Las eternidades peronistas son efímeras

El peronismo no espera a que sus líderes mueran para sustituirlos. Su vitalidad hace que cada conducción dure una década.

La ortodoxia de Vicente Saadi y Lorenzo Miguel se creía inexpugnable. La cafieradora se comía a los chicos crudos. Carlos Menem se declaró imbatible. El aparato de Eduardo Duhalde era inoxidable. Y uno tras otro, todos fueron derrotados y deglutidos por el líder que venía después. “Nunca” o “siempre” son conceptos que deleitan a los partidos burgueses pero no tienen traducción al peronismo.

Las democracias más conocidas gobiernan en plazos largos. Felipe González administró España durante 14 años, Helmut Köhl condujo a Alemania durante 16, François Miterrand fue presidente durante 14 años y Margaret Thatcher sólo se apeó del poder después de disfrutarlo durante 11. Por comparación, los nueve años del primer Perón y los diez de Menem no impresionan gran cosa, aunque a quienes los vivieron les parecieran eternos. Los 12 que cumplirán los Kirchner en 2015 son, en contexto comparado, perfectamente normales. Créase o no, la Argentina se parece más a España que a Cuba o Venezuela. El colapso económico que acecha a la metrópoli ibérica se encargará de confirmar el paralelismo.

En el último congreso argentino de ciencia política, desarrollado el mes pasado en Paraná, el politólogo Germán Lodola le auguró duración al kirchnerismo debido a su intensidad afectiva. El argumento es que, más allá de sus políticas, el kirchnerismo emocionó como nunca desde 1983. El supuesto es que la emoción militante es persistente y se traduce en estabilidad electoral. Sin embargo, la pasión, por definición, dura un tiempo limitado, filosofa Joaquín Sabina. Por eso Max Weber sugirió que la institucionalización del carisma es necesaria para que la legitimidad perdure. Y dado que el peronismo es averso a reglas, la continuidad depende del sucesor y no de las instituciones.

Consultados sobre la cuestión, fuentes afines al Gobierno convergieron en un ranking de presidenciables: los gobernadores Daniel Scioli, Sergio Urribarri, Jorge Capitanich y Juan Manuel Urtubey, en ese orden, corren el riesgo de convertirse en el portaestandarte del kirchnerismo «modelo 2015». Parece evidente que no será la emoción lo que defina al próximo gobierno. Enfrente, los peronistas que alegan escrúpulos están peor de lo que parece. Si Sergio Massa confía en encabezar al peronismo no kirchnerista, su única chance es quedarse en la intendencia independientemente de los resultados electorales: en la Argentina, los diputados no se tornan presidentes. Hace falta poder territorial, presupuesto y acceso cotidiano a los medios para tener chance, lo que sólo ofrecen los cargos ejecutivos.

Y aún así, gobernador mata intendente. En eso confía José Manuel de la Sota, a quien le faltan otras minucias como aliados relevantes fuera de Córdoba y mover el amperímetro de la opinión pública nacional. A Mauricio Macri, en cambio, le falta un partido. Quien no puede presentar lista de diputados en la provincia de Buenos Aires tiene la misma posibilidad de ser presidente que el gobernador de Neuquén.

Históricamente, los peronistas resuelven sus internas en elecciones generales. Massa contra Martín Insaurralde es el revival de Antonio Cafiero contra Herminio Iglesias y de Néstor Kirchner contra Menem. Conscientes de que los perdedores se encolumnarán detrás del vencedor (el poder ordena al peronismo), la división circunstancial es un lujo que se pueden permitir –y una herramienta probada de renovación dirigencial–. En el camino suman voluntades fronterizas y centrifugan a los partidos ajenos al legado del General.

El genial Sendra alguna vez comparó a los peronistas con los gatos, porque parece que se pelean pero se están reproduciendo. Los radicales, en cambio, serían como los perros: parece que se mueven pero se están rascando. La novedad actual de la política argentina no es que los peronistas se dividen y se reproducen, algo que siempre hicieron, sino que los radicales parecen estar moviéndose. Las encuestas de la Capital y del interior alientan el entusiasmo boina blanca. Su agujero negro sigue siendo la provincia de Buenos Aires, donde la picazón hace estragos entre los herederos de Raúl Alfonsín. En contraste con el peronismo, los radicales bonaerenses se esfuerzan en cada publicidad para demostrar que su impericia es de larga duración.

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