Una campaña, nuevos temas

El paso de los años transforma poblaciones y electorados. Algo más de la mitad de los votantes de 2015 ha nacido después de 1976, con nulo registro de las décadas de los setenta y ochenta, borrosos recuerdos de los noventa, y el Siglo XXI como principal experiencia vivencial.

Nadie pudo demostrar que exista, en nuestro país al menos, una clara relación entre el fútbol y las elecciones. No podemos afirmar, como a veces se sospecha, que los resultados futbolísticos realmente inclinen la balanza de la opinión pública en tal o cual dirección. Los políticos no pueden capitalizar los goles que no jugaron: la popularidad del Gobierno no va a subir porque la Argentina haya salido subcampeón del mundo, ni hubiera bajado si nos quedábamos en la primera ronda.

Diferente es el caso de cuando los políticos intervienen en el fútbol. Hay registros de que la imagen de Carlos Menem aumentó considerablemente en Córdoba, en 1992, cuando batió el récord de la demagogia y declaró que se oponía a que Talleres descendiera. Siquiera argumentó su insólito planteo: Talleres no tenía que descender, aunque correspondiese. Dos días después viajó a Córdoba capital y una multitud fue a ovacionarlo al aeropuerto. Afortunadamente la AFA no le hizo caso, porque Macondo hubiera quedado en ridículo.

Por eso, el fútbol es un terreno fértil para que aniden liderazgos, como ha sido el caso de Mauricio Macri en Boca Juniors. Ahí, ellos juegan. Desde un club los políticos pueden mostrar gestión (si hay goles, claro), y eso les da visibilidad, relaciones, y otras cuestiones que tal vez no fueron investigadas. Macri sugiere que fue él, y no Carlos Bianchi, el artífice de una de las campañas más exitosas de Boca. El regreso fracasado de Bianchi en la gestión de Daniel Angelici fue lo mejor que pudo haberle pasado.

Todo dirigente político que se precie de tal hace base en algún club, desde Aníbal Fernández hasta Sergio Massa, pasando por una larga lista que incluye a Carlos Heller, Víctor Santamaría, Horacio Usandizaga y, ahora también, Hugo Moyano.

De este mundial, que nadie jugó salvo la selección, sí podemos decir lo siguiente, en términos políticos: que fue el primer acontecimiento de masas de la era kirchnerista que igualó a todos los públicos detrás de una agenda positiva. Durante diez años, la opinión pública oficialista se movilizó para militar las políticas de Gobierno y la opositora para rechazarlas, y eso fue todo lo que hubo. En las calles, el pueblo oficialista se identificó con las celebraciones nacionales, y la ciudadanía opositora con la protesta republicana. Que la juntada en el Obelisco haya terminado a los botellazos suena a una conjura de oficialistas y opositores para impedir que nazca un tercer tipo de sujeto colectivo.

De todos modos, si olvidamos el desenlace y nos quedamos con lo que se vivió hasta la noche del domingo, la lección para la política que deja Brasil 2014 es que hay una ventana de oportunidad para introducir nuevos mensajes y propuestas. Siete días de fútbol, millones de personas caminando las calles con los colores de la Argentina, sin que podamos saber por quién estuvimos votando.

Esto no quiere decir que la década kirchnerista esté quedando atrás. Ni que los temas de 2015 deban omitir los años de Néstor y Cristina Kirchner. La política seguirá siendo política, y los candidatos que quieran conducir la Nación van a dejar en claro de qué lado están. Sin embargo, al igual que durante nuestros siete días de Mundial, la elección no sólo se tratará de defender o atacar al kirchnerismo.

El paso de los años transforma poblaciones y electorados. Algo más de la mitad de los votantes de 2015 ha nacido después de 1976, con nulo registro de las décadas de los setenta y ochenta, borrosos recuerdos de los noventa, y el Siglo XXI como principal experiencia vivencial. Sus necesidades y aspiraciones estarán en función de la Argentina kirchnerista. Malas conexiones a Internet y celulares, altas tasas de interés en tarjetas de crédito, arrebatadores en estaciones de trenes y/o largas horas de viaje en colectivo entre el conurbano y la ciudad son algunas de las principales preocupaciones reales de millones de argentinos, hijos de trabajadores, que aún no son de clase media, pero que están mejor que sus padres quince años atrás. Y no son el único segmento del electorado que aún no ha sido bien interpelado.

Los candidatos ganarán planteando nuevos temas a una población con nuevas demandas. Los que sigan anclados en una Argentina que ya no es la misma, quedarán eliminados en las primarias.

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