¿Qué sabemos del próximo gobierno?

Ganar es fácil, el desafío es durar. Los candidatos más serios de 2015 son los que están planeando el 2019.

Una cosa es ganar y otra gobernar. Los radicales tardaron en aprenderlo. Les cuesta violar promesas electorales y son tímidos para el volantazo. Los peronistas tienen menos complejos: Menem asumió con el salariazo y Kirchner con Duhalde, pero traicionaron a tiempo. Llegar y durar requieren habilidades diferentes.

En sistemas de partidos fragmentados, ganar exige alianzas electorales. En un artículo reciente, Daniel Chasquetti diferenciaba las alianzas de las coaliciones, que consisten en gobiernos –y no sólo en listas– multipartidarios. Chile y Alemania expresan bien el contraste. En Chile, las alianzas electorales se presentan como futuras coaliciones de gobierno. En Alemania, en cambio, las coaliciones se forman después de las elecciones. La lógica parlamentaria consiste en que los partidos se enfrentan primero y negocian después. Brasil constituye un híbrido: los partidos realizan alianzas para las candidaturas presidenciales pero compiten por los cargos legislativos. Una vez electo, el presidente debe bordar su gabinete con los retazos que encuentra en el Congreso.

¿Dónde se inserta la Argentina? La respuesta depende del partido. El peronismo resuelve sus internas a la alemana: los aspirantes compiten entre sí y el que gana reagrupa al partido desde el poder. La estrategia del PJ es separarse para las elecciones y juntarse para el gobierno. El radicalismo y sus allegados reproducen, quizás sin quererlo, la estrategia especular: se alían para las elecciones y se dividen en el poder. El mismo elemento, el poder, tiene un efecto aglutinante para un campo y disolvente para el otro.

Si el próximo presidente es peronista encolumnará a los dirigentes que acompañaron a Menem y a Kirchner, empezando por los incombustibles patagónicos Parrilli y Pichetto e incluyendo a todos los ex gobernadores de Buenos Aires: Cafiero, Duhalde, Ruckauf y Solá. Atención: la confrontación electoral entre Scioli y Massa no es una fachada. Para los discípulos del General, la disputa por el poder define la única verdad. Pero la única realidad consiste en ejercer ese poder, por lo que el reagrupamiento posterior será tan sincero como la lucha previa.

En la vereda de enfrente pasa lo contrario. Los no peronistas son incapaces de derrotar al peronismo sin unirse, y ésa es su debilidad. Pero su fortaleza reside en que, cada vez que se unieron, ganaron. En 1997, en 1999 y en 2009, primero la Alianza y después el Acuerdo Cívico y Social se alzaron con la victoria.

Algo falló más tarde. Multiplicando Aquiles, estos experimentos tuvieron dos talones: uno interno y otro externo. El primero fue la incapacidad de convertir una alianza electoral en una coalición de gobierno, aunque fuera sólo para articularse en el congreso. El segundo es que, más allá del resultado presidencial, el PJ siempre conserva la mayoría absoluta en el Senado, y con ella el control de la agenda y el presupuesto. En 2015, según mostró Javier Zelaznik, el peronismo mantendrá también la mayoría relativa en la cámara baja aunque FA-UNEN arrase en las elecciones. En otras palabras, un presidente radical, socialista o lilito deberá coordinar las heterogéneas tropas propias y además lograr el apoyo de sectores peronistas. Aunque las próximas elecciones se ganan en el centro, el próximo gobierno se ejercerá a la izquierda o la derecha. La lateralidad no remite a la ideología sino al bolsillo donde el presidente guarde la billetera.

Conviene agregar otra perspectiva,más largoplacista, de las elecciones y el gobierno que vienen. Julio Burdman vislumbra una posible institucionalización del peronismo –aunque Steve Levitsky mostró que el peronismo ya está institucionalizado informalmente-. El argumento de Burdman se aplica mejor a la oposición: si la alianza opositora no se desintegra en caso de derrota, podría sentar las bases de un nuevo equilibrio partidario. Lo fundamental, de nuevo, no sería tanto el resultado electoral sino el después. El futuro se juega en la coordinación del trabajo parlamentario pero, sobre todo, en la gestión del poder territorial. No es inconcebible que FA-UNEN gane cuatro de los cinco mayores distritos: Capital (donde Macri no será candidato), Santa Fe (que ya gobierna), Mendoza (una fija para la UCR) y quizás Córdoba. A eso se le sumarán provincias donde el radicalismo ganó o arrimó en las legislativas. En esas gobernaciones se formarán equipos que podrán alimentar un programa y un gobierno nacional para 2019.

Porque no se trata sólo de llegar sino de durar.

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¿Qué sabemos del próximo gobierno? » Comunicaciones Sudamericanas
4 años atrás

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