El mundial, el neoliberalismo y el sistema de partidos

¿Existe relación entre fútbol y política? Sí, pero menos de la que proclama el relato

La polvareda del séptimo gol no se había disipado cuando un mail entró en mi casilla. El asunto era “El fútbol y el sistema de partidos”; el remitente, un gran politólogo brasileño. “Sólo nos queda hinchar para que de esta debacle emerja una reforma. No va a ser fácil: nuestro fútbol está bloqueado por el poder político de los clubes chicos, así como nuestro sistema partidario está trabado por los pequeños partidos”. Octavio Amorim Neto sabe de lo que habla: como experto en las relaciones entre el Congreso y el Ejecutivo, sufre la experiencia de estudiar al Parlamento más fragmentado del mundo. Continúa Octavio: “Los clubes chicos, gracias al apoyo de las élites políticas locales, impiden el establecimiento de criterios exigentes para la organización financiera y de criterios competitivos para los campeonatos estaduales y nacionales”. De reformas políticas se habla en Brasil hace décadas pero sólo se pusieron parches, agrega, y teme el mismo futuro para las reformas en el fútbol. Argumentos similares repitió, días más tarde, Juca Kfouri en la Folha de São Paulo.

En la Argentina, las semifinales también produjeron análisis políticos pero teñidos de optimismo. En una nota publicada por la Agencia Paco Urondo, José Cornejo propone una conexión entre éxito deportivo y bienestar social. Bajo el título “Superioridad física e ideológica de un Pueblo” (con mayúscula en el original), el autor afirma que “el hito fundacional del neoliberalismo fue la Ley de Reforma del Estado y la Convertibilidad de 1991”, después de lo cual “la selección abandonó las finales mundialistas”. Felizmente, continúa, “la sociedad argentina comenzó a revertir el proceso neoliberal en 2001. Con límites, desde entonces se ha recorrido el camino inverso. Algo similar pasó en el fútbol”. Como la nota fue colgada el día de la semifinal, Cornejo no podía saber que la Argentina kirchnerista repetiría el resultado de la menemista: derrota por un gol ante Alemania en la final. Si llegar a esa instancia representó “la maduración del bienestar de nuestro Pueblo, después de una década y media de esfuerzos colectivos, plasmado en superioridad física”, debe reconocerse que los gobiernos conservadores de Kohl y Merkel produjeron más superioridad física que las vertientes noventista y setentista del peronismo. Los argumentos del “periodismo militante” serían para tomarse en solfa si no fuera porque el esencialismo nuestroamericano prolifera. Por ejemplo, el video de Calle 13 que hace furor en redes progresistas es una oda a la Tierra y a la Raza. Si el corto fuera en blanco y negro y sus protagonistas fueran campesinos centroeuropeos podría llevar la firma de Leni Riefenstahl.

Tanto el periodista argentino como el politólogo brasileño analizan al fútbol desde la política, pero uno la enfoca como ideología y el otro como organización. ¿Cuál tiene más sentido? En las últimas décadas la Argentina llegó a la final con cuatro gobiernos: el Proceso, el radicalismo y los dos peronismos. El argumento que asocia al régimen o a la ideología con el resultado queda así refutado. Tampoco podría explicar que un país salga campeón, pase vergüenza cuatro años después y vuelva a la final en el mundial siguiente, como ocurrió con Brasil, Alemania, Argentina y Francia. Pero si la ideología oficial explicase los resultados el panorama sería aún más penoso: después de todo, Mussolini ganó dos mundiales.

La hipótesis de la organización tiene más sustento. Christian Leblebidjian explica que la actual Alemania es producto de una derrota humillante: la sufrida en la Eurocopa de 2000. Ultima en su grupo, la federación se cansó “de apostar a la fuerza o a los milagros” e invirtió en “mejorar desde todas las divisiones inferiores la técnica individual”. Fueron a la cantera, lo que resulta familiar en la Argentina de Pekerman. ¿Pero cómo se relaciona la organización de las inferiores con la política? Los vínculos son dos: tiempo y dinero. Tiempo porque el transcurso desde ese fracaso hasta este Mundial llevó catorce años de no ganar nada; los gobiernos, que duran menos, suelen demandar éxitos inmediatos, y no todos tienen la paciencia alemana. Y dinero porque el fútbol suele relacionarse con la política local, los sindicatos y el negocio de la construcción, que lucran mejor con los feudos que con la centralización eficiente.

La suerte puede definir un partido pero, siguiendo a Juan Pablo Varsky, un campeonato es consecuencia de un proceso. Lo que cuenta es el concepto, el trabajo y la organización; no las ideologías, meros pasatiempos para los que no entendemos de fútbol.

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