Stroessner y Chávez en el Mercosur

Gobernarán en Paraguay y Venezuela partidos fundados por militares pero que se legitimaron ganando elecciones. Igual que en la Argentina.

Un fantasma recorre América del Sur: el de los próceres reencarnados. Personificados en un pajarico y en un millonario que niega estar involucrado en lavado de dinero y narcotráfico, los espíritus de muertos gloriosos ganaron las últimas elecciones regionales. En Venezuela, los seguidores del comandante Chávez derrotaron por más del 1% a la oposición. En Paraguay, el partido de los generales Caballero y Stroessner le sacó casi el 10% a su seguidor inmediato. El candidato del destituido Fernando Lugo, por su parte, superó con comodidad el 3%. Los resultados consolidan escenarios bipartidistas en ambos países: mientras un partido gana y gobierna sólo, el otro se mantiene expectante.

Por dentro, sin embargo, se cuecen fragmentaciones y ajustes de cuentas. El 20 de abril, durante la asunción de Nicolás Maduro, Cristina tuiteó desde Caracas: “Se divisa el Palacio de Miraflores. Me cuenta el jefe de la guarnición que Hugo siempre lo miraba desde su despacho. Allí planificó la insurrección contra Andrés (sic) Pérez”. Carlos Andrés Pérez era el presidente constitucional de Venezuela cuando Chávez se insurreccionó, una costumbre regional que había caído en desuso desde el encarcelamiento de Rico y Seineldín. El twitter presidencial volvió a la carga el 21 de abril para felicitar a Horacio Cartes, el presidente electo del Paraguay. “Lo esperamos en el Mercosur”, saludó Cristina. “Democracia y Mercosur: La mejor fórmula”, agregó después.

En un giro paradójico, los gobiernos progresistas de la región habían suspendido al Paraguay cuando lo gobernaba el Partido Liberal, que combatió la dictadura de Stroessner, y lo readmiten cuando vuelve al poder el Partido Colorado, que la protagonizó. El argumento es que los liberales le hicieron un golpe de estado al progresista Lugo.

Pero un día después del tuit argentino, Cartes defendió públicamente el juicio político al fecundo sacerdote. Declaró que el Congreso había obrado de acuerdo con la Constitución y que el gobierno liberal de Federico Franco era una continuación de la administración luguista. La contradicción entre este cincuentón, que debutó electoralmente el domingo pasado, y la Presidenta argentina, que ostenta pergaminos en la lucha antidictatorial, es sólo aparente.

Las paradojas también se lucen en Venezuela. No caben dudas de que el chavismo cambió la política: el poder se transfirió de una mitad de la sociedad, la cosmopolita burguesa, a la otra, la nacional y popular. Pero ¿cambió la base económica y la sustentabilidad del régimen venezolano? Hoy, la estructura productiva es más extractivista y petróleodependiente que nunca: 12% del PBI, 45% del presupuesto estatal y 95% de las exportaciones dependen del oro negro. Llenar el tanque de nafta cuesta entre medio dólar y un dólar –o unos pocos gramos en la jerga de Puerto Madero–. La inflación anual supera el 20%, lo cual no conmueve a nadie en el país de el estadista pero es inconcebible en uno normal. La pobreza nunca bajó del 30% según datos oficiales, pese a la década de ganancias extraordinarias que el precio récord del petróleo alimentó. El país importa dos tercios de los alimentos que consume, lo que le generó una creciente dependencia de Brasil –y por eso se entiende que hasta los empresarios paulistas hayan defendido su ingreso al Mercosur–.

La consecuencia del derroche y la desinversión se expresa en el deterioro del tejido social: a pesar de los bajos índices de desempleo, la criminalidad se disparó y hoy la tasa de homicidios es muy superior a la colombiana. Caracas, triste récord, está entre las diez ciudades latinoamericanas con más asesinatos per capita. La sorprendente pérdida de votos del oficialismo no se debió sólo al insípido candidato presidencial. Un diplomático venezolano sintetizó el resultado como “una victoria electoral para el gobierno y una victoria política para la oposición”. A continuación, se refirió elogiosamente el legado del chavismo. Y cuando su interlocutor le concedió la inclusión social, él agregó: “No solamente, me refiero a innovaciones institucionales como la revocatoria de mandato”. El mensaje fue dado. Oposición, no hay que desesperar: Nicolás Maduro no necesita durar seis años. Y es la misma Constitución bolivariana la que puede acortar su mandato y llevar a los escuálidos al poder. Paradojas de las revoluciones escatológicas.

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