La institucionalización kirchnerista

Los grandes debates vienen girando alrededor de reformas institucionales que plantea el oficialismo.

A partir de la reforma de 1994, la Constitución Nacional incorporó dos mecanismos de democracia directa, y uno de democratización de la agenda legislativa: el referéndum, la consulta popular no vinculante y la iniciativa popular, respectivamente. Fueron una verdadera innovación en la profundamente antipopulista Carta Magna de 1853, que en su célebre artículo 22 dice que el pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución, y que toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de este, comete delito de sedición.

Ahora, y desde hace casi veinte años, el artículo 40 dice que la Cámara de Diputados puede convocar y someter a consulta popular un proyecto de ley, que se promulga en forma automática si el voto popular es afirmativo ya que el Presidente no puede vetarlo, y también que tanto el Presidente como el Congreso pueden convocar a consultas populares no vinculantes. Sin embargo, estos dos instrumentos que la reforma les concedió a los movimientos populares argentinos todavía duermen bajo el arbolito, envueltos con moño y en papel de regalo. Nunca, desde la vigencia de la nueva Constitución, el Presidente o el Congreso convocaron al pueblo a intervenir sobre una política pública controvertida.

Esta ausencia es un desafío para todos aquellos que, desde la reivindicación o la crítica, atribuyen al kirchnerismo el carácter de populista. Ya que todo populismo que se precie de tal, y que tiene el mecanismo de democracia directa a disposición, lo usa. La pregunta sobre la relación entre kirchnerismo y populismo siempre es interesante. Sin dudas, en una fase inicial de débil respaldo electoral, y como respuesta a coyunturas complicadas, el kirchnerismo apeló a mecanismos y discursos populistas para gobernar.

Pero en el actual momento político argentino, puede ser más interesante el preguntarse por la relación entre kirchnerismo e institucionalidad. Estamos frente a un kirchnerismo de otra edad. Cumpliendo una década de gobierno y en su tercer mandato consecutivo, se trata de una de las experiencias políticas más estables de los últimos cien años. Un proceso político de estas características tiende a querer regularizar y rutinizar sus políticas públicas. Busca, en definitiva, una institucionalización.

La institucionalidad es una materia pendiente de la democracia argentina. Y muchos de los que hablan de instituciones (palabra que, cabe destacar, tiende a desaparecer sigilosamente de algunos vocabularios) con frecuencia no saben bien de qué están hablando. No se trata de la vigencia de normas antediluvianas, ni mucho menos de consensos divinos que mágicamente se imponen sobre la política. Tampoco, hablar de instituciones implica referirse a los contenidos de las mismas. Las instituciones políticas son arreglos, en general con forma de leyes, que surgen de la política misma, y la Argentina carece de instituciones sólidas porque careció, durante mucho tiempo, de una política sólida.

El alfonsinismo y el menemismo desaprovecharon oportunidades de crear instituciones políticas y económicas. Alfonsín tuvo poco tiempo y apoyos, y la era Menem se caracterizó por introducir un andamiaje demasiado dependiente en una fórmula que no duró: caída la convertibilidad y los pilares del modelo menemista, el marco legal de los noventa sucumbió en 2002.

La administración kirchnerista no se caracterizó, en su impulso inicial, por la institucionalización de sus políticas. Buena parte de su gobernabilidad fue implementada a partir de un conjunto heterogéneo de decisiones administrativas. Las incertidumbres de la sucesión plantean una nueva agenda metodológica, con fuertes incentivos para institucionalizar políticas. Si quiere perdurar, el kirchnerismo debe dejar su impronta en leyes, regímenes, burocracias y mecanismos. Tal vez, a eso estamos asistiendo a partir del 2012.

Los grandes debates vienen girando alrededor de reformas institucionales que plantea el kirchnerismo, siendo la ley de medios audiovisuales y la “democratización de la Justicia” las dos más polémicas, y la resistencia, en formato populista, de la oposición partidaria y la sociedad civil antipolítica. Los términos del conflicto parecen haberse invertido.

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2 Respuestas a La institucionalización kirchnerista

  1. Guillermo dijo:

    El peronismo en el gobierno tiende a comportarse como un sistema político en sí mismo, es decir, a actuar simultáneamente como oficialismo y oposición. Dos son los factores que suelen promover esta dialéctica que caracteriza a un sistema político. El primero de ellos es la amplitud y, por lo tanto, la diversidad de apoyos que reúne la coalición gobernante, el movimiento es una ancha alameda que contiene a la gran mayoría. Atraviesa a la sociedad de manera vertical y horizontal. El segundo factor que activa el contrapunto oficialismo-oposición, es la falta de reglas para dirimir la sucesión del liderazgo y, por ende, el control del poder. Si bien es tributario de su débil institucionalización como organización partidaria, el conflicto en ciernes que conmueve al peronismo tiene en las presentes circunstancias un perfil novedoso porque se está procesando sobre el telón de fondo de un proyecto ambicioso, la construcción del posperonismo. En 2005 Néstor Kirchner declaró públicamente, que a su juicio, el ciclo histórico del peronismo tal como lo concebíamos, se había agotado. Ese veredicto recogía su inspiración del cuestionamiento de la izquierda peronista de corte setentista a “las formas tradicionales de hacer política” encarnadas en los caciques territoriales y sindicales. La cruzada regeneracionista de Néstor Kirchner, que alumbró la operación de la “transversalidad” y suscitó grandes expectativas entre los sobrevivientes del FREPASO, tropezó con un escollo fenomenal: no se puede gobernar y transformar al mismo tiempo la herramienta política de gobierno, como es el partido gobernante, de manual. De allí que a poco de andar fuera sustituida por una salida típicamente peronista, una salida pragmática: la tregua con los apoyos partidarios alojados en los gobiernos provinciales, en el Congreso y en las estructuras sindicales.-
    La tarea primaria de cualquier análisis histórico es ser sensible a los hechos y evitar la trampa de la historia positiva, para la cual el pasado es apenas el prólogo a la realización del presente. La segunda tarea, no menos importante, es la de instalarse en la coyuntura para ir identificando en la percepción de los actores, en sus creencias, en sus decisiones, en las consecuencias inesperadas de sus actos, cómo se va gestando la secuencia que conducirá, por obra de la política, al desenlace final.-
    El peronismo, como movimiento, está asociado a un fenómeno singular, el del sobredimensionamiento del lugar político ocupado por el movimiento obrero organizado. El uso de la palabra sobredimensionamiento tiene como fin, poner de relieve esa singularidad: no basta afirmar que el lugar político de los trabajadores organizados es importante en el peronismo. Importante lo es en las sociedades industriales maduras, pero la Argentina de los últimos años es un país que intenta desarrollar un entramado industrial para sustituir importaciones.-
    Este es el camino recorrido por muchos analistas para identificar allí, en el mundo de la política, un proyecto, una intención. En esos casos estamos ante una tendencia muy frecuente de los análisis históricos, cual es la de razonar retrospectivamente, desde las consecuencias generadas por una coyuntura hacia atrás, hacia la caracterización de la coyuntura misma: como si dichas consecuencias fueran todas el producto de un proyecto, de una intención de los actores y no, como sucede a menudo, el producto de los efectos no queridos, o no buscados, de sus acciones.-
    La crisis terminal de 2001, política, económica y social no puede no afectar el liderazgo de las viejas estructuras sindicales y políticas, las cuales deben revalidar sus títulos ante un pueblo más amplio, más heterogéneo y más demandante.-
    Luego de la rotunda victoria de 2011, el proyecto original ha retornado con fuerza, como lo muestra la búsqueda por parte de Cristina de respaldos menos dependientes de la máquina política “el pejotismo”: los caciques territoriales y sindicales. Rodeada por los movimientos sociales, los jóvenes de La Cámpora (ampliada a Unidos y Organizados), de la izquierda peronista y no peronista (la progresía), los organismos de derechos humanos, Cristina está apretando el acelerador tras la continuidad de su gestión. En su marcha, a paso redoblado, está haciendo surgir a la luz enormes grietas dentro del movimiento. Para las jerarquías tradicionales del peronismo el encumbramiento de un/a sucesor/a, sólo promete dos años más de asedio a los “territorios” y, con ellos, la perspectiva que sus caciques sean marginados de la vida política. Éste es el escenario en que se está reponiendo la dialéctica oficialismo-oposición dentro del movimiento, recubierta ahora por los pliegues de la pugna entre peronismo y posperonismo. Es posible que un observador externo a esa pugna encuentre difícil explicar la aspereza de los enfrentamientos que se despliegan sin freno, por la ausencia de una oposición política con vocación de poder. Quienes están involucrados en las luchas internas no padecen esta miopía, tan propia del sentido común no peronista, porque saben que disputan por el trofeo mayor: la hegemonía sobre el principal partido nacional y, en ese carácter, un recurso estratégico para definir el derrotero del futuro político de la Argentina.-
    Cualquiera sea la interpretación, es preciso admitir que, de todos modos, permanece inamovible el punto inicial, el del liderazgo de los viejos caciques territoriales y sindicales. En el marco de la recomposición del trabajo (marcada caída de la tasa de desocupación) que opera durante los años kirchneristas, la vieja guardia sindical tiene dificultades para revalidar sus títulos y devenir el agente político capaz de articular y expresar los conflictos y demandas que animan el crecimiento de las capas populares y obreras. El Estado irrumpe en el mundo de la economía, impone la negociación colectiva (CCT), repara viejos agravios, se lanza a la intervención estatal en los recursos estratégicos (expropiación de YPF) a la redistribución de la renta, vía derechos de exportación o retenciones a las agroexportaciones que nutren de recursos al Estado, el cual repara con jubilaciones, pensiones, pensiones no contributivas, AUH y por embarazo, etc.-
    Es, pues, en el contexto de una iniciativa lanzada desde “arriba” que surge en la sociedad civil la movilización, la conflictividad, la demanda de participación, y el enfrentamiento con las estructuras de poder que protegen sus intereses. Así las cosas, la fusión de las dos vertientes de la movilización dentro del movimiento no llega a ser asegurada por los agentes directos de clase -los sindicatos- sino por la nueva elite dirigente, cuya acción de ruptura del orden dominante comanda el cambio político. Dicho cambio, puede ser insuficiente, pero jamás negado.-
    Así se observa, por un lado, un sindicalismo que es menos un movimiento de clase y más el portavoz corporativo del sector obrero asalariado, que presiona en defensa de los ingresos de sus representados -mientras intenta aumentar al mismo tiempo las ventajas relativas derivadas de su pertenencia al núcleo capitalista moderno- que reclama fondos de las obras sociales sindicales. Del otro, está la protesta callejera de los movimientos sociales poco ligados a la industria, para quienes no se trata de combatir la explotación, sino de escapar a la marginalidad social y económica. A eso debemos sumarle manifestaciones “espontáneas” de la sociedad civil, como la del 18 de abril.-

    • Julio B. dijo:

      Gracias, Guillermo. Hay varios temas, y muy bien tratados, en tu extenso comentario. Por mi parte, tomando solo uno de los temas, no estoy tan seguro de que la explicación de la habilidad del peronismo de desdoblarse en gobierno y oposición al mismo tiempo, se agote en la “esencia” del peronismo y su organización interna. En la década K, la existencia de un peronismo “disidente” en varias provincias coincidió con la oportunidad brindada por una oposición débil o inexistente, que le dejó una vía libre a las minorías partidarias del PJ para participar en las elecciones. También, hay aspectos ideológicos que no hay que subestimar. Durante buena parte de la década menemista, una oposición organizada no dejó lygar a ese juego. Hay un artículo de Facundo Galván en POSTData sobre el tema. Saludos!!

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