Historia: Las elecciones de 1999

De una gran ilusión a un rápido desencanto.

Desde su triunfo en las elecciones legislativas de 1997 en la provincia de Buenos Aires y en otros distritos grandes del país, había pocas dudas de que la Alianza ganaría las elecciones presidenciales en 1999. Y lo hizo cómodamente, sacándole una diferencia de 10 puntos al PJ.

El acuerdo concretado entre la UCR y el Frepaso por necesidades mutuas, intentó consolidarse e institucionalizarse en el período delimitado por ambas elecciones. Se estableció un mecanismo para elegir la fórmula presidencial mediante internas abiertas en las que cada partido presentaría un solo candidato para determinar el orden del binomio que compartirían. Gracias a la estructura de la UCR y a que era visto como la contracara de Carlos Menem, Fernando De la Rúa le ganó ampliamente a Graciela Fernández Meijide.

Pero finalmente la fórmula no se integró como estaba previsto dado que se decidió que era más importante que Fernández Meijide fuese candidata a gobernadora de la provincia de Buenos Aires para asegurarse el triunfo en el mayor distrito del país y que su lugar en la fórmula presidencial lo ocupase Chacho Alvarez. Fue una decisión políticamente desacertada y electoralmente inútil: Alvarez, irresponsablemente, renunciaría a la vicepresidencia debilitando al gobierno y Fernández Meijide perdería la gobernación a manos de Carlos Ruckauf.

La Alianza mantuvo su discurso económico basado en la defensa de la convertibilidad. “Conmigo, un peso un dólar”, decía De la Rúa en uno de los avisos más recordados de la campaña. Si bien, las condiciones económicas internacionales se habían modificado sustancialmente entre 1997 y fines de 1999 por la apreciación del dólar, las crisis del Sudeste Asiático y de Rusia y la devaluación de Brasil, el discurso de la Alianza, que había demostrado ser electoralmente exitoso, no sufrió cambios. La convertibilidad tenía apoyo social y la Alianza compró el diagnóstico de que el problema de la Argentina era político y no económico.

Esa lectura de la realidad, sobre la cual la Alianza basó toda su estrategia, demostró ser equivocada y pagaría las consecuencias. En casi todos los terrenos, la Alianza había logrado definir programas de gobierno con bastante detalle, lo cual constituyó un hecho destacado dada la heterogeneidad de las fuerzas que la integraban. Pero no logró definir los espacios que le corresponderían a cada partido, los mecanismos para la designación de funcionarios y la forma de reemplazarlos en caso de acceder al Gobierno como suele ocurrir en las coaliciones.

Mientras tanto en el peronismo se vivía una gran tensión interna por el enfrentamiento entre Menem y Eduardo Duhalde. El Presidente no le perdonaba al candidato de su partido haber frustrado la re reelección al amenazar con la convocatoria a un plebiscito sobre ese tema en Buenos Aires y ser crítico de su gobierno. Por otra parte, si Duhalde era presidente pasaría a ser el líder del peronismo. Razones más que suficientes para que Menem no hiciera nada para favorecer su triunfo.

También varios gobernadores decidieron desvincular su suerte de la de Duhalde y convocaron las elecciones locales para una fecha distinta a las presidenciales. De esa manera, al no estar en juego cargos provinciales, los aparatos territoriales del peronismo tuvieron un menor protagonismo. En ese contexto, no puede sorprender que Duhalde obtuviera el 38% de los votos convirtiéndose así en el primer candidato presidencial en la historia del peronismo que fue respaldado por menos del 40% del electorado. El discurso crítico de Duhalde sobre algunos aspectos de la política económica hizo que se resquebrajara la coalición electoral del menemismo y creó las condiciones para que Domingo Cavallo presentase su candidatura presidencial que recibió el 10% de los votos.

De la Rúa ganó la presidencia con el 48% de los votos, pero dada su distribución geográfica, no hubo cambios significativos en otras áreas. La Alianza pasó a tener la mayoría en la Cámara de Diputados pero el Senado siguió en manos del peronismo. A su vez, la Alianza obtuvo muy pocas gobernaciones siendo la de Mendoza la más relevante.

El PJ dominaba la mayoría de las provincias y las más grandes. En Buenos Aires se impuso Ruckauf gracias a que su candidatura también fue apoyada por Domingo Cavallo. Esa distribución del poder territorial no fue un dato menor porque los gobernadores pasarían a tener un gran peso político en los críticos años siguientes.

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