentan los países de la región, como consecuencia del declinante interés estratégico de EE.UU., porque podemos estar frente a otro capítulo de “la década desaprovechada”: “EE.UU. es todavía una gran potencia pero, por suerte, no estamos en su radar de ‘urgencias’ ni somos un ‘problema’. Hay que saber usar con criterio la autonomía relativa que hoy poseemos más que en el pasado. Si la malgastamos será más cuestión nuestra que de Washington”.

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