La revancha de las PASO y el armado de alianzas

Vamos hacia un escenario bipolar, pero faltan definir sus contenidos y continentes

No será la primera vez que las reformas electorales terminen teniendo un efecto diferente al imaginado originalmente por sus mentores.

Hace un siglo, muchos conservadores habrán pensado que con la Ley Sáenz Peña seguirían controlando el escenario político. Aquella reforma electoral establecía la representación de mayorías y minorías según la proporción de dos a uno. Quienes diseñaron el proyecto estaban convencidos de que los partidos que representaban los intereses tradicionales ganarían sin problema las mayorías y que la representación minoritaria quedaría para los nuevos partidos , sobre todo la UCR y el Partido Socialista, que de ese modo quedarían incorporados al sistema político y compartirían las responsabilidades. Aprobada la ley en 1912, las primeras elecciones depararon una fuerte sorpresa para quienes habían diseñado la reforma.

Si bien los partidos tradicionales ganaron en muchas provincias, donde los gobiernos encontraron de que manera seguir ejerciendo su control, los radicales se impusieron en Santa Fe y la Capital, donde los socialistas obtuvieron el segundo lugar. Como lo recuerda Luis Alberto Romero, la perspectiva del triunfo arrastró a mucha gente al radicalismo, que en esos años se convirtió en un partido masivo, constituyó su red de comités y de caudillos y se empapó de los mecanismos de la política criolla hasta alcanzar la presidencia con Hipólito Yrigoyen en 1916. La Ley Sáenz Peña abrió así las puertas a la democracia de masas en la Argentina.

Sesenta años más tarde, el balotaje o segunda vuelta introducido en 1972 por el ministro del Interior de Lanusse, Arturo Mor Roig, poco pudo hacer para detener la avalancha de votos del peronismo luego de 17 años de proscripción, en las elecciones de marzo del ’73.

Las elecciones primarias simultáneas y obligatorias, impulsadas por el kirchnerismo en 2009 para eludir la reorganización del peronismo y mantener la fragmentación de la que surgió triunfante en el 2003, pueden ahora contribuir a reformular el sistema de partidos incentivando otro tipo de racionalidad de los actores políticos, que los alienta a conformar nuevas coaliciones, competitivas y a la vez cooperativas. El primer paso lo dieron radicales, ex radicales y socialistas, tras el éxito en la ciudad de Buenos Aires en las legislativas del año pasado, con la conformación en abril del Frente Amplio UNEN a escala nacional rumbo al 2015, conteniendo cinco precandidaturas presidenciales.

El siguiente paso lo está dando Sergio Massa, buscando consolidar el Frente Renovador con alianzas provinciales que incluyen a otros precandidatos presidenciales, como el cordobés José Manuel de la Sota, mientras teje su entramado territorial con intendentes y referentes locales y tiende las redes mediáticas para instalar su figura entre el electorado independiente. El PRO se mueve en la misma dirección para potenciar en el interior del país el proyecto presidencial de Mauricio Macri.

El kirchnerismo, por su parte, echa a rodar la danza de precandidatos que se sentarán a la mesa con Daniel Scioli a la hora de definir las listas y fórmulas del peronismo oficial, mientras se posiciona en la reorganización del aparato partidario.

Es el tiempo de las fotos y guiños, encuentros y declaraciones de intención, tanteos y apuestas. Massa y De la Sota proponen una innovación en el juego tradicional de la competencia, echando mano al recurso utilizado por Chacho Alvarez y José Octavio Bordón en 1995 cuando conformaron la alianza PAIS-Frente Grande: un acuerdo político electoral entre dos espacios políticos distintos para competir en una interna que permita sumar fuerzas y definir la fórmula presidencial.

En ese horizonte, falta definir la eventual reforma de la ley electoral para abrir la posibilidad de que las fórmulas y listas definitivas se integren después de las primarias. La ley electoral vigente establece que los binomios de precandidatos a presidente y vice deben competir en fórmulas cerradas y prohíbe modificarlas una vez superada la interna. Entre los ajustes posibles, el debate está centrado en dos: que en las PASO sólo se elija candidato a presidente y que el ganador de la interna de un frente designe, con acuerdo del resto, al candidato a vice, como ocurre en los EE.UU. y como será en la ciudad de Buenos Aires, o que la fórmula se integre con los dos dirigentes más votados en la primaria, como en Uruguay.

La tendencia, habida cuenta de que ninguno de los probables candidatos está en condiciones de aspirar a una mayoría en primera vuelta, es a la configuración de una nueva bipolaridad entre las fuerzas que pretendan ganar las elecciones. Algunos dibujan un polo “republicano liberal” y otro “nacional-popular” o populista; otros, un campo peronista versus un campo no peronista; y otros, un peronismo de centroderecha compitiendo con un peronismo de centroizquierda con sus respectivas alianzas a uno y otro lado.

A su vez, la dinámica competitiva entre dos centros de gravitación puede definir una bipolaridad centrífuga, si se forman dos coaliciones confrontativas y discursos que busquen reforzar antagonismos, o una bipolaridad centrípeta, si estas dos coaliciones deciden competir por el centro con parecidos discursos, propuestas y campañas. Los precandidatos y sus estrategas y publicistas van tanteando el terreno y ensayarán una y otra partitura, mientras tejen el entramado territorial y aprestan los aparatos que les permitirán moverse con mayor probabilidad de éxito y construir el personaje que finalmente encarnarán en la contienda electoral. Los contenidos y continentes, tanto como la anatomía y la fisiología, de esa bipolaridad no están prefijados y forman parte de este “modelo para armar”.

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