De clubes políticos y partidos

(Respuesta de Vicente Palermo, investigador principal del CONICET e integrante del Club Político Argentino, a la columna de Andrés Malamud)

Es lamentable que Andrés Malamud haya elegido el tono del pesimismo sobrador para plantear un debate interesante y pertinente. Trato de mantener la cabeza fría para rescatar lo jugoso del mismo, no sin antes formular algunas aclaraciones. El Club Político Argentino no es una asociación de intelectuales (muchos de sus socios no lo son) y no es una versión especular de Carta Abierta (nació antes que CA, es políticamente plural y no existe para oponerse al Gobierno, entre muchos etcéteras).

Tampoco se ha concebido como un think tank de la oposición. Al grano. Para Andrés lo que hemos hecho hoy (y esperamos poder seguir haciendo mañana) tiene un defecto de origen. ¿Por qué? Porque es diferente a lo que se hacía ayer (o aún hoy, en muchas partes del mundo), cuando los partidos eran fuertes, tenían usinas propias de pensamiento y no precisaban recurrir a iniciativas externas. Pero, ¿se puede fundamentar así una crítica? ¿Acaso dio resultado aquello por lo que Andrés siente nostalgia? La respuesta es no (tampoco en muchas partes del mundo). La realidad es que los partidos y sus think tanks no fueron capaces en el pasado de sustentar ni acuerdos duraderos ni políticas públicas comunes de largo plazo.

Con esta experiencia, descalificar la innovación y el ensayo, dado que se aparta de la ortodoxia, parece poco atinado. Pero se puede decir algo más de nuestra experimentación, aunque sepamos que ella ha sido un resultado contingente –¡como tantas otras veces!– de un proceso histórico y no un producto premeditado. Lo que se puede decir es, precisamente, que no debe descartarse que la articulación por parte de una instancia exterior –como el Club Político Argentino– arroje un resultado mejor en aquello que se propone, la formulación de políticas de largo plazo sustentadas por acuerdos políticos sólidos.

Es por esto que tampoco tiene sentido (a propósito, queda la impresión de que Andrés se limitó a leer las pocas palabras que publicaron los diarios, omitiendo un examen del documento) banalizar el Acuerdo afirmando que se trata de “temas obvios, comunes a cualquier plataforma desde que existe la imprenta” (sic). El documento no es un pedazo de papel, es una promesa política, y tiene la densidad de tal. No importa cuán obvios sean los temas, sino cuán pertinentes son, y cuánta capacidad (que, por supuesto, está por verse) tienen los firmantes, de traducir lo que ya es un hecho político relevante, la promesa, en cursos de acción compartidos. Es notable que esta dimensión de lo que se realizó hace pocos días al firmarse el Acuerdo Democrático, se le haya pasado a Andrés completamente desapercibida.

Tampoco existe el menor motivo para calificarnos de “devotos de la cooperación”; los miembros del CPA sabemos muy bien que cualquiera de las políticas en danza supone afectar intereses y procesar conflictos, de allí que la respuesta a la pregunta retórica de Andrés –¿qué necesidad hay de comprometerse por escrito a tratar temas obvios?– cae de su peso: la promesa le da una fuerza a la política que esta, sin ella, no tiene. Sin la promesa no hay política, y esta última queda limitada a lo que cada partido quiera y pueda hacer por su cuenta. La obviedad no es tal sino la búsqueda de un mayor denominador común posible que pudiera convocar a los dirigentes y a los partidos. Avanzando en definir propuestas concretas a nivel político-técnico, acerca de cómo llegar a lograr cada punto del acuerdo, en qué plazos, enfrentando qué dilemas y resignando qué otros objetivos. La acción podrá ir más allá de la propuesta, pero su comienzo tuvo que ser, necesariamente, una promesa compartida.

Cuando Andrés decide que el mundo se divide entre defensores del conflicto y devotos de la cooperación, más arbitrariamente, nos coloca entre estos últimos. Pero contribuir a instalar una cultura del diálogo y a promover la búsqueda de los caminos más adecuados para evitar que los conflictos de interés se transformen en agrias confrotaciones, y que las confrontaciones se radicalicen en antagonismos, no es de ningún modo oponerse devotamente al conflicto (algo que, dígase de paso, carece de sentido).

Condescendiente, displicente, Andrés Malamud saluda “la simpática firma del acuerdo”, seguro de haberle asestado todos los golpes necesarios. El acuerdo, y el club que le dio origen, seríamos una experiencia vernácula –en el mundo existen think tanks y fundaciones, en la Argentina cartas y clubes, nos dice– que se puede mirar por encima del hombro. No pretendemos enseñarle al mundo, más modestamente aspiramos a contribuir a hacer un país más próspero, más libre y más justo; los argentinos tenemos mucho que aprender del mundo, pero sabemos que no se puede vivir a partir de una receta, sea nacional o extranjera.

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