Triple o nada

La Presidenta diseña su estrategia pensando en un segundo mandato sin posibilidad de reelección inmediata

La estrategia del vértice gubernamental hacia la dirigencia peronista parece enfocada hoy menos en la ingeniería para la próxima elección que en la dinámica política del próximo gobierno. El objetivo de esa estrategia sería evitar, en la mayor medida posible, el síndrome del pato rengo – el debilitamiento de un presidente de segundo mandato sin reelección inmediata posible–.

Los instrumentos para concretar ese objetivo serían la escenificación de una victoria
electoral solitaria y la propuesta de reforma constitucional para habilitar una segunda reelección inmediata. Los supuestos de cumplimiento necesario para la eficacia de esos instrumentos serían la continuidad de la dispersión opositora, el control sobre la macroeconomía, y la tolerancia de la opinión pública no identificada con el oficialismo.

Y son precisamente estos supuestos los eslabones débiles de la estrategia. Evitar el síndrome del pato rengo es un imperativo para cualquier presidente de segundo
mandato sin reelección inmediata posible. Una vez reelecto, ese líder no tiene poder para prometer creíblemente a sus seguidores la continuidad de los beneficios hasta entonces derivados de su liderazgo.

El impedimento institucional para su permanencia en el poder mina la credibilidad de cualquier oferta de beneficios –ya que el líder no estará ahí para honrarla – y
abre la competencia por la sucesión. El líder sólo tiene, entonces, dos estrategias a su disposición: administrar lo mejor posible de modo tal de conservar poder suficiente como para elegir a su propio sucesor, o apostar a una modificación de las reglas constitucionales que habilite su reelección inmediata.

Las apuestas

Estas estrategias son, ciertamente, combinables: si la administración es exitosa, el líder conservará poder como para apostar a un cambio de reglas. Pero esa combinación requiere mantener el control sobre los instrumentos y las áreas de política pública donde se juega el capital político del líder. El problema es que ese control no depende únicamente de la voluntad de los gobernantes sino también
de factores exógenos, ajenos al arbitrio presidencial.

La Argentina de la actual etapa democrática ya ha experimentado dos veces esta combinación de continuidad de políticas y apuesta a la continuidad de los líderes. La primera vez ocurrió durante el segundo mandato de Menem, cuando el entonces líder del peronismo se dedicó a incrementar el gasto y el endeudamiento públicos de manera inconsistente con el régimen de convertibilidad e insostenible para su
supervivencia, mientras simultáneamente apostaba a conseguir habilitación judicial para competir por segunda vez por su reelección.

La segunda vez ha venido ocurriendo durante el actual mandato, en el cual se ha intentado combinar la continuidad de políticas fiscales y monetarias fuertemente expansivas e inflacionarias con la alternancia en el gobierno de una pareja
de líderes. En ambos casos la estrategia resultó exitosa en el corto plazo y dañina en el mediano y largo plazos. Exitosa, porque el componente institucional de la estrategia permitió a los líderes conservar poder de conducción sobre el peronismo en la etapa de mayor debilidad. Dañina, porque el componente económico de la estrategia introdujo o consolidó desequilibrios cuya corrección – traspasada en el primer caso a un gobierno de otro partido – resultó extremadamente costosa para el país.

La muerte de Néstor Kirchner despojó al vértice gubernamental del recurso humano necesario para eludir el síndrome del pato rengo y dejó a su esposa ante el dilema enfrentado por Menem en 1995: criar un sucesor o cambiar las reglas para eludir el problema de la sucesión. La opción de la Presidenta parece ser, hoy, la de Menem: apostarlo todo a la continuidad. El primer paso en esa estrategia sería el fortalecimiento de su poder personal.

A ello apunta el desdoblamiento de varias elecciones provinciales: al desvincular los triunfos o derrotas de los candidatos oficialistas en las gobernaciones, se asegura la propiedad exclusiva de la eventual victoria presidencial. El segundo paso sería la continuidad de la línea económica – la cual se apuesta aseguraría recursos como
para continuar disciplinando a la dirigencia peronista y ampliar el contingente parlamentario oficialista en la siguiente elección legislativa–.

El tercer paso de la estrategia sería la promoción de una reforma constitucional, la
cual podría instrumentarse a través de negociaciones en el Congreso si el oficialismo recuperara mayoría en las cámaras, o en su defecto por medio de la amenaza, sino de la concreción, de un plebiscito al respecto, tal como Menem lo hizo tras su victoria electoral en 1993.

Tal como a Menem, la estrategia permitiría a Fernández de Kirchner mantener el liderazgo sobre el peronismo sea imponiendo la elección de su sucesor o impidiendo el ascenso de un aspirante poco confiable. La debilidad de esta estrategia reside en
que su eficacia depende de la estabilidad de variables ajenas, en mayor o menor medida, al control de los gobernantes. La continuidad de la línea macroeconómica no depende sólo de la flotación administrada, los controles de cambios y la administración del comercio exterior, sino también de los precios internacionales de las exportaciones argentinas, del costo del financiamiento a las empresas y de la fuga de capitales.

Y el Gobierno Argentino no controla los mercados internacionales, no ha nacionalizado
la banca y no puede evitar la fuga de divisas sin incrementar los controles a un punto tal que aceleraría la presión cambiaria y las expectativas inflacionarias. La continuidad de la dispersión opositora no depende sólo de la habilidad oficial para generar
iniciativas atractivas para facciones relevantes de los demás partidos, sino también de
los procesos de renovación dirigencial de esas fuerzas políticas.

Y el Gobierno no controla la vida interna de todos los partidos, no se ha mostrado
capaz de liquidarlos en el pico de su poder y no tiene recursos simbólicos para generar
ni sostener de manera orgánica la adhesión de la mayoría de la ciudadanía. La continuidad de la tolerancia de la opinión pública a estas estrategias gubernamentales
no depende sólo de la continuidad económica, de la persistencia de la propaganda oficial y del incremento de la presencia estatal en la esfera pública, sino también de la evolución de las preferencias individuales y sociales y de la influencia que sobre esa evolución puedan ejercer otros líderes políticos, intelectuales o medios de comunicación.

Y el gobierno, como se ha argumentado, no controla por completo la economía,
no conduce la vida interna de los demás partidos políticos, y no es capaz – en esta era de comunicaciones infinitas – de modelar la esfera pública y las conciencias a su imagen y semejanza. Sería, pues, exagerado temer que el peronismo kirchnerista pueda conseguir lo que el peronismo menemista no logró: reformar el régimen
político para eliminar el problema de la sucesión y asegurar la continuidad por tiempo indeterminad  del vértice gubernamental.

Más razonable sería temer que lo intente, y que, como el menemismo, le haga pagar al resto de los argentinos los costos de su éxito de corto plazo y de su eventual fracaso en el largo plazo.

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