La institucionalización del PJ

El “movimiento” está dando pasos hacia un funcionamiento más orgánico

Se dice con frecuencia que el peronismo es un partido de “baja institucionalización”. Esto, además del latiguillo habitual, es tratado por muchos trabajos de la literatura académica. Por ejemplo, hay un artículo de María Matilde Ollier (1) que sostiene que el liderazgo carismático en el justicialismo (fundacional en el caso de Perón, hereditario en los de Menem y Kirchner) puede explicarse como respuesta articuladora a una pobre institucionalidad partidaria. Hubo y sigue habiendo, en esta caracterización del partido político más grande de la Argentina, algo de preconcepto y algo de realidad.

Lo real le cabe por varias y muy concretas facturas, que se profundizaron en los últimos años: intervenciones judiciales, pocos congresos y convenciones, irregularidad de las elecciones de autoridades (al punto de estar en falta con lo que dictamina la ley), irrelevancia (o inexistencia) de los documentos programáticos y los institutos de capacitación. Los órganos del partido, y las reglas que deberían gobernarlo, han sido débiles, y el poder real sobre el sello partidario lo tuvieron la Casa Rosada y los jefes políticos provinciales.

Aunque no todo fue desinstitucionalización: el justicialismo siempre está, y tiene representación social. No es poco. En “La Política Importa”, libro muy utilizado en los cursos de ciencia política, Mark Payne y Flavia Freidenberg dicen que los partidos políticos institucionalizados tienen –entre otras cosas– bloques legislativos estables, bases de apoyo sólidas, legitimidad social y una organización con reglas que se cumplen. De estas propiedades, lo que el justicialismo siempre tuvo es el voto constante entre los trabajadores y los sectores más postergados. Hay estanterías repletas de libros y artículos que lo demuestran e intentan explicarlo. Muy pocos partidos pueden ostentar semejante estabilidad de apoyos, y es así que en sus diferentes versiones, el peronismo apeló a su electorado. El alineamiento partidario de sus legisladores, su identidad programática y su organización interna han estado en cuestión.

Pero con los desafíos del poskirchnerismo como horizonte, podemos ver algunos movimientos hacia una mayor institucionalización del “movimiento” en cada uno de esos aspectos. Hay analistas, por caso, que están sorprendidos por lo disciplinados que están los legisladores del oficialismo aún después de unas elecciones legislativas en las que no le fue bien, y a pesar del surgimiento del massismo. La avalancha de fugas hacia el Frente Renovador que tantos pronosticaron, no se está registrando. Si bien todavía es temprano para analizar datos, la fortaleza de sus bloques en Senado y Diputados es uno de los activos políticos del kirchnerismo en el tramo final de su gestión.

El gobierno del partido también se está acomodando. En la provincia (15 de diciembre) y la ciudad de Buenos Aires (6 de abril) hubo elecciones de autoridades, con listas únicas de consenso y una participación aceptable, y de estos procesos surgieron presidentes que no son funcionarios del Gobierno Nacional o provincial, y que tienen arraigo en sus territorios: el intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, en el distrito bonaerense y el sindicalista Víctor Santa María en el porteño. Un dato interesante de los dos nuevos líderes partidarios es que a pesar de que ambos respaldan abiertamente al Gobierno de Cristina Kirchner, no fueron impuestos desde la Rosada y hubieran ganado las internas igual, si hubieran tenido competidores.

Lo que se viene ahora es la llamada “normalización” a nivel nacional, apurada por la Justicia. Lo que sucederá es que, en el marco de un Congreso partidario, se van a elegir las autoridades por vía indirecta. Lo que pidió Cristina Kirchner es que la representación contemple a todos los gobernadores, y que uno de ellos sea el nuevo presidente. Lamentablemente, en este caso los afiliados no decidirán la conducción de un partido que, en el orden nacional, aun funciona en forma confederada.

Las PASO, como se ha dicho en columnas anteriores, son una herramienta ideada por el gobierno kirchnerista que institucionaliza“ por fuera” el proceso de selección de candidaturas a partir del ya cercano 2015.

Queda por ver si el proceso de reorganización va a tener impacto en la identidad ideológica del peronismo. Aquí también aún hay poca data para analizar, pero sí algunas señales sugestivas. Los primeros documentos que surgieron de los PJ’s porteño y bonaerense reivindican al kirchnerismo, y hay un clima de ideas flotando sobre la necesidad de que el partido se convierta en un espacio de defensa de buena parte de las políticas públicas kirchneristas que el peronismo no quiere abandonar.

¿Acaso el PJ se convertirá en un partido permeado por la impronta K? Si así fuera, y teniendo en cuenta que la consistencia programática en el tiempo es una de las claves de la institucionalización, entonces el kirchnerismo habrá hecho una contribución imprevista al sistema.

(1) Ollier, María Matilde (2010).“ El liderazgo político en democracias de baja institucionalización: el caso del peronismo en la Argentina”. Revista de Sociología N°24, pp. 127 – 150

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