La CELAC no es integración sino todo lo contrario

En América Latina, un militar jamás votado preside una asociación de democracias. En Europa se horrorizan porque tienen memoria corta y previsión nula.

“Castro, a la cabeza de Latinoamérica”, tituló El País su cobertura de la cumbre de la CELAC en Chile. El ex prestigioso diario español retrata una realidad que no existe. Por un lado, la CELAC incluye a doce países que hablan inglés y a uno de lengua oficial holandesa, y en consecuencia su latinidad es dudosa. Por el otro, Raúl Castro no encabeza nada porque la CELAC carece de personería jurídica, sede y estructura: su presidente tiene derecho a viajar y hablar como cualquier jefe de Estado, pero no puede negociar ni firmar acuerdos en nombre de los demás.

Los tituladores peninsulares buscaban resaltar una paradoja: que una asociación que dice defender la democracia designe como líder a un militar que nunca fue votado. Semejante cosa sería tan chocante como que los defensores de la libertad de prensa publicaran una foto falsa de un hombre agonizante. Tenga o no razón, El País ya no tiene credibilidad. Y la causa no es sólo ideológica sino psicológica: cuesta aceptar la decadencia, que no se limita al diario sino que se extiende al continente. El progresismo europeo sigue sin ver al camión que está a punto de arrollarlo y se deleita con la paja en el ojo ajeno.

Actualmente hay legisladores negacionistas en los parlamentos de Grecia, Hungría y Rumania, y partidos filonazis hacen cola para meter diputados en las próximas elecciones. No es necesario simpatizar con Chávez o Castro para percibir que Europa practicó guerras más carniceras y genocidios más concurridos que América Latina. Las democracias europeas son hoy de mayor calidad, pero también más frágiles. Tienen mayor calidad porque los derechos dependen de instituciones estables y no del capricho de un gobernante, pero son frágiles porque sólo se alimentaron de prosperidad.

Y es en tiempos de crisis que se comprueba la resistencia. La democracia argentina sobrevivió al colapso de 2001 sin que políticos extremistas o generales trasnochados aparecieran en el horizonte; en los próximos tiempos se verá si las democracias europeas tienen tanto aguante. Los antecedentes históricos pronostican tormenta. En cualquier caso, la CELAC no sólo engaña a los europeos: está diseñada para engañar a sus propios pueblos… y hasta a sus arquitectos.

Ellos creen que están haciendo integración, cuando diálogo sería un nombre más apropiado –y cumbritis el más sincero–. La convivencia de Raúl Castro con Sebastián Piñera y de Hugo Chávez (en espíritu) con Juan Manuel Santos demuestran que la CELAC no defiende la integración regional sino la soberanía nacional: que cada país se gobierne como mejor entienda, sin importar si sus dirigentes son de izquierda o de derecha, militares o electos.

Todos los países, claro, salvo los despreciados por sus vecinos. Paraguay, según los rigurosos cánones de la región, es menos democrático que Cuba y por eso perdió el derecho a la foto. El diseño pluralista de la CELAC admite cualquier régimen político y cualquier orientación económica. Su paraguas abarca, pero no esconde, la creciente división de América Latina en tres. La Alianza del Pacífico promueve el libre comercio y los acuerdos extrarregionales, mientras los bolivarianos defienden el proteccionismo y torpedean los acuerdos.

La Argentina, hasta hace poco equidistante, se alinea hoy con Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, apartándose de Chile, Perú, Colombia y México. El tercer grupo es Brasil, que tiene envergadura para jugar solo –y lo hace, de callado–. Históricamente, América Latina tuvo tres potencias regionales: la Argentina, Brasil y México. En los últimos tiempos, el petróleo y el carisma pusieron a Venezuela en un nivel similar, pero la ficción está por terminar. Estados Unidos, su principal socio comercial, logrará el autoabastecimiento energético en los próximos años, lo que dejará a Caracas sin recursos. Ahí al lado emerge Colombia, que por demografía y economía ya es la tercera potencia del subcontinente.

Pero si en el corto plazo Colombia toma el lugar de Venezuela, en el largo plazo ocupa el de la Argentina, cuyo eclipse se manifiesta en todos los indicadores: población, producto bruto, desarrollo energético, participación en el comercio mundial, inversiones. Por suerte, como lo demuestra Uruguay, un país no necesita ser grande para ser admirable. Pero pedir un destino uruguayo para la Argentina de hoy resulta demasiado ambicioso.

Esta entrada fue publicada en Edición 73 y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

veinte + 2 =