La apertura del ciclo electoral

Las elecciones gubernativas de la provincia de Catamarca abrieron con sorpresas el ciclo electoral 2011. Desbordando todos los pronósticos, el Frente para la Victoria brindó al oficialismo una primera victoria que, más allá de su significación política local, bien puede ser interpretada como una nueva evidencia de las ventajas estratégicas de Cristina Fernandez de Kirchner sobre las fuerzas y candidatos de oposición.

Por un lado la fórmula encabezada por la senadora Lucía Corpacci recupera para un peronismo unido y casi sin fisuras una provincia perdida hace ya más de veinte años. Demuestra, al mismo tiempo, la fuerza política de una combinación de factores muy difícil de neutralizar por la oposición en cualesquiera de los distritos electorales del país. Al impulso central de un clima de optimismo colectivo y fuerte apoyo a la gestión presidencial se suman un planteamiento estratégico y táctico de primer nivel profesional y recursos logísticos, materiales y humanos provenientes en su mayor parte de una concertación de apoyos provinciales. En el caso concreto de Catamarca, cabe reconocer el liderazgo y coordinación del gobernador salteño Juan Manuel Urtubey.

Las proyecciones

Un repaso sucinto de la situación nacional permite analizar algunas proyecciones posibles de este primer hito en la carrera electoral que culmina el próximo mes de octubre. Un primer dato a considerar es el nivel de optimismo que prima en sectores importantes de la sociedad argentina. Un análisis de la curva evolutiva de las percepciones acerca de la situación general del país muestra que los juicios positivos se han ubicado en el 35%, sumado a los juicios “regulares”, que alcanzan al 45%. Los juicios negativos se sitúan en 20%, en los niveles más bajos de los últimos años. Siete sobre diez argentinos tienen una visión positiva del futuro, incluso en aspectos complejos como la inflación, la seguridad, el empleo y los ingresos personales.

Más allá de sus percepciones acerca de la coyuntura, sectores decisivos de las clases medias urbanas alientan expectativas positivas acerca del futuro. Estudios internacionales recientes ubican a los argentinos en el primer rango de optimismo a nivel continental y la gente –contra lo que opinan algunos analistas muy desactualizados– no vota con el bolsillo: vota con sus expectativas y con sus
deseos de cambio y mejoramiento.

Un primer efecto político de este clima de optimismo es la consolidación de la evaluación de gestión presidencial. La curva de la evaluación positiva del desempeño presidencial sigue en ascenso. La Presidenta tiene 40,5% de juicios positivos, claramente sumables al 41,1% de juicios regulares. Los juicios negativos descendieron a 18,4%. Estas cifras sitúan a CFK en el nivel de las mejores épocas de toda su gestión. Cabe recordar que en los comienzos de su presidencia el registro de juicios negativos era de 17,1%.

En este contexto, Cristina Kirchner afronta la recta final de su reelección con la mejor evaluación de desempeño de todo su período de Gobierno. En materia de apoyos
sociales, la curva de adhesiones se situó en la segunda semana de marzo en un nivel de 51,6%, frente a un 48,4% de rechazos. Desde hace seis semanas, la presidenta ha revertido una situación negativa que databa del mes de enero de 2010.

El reflejo de este fortalecimiento político carece de un efecto automático sobre el
voto. Aún así, la tendencia de voto a Cristina Kirchner ha experimentado un incremento gradual en las ultimas últimas semanas. Alcanza en la actualidad 37,7%, en tanto que sus inmediatos seguidores, Mauricio Macri (14,6%) y Ricardo Alfonsín (14%), se sitúan a 23 puntos de distancia. Esta ventaja permite prever, al día de hoy, una cómoda victoria de Cristina Kirchner en primera vuelta.

La proyección más conservadora del actual 8,4 de indecisos permite, en efecto, establecer una tendencia actual de 41,8 con distancia de 23 puntos sobre sus inmediatos seguidores. Un margen que supera con claridad la fórmula constitucional del 40% de voto positivo y más de 10 puntos sobre la formula inmediatamente siguiente. Reforzando esta estimación, cabría señalar que una suma automática de los votos del Pro y el PJ Federal, del tipo de las que rara vez se producen en política, llegaría apenas a situarse a una distancia de 20 puntos por debajo.

Una suma también automática de las tendencias con que hoy cuentan Alfonsín, Sanz y Cobos, llegaría al 20,1%, o sea 18 puntos por debajo de la formula oficial, todo ello sin computar las posibles pérdidas de apoyo que generarían alquimias electorales de tal naturaleza. Es decir que, de no producirse cambios sustanciales en la situación expuesta, la alternativa de reelección en primera vuelta parecería irreversible.

Todo ello, a pesar de que la tendencia actual de voto de Cristina Kirchner es hoy por hoy apenas 2,7% superior al 35% que es el piso histórico promedio del peronismo. En una de sus peores elecciones de su historia, el peronismo alcanzaría una cómoda victoria en primera vuelta. Un contexto de expectativas altamente favorables,
una excelente performance gubernamental y una candidatura sólida, con rechazos cada vez menores, permiten al oficialismo remontar el hecho no menos evidente de que más del 60% del electorado busca todavía otras alternativas.

La clave está sin duda en los gravísimos problemas de la oposición. Su nivel de fragmentación y división interna se ve agravado por las dificultades para generar líderes y candidatos con capacidad efectiva de convergencia. La situación es especialmente grave en el caso particular del radicalismo, incapaz de integrar liderazgos emergentes de la calidad de Alfonsín, Sanz y Cobos y de reincorporar a la vida y a la conducción partidaria a gobernadores, intendentes y dirigentes de provincias decisivas, hoy intervenidos y expulsados.

Las elecciones internas del domingo 13 en la provincia de Río Negro son un buen ejemplo del juego de suma cero que va paralizando día a día al principal partido de oposición. Si bien aparecen síntomas incipientes de flexibilidad y apertura hacia el diálogo con otras fuerzas políticas, la cabeza de la fórmula presidencial sigue
siendo para los radicales absolutamente innegociable.

Bajo tales condiciones, difícilmente pueda la oposición avanzar hacia opciones de convergencia capaces de neutralizar la fuerza ascendente del oficialismo. Ninguno de los candidatos que podrían agregar algo a una eventual reunificación de fuerzas
opositoras parece hoy por hoy muy dispuesto a aproximarse siquiera a ese verdadero
agujero negro de antimateria en que parece convertirse, día a día, la inexplicable interna radical.

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