El sistema, en su apogeo

Cristina Fernández de Kirchner parece advertir el inevitable final de su ciclo de liderazgo. Rerelección, imagen y sucesión.

Si algo vienen enseñando los estudios acerca de los liderazgos emergentes en los nuevos populismos es la importancia de una idea central: el ascenso, apogeo, declinación y eclipse de los nuevos liderazgos que pueblan la escena internacional del populismo democrático obedece más a razones generales y estructurales de los sistemas democráticos que a motivaciones específicas, coyunturales y propias de la política de cada país.

Subyugados por el espectáculo vertiginoso de las nuevas democracias, muchos analistas parecen creer que liderazgos como los de Lula, Chávez o Kirchner responden a factores únicos e irrepetibles de la historia de cada país. Enfatizan, así, los rasgos de ruptura con las tradiciones republicanas, la generación de nuevas formas de consenso delegativo y su impacto sobre las estructuras y la dinámica social de cada país. Sin negar la evidencia de los particularismos, las evidencias empíricas subrayan la importancia de ciertos rasgos de índole más estructural, presentes en la evolución de los populismos de nuevo cuño.

Más allá de aspectos anecdóticos, cultivados y amplificados por los “relatos” construidos en apoyo de los liderazgos que hoy protagonizan el escenario colorido de los “nuevos príncipes democráticos”, conviene prestar atención a algunos detalles de fondo que parecen estar presentes por sobre la diversidad propia de cada caso. Lo sepan o no, los nuevos líderes reproducen, cada cual a su manera, condiciones generales a los sistemas políticos actuales, incluidos los más consolidados desde el punto de vista de la calidad institucional.

Entre estos rasgos estructurales, presentes en una inmensa mayoría de las democracias actuales, cualquiera sea su rango y densidad, cabría mencionar, por ejemplo, la función de los medios de comunicación y de las encuestas, la volatilización de los partidos políticos y su sustitución violenta por líderes manufacturados por las técnicas actuales de información, el papel de la comunicación en la construcción de las identidades políticas y el efecto trágico de las crisis económicas en las perspectivas futuras de la política y la vida cotidiana de millones de ciudadanos.

Con sus personalidades y singularidades, cada líder insiste tozudamente en subrayar su singularidad histórica absoluta. Reclama para sí un lugar propio, único e irrepetible en la Historia de su país. Sin embargo, desde el llano, la percepción del ciudadano de a pie suele ser bastante diferente. Más que sus rasgos particulares, la ciudadanía parecería estar más interesada en las comparaciones con otros líderes del pasado y del presente. Busca semejanzas y diferencias, explora continuidades, trata de identificar lógicas explicativas y compara con interés la posible emergencia de liderazgos alternativos.

En el caso de América Latina, la ya larga serie de presidentes exitosos con que se ha beneficiado la región en las últimas décadas es una prueba de la presencia de un nuevo tipo de líderes, capaces a un mismo tiempo de superar las limitaciones de su propia autoimagen y de administrar las dificultades propias de esa imagen ambivalente que proyectan hacia la sociedad. Los nuevos liderazgos aparecen, por una parte, como líderes refundacionales, capaces de inaugurar un nuevo tiempo, absoluto y distinto. Sin embargo, por otra parte, proyectan la capacidad de actuar como lectores y observadores atentos de la independencia de criterio creciente entre sus gobernados. Operan, incluso, como instructores de la propia sociedad, explicando la necesidad de creer, acompañar y comprometerse con el “modelo” y, al mismo tiempo, de mantener una mirada objetiva, escéptica y políticamente distante como la que precisamente ejercen sus gobernados.

Casos como los de Frei, Lagos, Bachelet en Chile; los Kirchner en la Argentina; Cardoso y Lula en Brasil; Vázquez y Mujica en Uruguay o Uribe en Colombia suministran ejemplos acabados de esta doble condición. Su mensaje cotidiano cultiva esa doble perspectiva: la profecía y el análisis, por momentos cuasi académico. Esto explica que al tope de la lista de enemigos que se construyen figuren, en casi todos los casos, los medios gráficos o televisivos que operan como referencia dominante en cada país. Los conflictos despiadados entre Cristina Fernández con los grandes diarios porteños son exactamente los mismos de la mayor parte de los líderes políticos contemporáneos.

Lo que caracteriza a los presidentes exitosos de América Latina recién mencionados es que la mayor parte de ellos fueron en su momento capaces de percibir, en el apogeo del sistema que representaban y animaban, las señales de alerta temprana y los signos indicadores del fin de ciclo. Todos supieron encontrar el camino a seguir en el complejo sendero de descenso hacia la declinación lógica, necesaria y final y todos pudieron intervenir de modo decisivo aunque no determinante en la elección de sus sucesores.

EL CICLO DE CRISTINA

Cristina Kirchner se encuentra precisamente en ese momento clave. El sistema que supo consolidar parece haber alcanzado, en el momento de su hegemonía política, ese punto crítico a partir del cual comienza a derrumbarse su hegemonía social. La gran cantidad de puntos perdidos en el segundo semestre del 2012 en los indicadores de apoyo político y evaluación de desempeño fueron tal vez la señal decisiva. A partir de ese momento, la reacción presidencial ha sido notable. En poco más de un mes, parece haber revertido una parte de ese retroceso.

Una eficaz cadena de iniciativas ha prestado una atención superlativa prestada al flanco internacional. Es natural, puesto que la política internacional ha sido el mas contundente factor de crecimiento social –por encima incluso de la política de derechos humanos- en los momentos difíciles, aunque en los últimos tiempos se registren episodios ambivalentes, tales como el embargo de la fragata Libertad, los reveses judiciales en Nueva York o el acuerdo con Irán. Paralelamente, el freno a la política de confrontación con la Justicia e iniciativas de seguro impacto popular, como las referidas a piso de jubilaciones ordinarias y reforma en Ganancias para la cuarta categoría, agregan condimentos importantes a un cuadro en el que brilla un dato de carácter precisamente “estructural”.

La recuperación de indicadores de apoyo de la Presidenta coincide precisamente con el peor momento para el proyecto de reelección. Siete de cada diez argentinos estima hoy que ese proyecto carece de sentido y ejerce una función desestabilizadora. Es de esperar que, tal como ocurrió con la mayor parte de los presidentes latinoamericanos de los últimos años, el abandono de sus proyectos de cambiar el sistema institucional para habilitar una reelección se vea acompañado por la revalorización de un liderazgo que, por un lado, deja de implicar riesgos para la continuidad institucional y, por otro lado, revela capacidad para resolver los problemas de la sucesión. Todos los casos mencionados pudieron, desde esta popularidad in extremis, imposible ya de capitalizar personalmente, indicar e imponer a sus sucesores, ante la virtual inexistencia de alternativas opositoras.

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2 Respuestas a El sistema, en su apogeo

  1. Gonzalo dijo:

    Tengo mis reparos sobre la mejoría de los indicadores de popularidad mencionados. Tal vez el acuerdo con Irán no perjudique la imagen de CFK, pero sí puede reforzar lo que se viene consolidando desde noviembre de 2012. Lo referido a la llamada “Tragedia de Once” sí puede implicar nuevas caídas en las encuestas.
    En cuanto a los choques con la Justicia, hoy el ataque fue desde la cabeza de este órgano hacia la mandataria. Ante tal gesto de agresividad y las nuevas declaraciones de “democratizar la Justicia”, parece que vuelve al ruedo un tema que afecta negativamente al Ejecutivo.
    Este artículo es interesante pero parece impreciso. Tampoco se mencionan los indicadores concretos ni quienes hicieron los estudios.

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