Hipertrofia bonaerense, enfermedad nacional

La federalización de Buenos Aires ciudad consolidó la Argentina moderna. La división de Buenos Aires provincia es imperativa para relanzar el proyecto modernizador.

Mendoza tiene dos millones de habitantes y varios diarios de alcance provincial. Córdoba tiene tres millones de habitantes y La Voz del Interior. Buenos Aires tiene dieciséis millones de habitantes y ningún diario que investigue al gobierno y lo lleve a rendir cuentas. El gobierno bonaerense es el más opaco del país. ¿Quién conoce los nombres de dos ministros o dos legisladores provinciales? La unidad política más poblada resulta la más distante de sus ciudadanos. Ser bonaerense es una carga, no un privilegio.

Si Buenos Aires tiene virtudes, entre ellas no figuran la calidad de la educación, la infraestructura vial o la seguridad pública. La “mejor policía del mundo”, como Eduardo Duhalde calificó alguna vez a la Bonaerense, dispensa comentarios. Hay poco para enorgullecerse en treinta años de gobiernos democráticos. Y, sin embargo, tres de los últimos cuatro gobernadores fueron reelectos. El resultado es la situación de emergencia, declarada o no, de todas las áreas de gobierno. La mediocre gestión se sucede ante la falta de alternativas.

El gigantismo perjudica a los bonaerenses pero también a los demás. Lo que es macrocefalia hacia adentro se torna hipertrofia hacia afuera: Buenos Aires es un órgano disfuncional del territorio político argentino. La hipertrofia, como en el brazo hábil de un tenista, es fácil de detectar: una provincia alberga al 39% de los argentinos, las otras veintitrés al 61% restante. El resultado es la distorsión de la representación y un federalismo sólo de nombre.

No se trata de exceso de poder sino de drenaje de recursos. Una mala elección bonaerense puede desestabilizar al Gobierno Nacional, y por eso los presidentes se juegan de cuerpo entero en las elecciones provinciales –o terminan como Fernando De la Rúa– . Así fue con Carlos Menem y con los dos Kirchner, que entregaron a sus vicepresidentes (Duhalde, Carlos Ruckauf y Daniel Scioli) para asegurarse la victoria y La Plata. Algunos llegaron a apostar a sus esposas o pusieron sus propios nombres en las listas. También los intendentes del conurbano aportan potencial desestabilizador y son retribuidos para no utilizarlo. Aunque algunos usaron ese poder para desarrollar sus municipios, la mayoría tuvo otros planes.

Existen países federales como Brasil, Canadá y Alemania en los que la mayor unidad federada es mucho más grande que la segunda, pero en ningún caso se aproximan al caso argentino. Si se desdoblara a Buenos Aires en dos, cada parte sería más grande que Córdoba. Si se la dividiera en tres, también. ¡Y lo mismo ocurrirá si se la divide en cuatro! Aún descuartizada, Buenos Aires constituiría la primera, segunda, tercera y cuarta provincia del país. Pero serían más transparentes y sus gobernantes estarían más cerca.

El gigantismo poblacional y económico bonaerense no llega a ser compensado por la subrepresentación electoral. Además, este mecanismo de reequilibrio perdió eficacia y legitimidad, lo que se traduce en disputas rutinarias con el Gobierno Federal por recursos y liderazgo. Por eso abundan las propuestas de reforma. Pero todas parten de un supuesto: la unidad de Buenos Aires. Sin embargo, si el diagnóstico de acrocefalia e hipertrofia es correcto, el único tratamiento viable es la división.

El Plan de Regionalización que propuso el gobierno provincial pretende homogeneizar el actual collage, en que veinte áreas administrativas (salud, seguridad, educación, etcétera) se organizan en veinte divisiones territoriales distintas. Pero el proyecto promete más intermediación burocrática y no menos, con ministros territoriales cual virreyes designados por el gobernador. Pese a declamar la autonomía municipal, estos funcionarios serían un nuevo obstáculo entre los intendentes y el gobernador – y otro muro para los ciudadanos.

La división de Buenos Aires no se puede imponer desde arriba, pero sólo desde arriba se puede abrir el debate. Si en la campaña electoral no se plantea la cuestión, la Provincia seguirá siendo enorme y opaca y el próximo gobernador será tan mediocre como los anteriores. En otras palabras, un seguro candidato presidencial.

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