Los partidos políticos van al club

En el mundo hay think tanks y fundaciones que proveen ideas a la política. En la Argentina, en cambio, hay Cartas y Clubes.

Había una vez partidos con programas y equipos de gobierno. Querían ganar las elecciones para beneficiarse del poder y, a veces, usarlo para algo. Establecían fundaciones, formaban especialistas y financiaban publicaciones. Tiempos idos: el 19 de noviembre, los partidos de oposición firmaron un Acuerdo para el Desarrollo Democrático que fue redactado por una asociación de intelectuales independientes.

Dos aclaraciones se imponen. Primero, no fueron todos los partidos de oposición sino sólo los burgueses. Según la información periodística, la izquierda dura y sus legisladores electos no participaron del evento. Segundo, la asociación de marras, el Club Político Argentino, no está integrada de manera ecuménica sino por pensadores críticos del Gobierno.

En su honor debe decirse que, pese a ser la versión especular de Carta Abierta, son mucho más inteligibles. Un contraste más relevante es que Carta Abierta busca legitimar ex post a un Gobierno en ejercicio, mientras el Club Político pretende inspirar ex ante a un gobierno futuro. Que estos intelectuales hayan tenido que tomar la iniciativa habla bien de su abnegación y mal de sus posibilidades de éxito. Es sintomático que organizaciones centenarias como el radicalismo, los miembros del FAP, el PRO y el Frente Renovador hayan ido al pie de una iniciativa externa a los partidos.

¿Pero sintomático de qué? Primero, de que los partidos no tienen usinas propias de pensamiento. Segundo, de que el culto al protocolo sigue reinando: ¿qué necesidad hay de comprometerse por escrito a tratar temas obvios? Tercero, de que la falta de pensamiento estratégico tan criticada por Lula no amaina: por eso, los cinco temas acordados (nutrición infantil, salud, educación, juventud e inseguridad) son comunes a cualquier plataforma desde que existe la imprenta. Cuarto, de que la incapacidad para comprender al otro arrecia: la ausencia de representantes oficialistas no simboliza sólo el carácter opositor del encuentro sino la distancia entre los defensores del conflicto y los devotos de la cooperación. La buena política requiere combinar ambos elementos, pero los relatos argentinos se construyen sobre su divergencia.

El Gobierno, Carta Abierta y Ernesto Laclau defienden el conflicto como recurso indispensable para quebrar empates hegemónicos y realizar la justicia social. Según ellos, el statu quo es perverso y todo compromiso implica retroceso. Como el pueblo fue históricamente explotado, la historia debe ser rescrita para atrás y revolucionada para adelante. La política es lucha, vitalidad. El objetivo es el poder y su ejercicio. Al que está enfrente hay que arrollarlo porque es perverso.

La oposición, el Club Político y sus expositores más lúcidos, como Luis Alberto Romero, conciben a la cooperación como el mecanismo civilizado de la convivencia política. Rupturas históricas como el surgimiento del peronismo resquebrajaron el orden moderno y cosmopolita. La Argentina era casi un paraíso al que hay que regresar, superando el obstáculo transitorio de los irruptores. La política es racionalidad, equilibrio. El objetivo es limitar al poder y su capacidad de daño. Al que está enfrente hay que despreciarlo porque no entiende.

Los políticos que respondieron a la iniciativa del Club se veían contentos. Se reunieron con colegas presentables y que comparten los mismos códigos, conversaron con intelectuales que respetan, firmaron una declaración con la que nadie podía discordar, se sacaron una foto y salieron en los diarios: todo positivo. Nada de lo narrado es reprensible. Con el menor esfuerzo posible, cada participante sacó el mayor rédito disponible. El problema es que la construcción política y el ejercicio del poder requieren esfuerzo. La simpática firma del Acuerdo Democrático no es una promesa de civilización política sino una manifestación de impotencia. Los partidos no están en condiciones de preparar una oferta electoral y entonces van al pie de iniciativas loables pero ajenas. La falta de liderazgo, programas y equipos es un pasivo para la democracia.

Porque cuando el Gobierno, sincera o ladinamente, se abra al diálogo, los partidos opositores tendrán mucho para hablar y nada qué decir. La crítica sacrificó a la alternativa. Enfrente del oficialismo hay un montón de gente inteligente y un desierto de política.

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De clubes políticos y partidos |
7 años atrás

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