Entre Termidor, Kruschev y Tinelli

A la hora de dar explicaciones, el relato del
kirchnerismo se debate con sus fantasmas más temidos

Se conoce como “reacción termidoriana” al período de la Revolución Francesa en el que su ala más radical, los jacobinos, fue desplazada por los sectores más conservadores. Las sociedades de los jacobinos fueron clausuradas y sus principales dirigentes fueron ejecutados, entre ellos, el más importante, Robespierre. El golpe de estado del mes de Termidor (28 de julio de 1794) puso fin al gobierno de la Convención, iniciándose un período de reacción contra la política del gobierno revolucionario. Como se afirmó en la época, “la revolución se devora a sus propios hijos”, indicando cómo cuando se inicia la violencia y la represión ésta se vuelve en contra de los que la ejecutaron para mantenerse en el poder.

Se aprobó una nueva Constitución en 1795 que establecía la separación de poderes, el sufragio fue limitado y la burguesía moderada impuso sus principios para restablecer el orden político, económico y social. Esa década terminó con el golpe de Estado dirigido por Napoleón Bonaparte el 18 de Brumario (9 de noviembre) de 1799, que exigió la disolución del Directorio, iniciándose el “período napoleónico”.

En la etapa conclusiva de su larga década en el poder, el kirchnerismo se encuentra seducido por la creencia de que asistimos a su propia reacción termidoriana. Todas las adversidades, desgracias y desventuras sucedidas desde que el Gobierno perdió las elecciones en octubre pasado –alza de precios, conflictos policiales, cortes de energía, trepada del dólar, protestas vecinales, devaluación– son atribuidas a los “intentos de desestabilización” de las agazapadas fuerzas de la reacción, y de quienes le hacen el juego. Son las fuerzas conservadoras, los factores de poder corporativo y los sectores dispuestos a cobrarse revancha por las grandes transformaciones de esta década ganada.

Lo que se ofrece como visión alternativa es una teoría de los efectos no deseados –o inevitables– del éxito, que es difícil de sostener. Así, los cortes de electricidad se deben al aumento de la demanda de energía, indicador del crecimiento industrial y del consumo; la inflación se debe a la aumento de la puja distributiva por la mejora en la capacidad adquisitiva de los trabajadores; la caída de las reservas, al desendeudamiento que permitió crear empleos, aumentar las jubilaciones y pagar la Asignación Universal por Hijo.

“¿Quiénes son los que critican?”, se preguntaba el jefe de Gabinete, y respondía: “Las grandes usinas internacionales, los fondos buitre, los que tienen capacidad de lobby en los medios dominados por el poder financiero”. Y se lamentaba Capitanich: “Hay un intento de desestabilización permanente hacia el Gobierno”.

Otra expresión de este desencantamiento de los jacobinos kirchneristas provino de uno de sus más connotados intelectuales, referente de Carta Abierta y frustrado diputado Ricardo Forster. En un extenso alegato periodístico titulado “La cuestión Milani” (Página/12, 5/1), que apenas menciona el controvertido ascenso de este militar como jefe del Ejército, ofrece un testimonio elocuente de un realismo que exhibe la supremacía de la decisión del Príncipe como principal atributo y fuente de razón. Escribe Forster: “Es esta una discusión (la que ha surgido a partir del nombramiento de César Milani como jefe del Ejército, que toca la médula de la política, que pone en evidencia las tensiones continuas entre la trama de valores y las demandas implacables e impiadosas de una realidad carente de sutilezas a la hora de exigir pronunciamientos y, sobre todo, acciones afirmativas que, en algunos casos, chocan de frente con la estructura ética de un pensamiento crítico que se mueve entre los territorios del compromiso político, la dura lucha por el poder y el debate de ideas liberado del día a día de las exigencias que emanan de una actualidad compleja, complicada y difícil para un proyecto gubernamental de por sí atravesado por sus propias demandas y debilidades”.

Se trata, ni más ni menos, que del dilema clásico planteado por Max Weber entre la “ética de las convicciones” y la “ética de la responsabilidad”. Un realismo que acerca al kirchnerismo tardío a las teorías elitistas de Mosca, Pareto y Michels –en las que se desdibujan las ideologías– y lo aleja del entusiasmo binario insuflado por Ernesto Laclau y los pensadores e ideólogos del “campo popular”. Aunque haya sido el propio Jorge Capitanich quien encontró otro curioso marco interpretativo para ubicar el actual momento histórico y el lugar de Cristina como “gran electora del espacio, para la continuidad institucional del proyecto”. El jefe de Gabinete cuenta: “Perón decía que la Revolución Rusa tenía cuatro etapas: la toma del poder, que atribuía a Trotsky; la fase doctrinaria, que le correspondió a Lenin; la fase dogmática, que fue la de Stalin, y la institucional, de Kruschev. Esta etapa del peronismo le corresponde un afianzamiento institucional. En democracia la toma del poder no es revolucionaria sino a través del voto popular. Después, una etapa doctrinaria para plantear objetivos que deben ser aceptados por la mayoría del pueblo, y después una etapa dogmática para fortalecer esos principios. Ahora llega la etapa de carácter institucional, para que estos grandes cambios sean apropiados por la mayoría del pueblo” (Página 12, 19/1).

Al día siguiente, Capitanich recibía a Marcelo Tinelli, para inroducir un “salto cualitativo” –así lo definió la prensa oficialista– en las transmisiones de Fútbol para Todos (FpT). De la revolución a la televisión, acaso la dura realidad imponga comparaciones históricas menos extraviadas y más cercanas para transitar esta desembocadura al 2015 con mejores brújulas, sin recaer en las trampas del pasado y sin quemar las naves para llegar a buen puerto.

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