La ilusión populista, en su cenit

Carlos Floria supo advertir sobre las taras que caracterizan a nuestra cultura política.

Hay historiadores que cuando se van de este mundo terminan de llevarse consigo el tiempo del que fueron cronistas, pensadores e intérpretes; quienes nos ayudaron –y lo seguirán haciendo– a comprender ese capítulo de la historia que les tocó describir, relatar, analizar. Así fue el caso incomparable de Eric Hobsbawm para la historia mundial contemporánea, fallecido en octubre a los 95 años y lo es ahora con Carlos Floria, politólogo e historiador argentino que acaba de morir a los 83, uno de los principales introductores de la ciencia política contemporánea en nuestro país allá por los años ’60, junto a Natalio Botana, Guillermo O’ Donnell y Carlos Strasser entre otros, y autor de importantes trabajos sobre nuestra Historia.

Floria se lleva consigo un capítulo de la Argentina democrática, aquel que tiene su antes y después de 1983, y que acaso se esté cerrando al cabo de treinta años. Su aporte mayor al estudio y mejor comprensión de nuestro pasado fue advertir sobre la centralidad de la cultura política en la construcción institucional del país, sus conflictos políticos, el funcionamiento de sus estructuras de poder y las características de sus liderazgos. Precisamente en la existencia de una cultura política autoritaria residirían para él las razones principales del fracaso o la frustración de las distintas experiencias democráticas a partir del golpe de 1930 y durante el siguiente medio siglo.

En el epílogo a la última edición de su “Historia de los argentinos” (escrito en coautoría con César García Belsunce y reeditado por El Ateneo con motivo del Bicentenario), Floria resumía en pocas líneas la primera década del Siglo XXI en el país. El proceso político gobernado por una suerte de diarquía integrada por el matrimonio Kirchner pareció inicialmente como la recuperación oportuna de la autoridad presidencial, en crisis manifiesta desde los acontecimientos de principios de este siglo.

Pero la exasperación creciente de los comportamientos del poder, señalaba, habría de poner paulatinamente en cuestión el problema irresuelto de la autoridad. La autoridad se manifiesta como tal, en los términos clásicos expuestos por Bertrand de Jouvenel, en la medida que sea factor de confianza y garantía de “amistad social”. En el caso argentino, los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner han hecho un ejercicio constante de lo que Floria, tomando una idea de Raymond Aron, llamaba “política literaria” o, citando a Alberdi, definía como “revoluciones gráficas”: en nombre del progresismo, evocan en realidad el conservadurismo popular clásico del peronismo.

En el marco de la crisis económica y financiera internacional, las gestiones kirchneristas procuraron asegurar recursos de gobierno, de país y de partido, a costa de la decadencia del federalismo y de los recursos de control constitucional propios de un sistema democrático republicano. Como temía Rodolfo Rivarola un siglo atrás, nos asedia un régimen unitario mal administrado, en nombre de un federalismo feudal. Tal era el proceso político que describía Floria, dominado por una nueva “ilusión populista”. No había en primera instancia una intención descalificatoria sino más bien descriptiva del fenómeno, recordando la característica formal más específica de los populismos, su alta compatibilidad con no importa qué ideología política (de derecha o de izquierda, reaccionaria o progresista, conservadora, reformista o revolucionaria), con no importa qué programa económico (dirigismo estatista o decisionismo neoliberal), con bases sociales diversas y distintos tipos de regímenes.

Había, de todos modos, una toma de posición que veía en este modelo político una fiesta para la arbitrariedad, un rechazo a las mediaciones y una apelación a lo primordial. Y esto es también relevante: su condición de emergencia, explicaba Floria, es siempre una crisis de legitimidad política: “Fenómeno transitorio, aunque con pretensión de permanencia, se trata de un fenómeno político inestable que navega entre una suerte de hiperdemocratismo, de pseudodemocratismo y de antidemocratismo, camuflado por declaraciones de buenas intenciones desde un poder político al cabo caprichoso y autoritario, deformación indefinida de una sombra de democracia”. “No hemos sido capaces hasta ahora de consolidar una legitimidad democrático-pluralista como creencia colectiva”, puntualizaba. “Es decir, no descansamos en la creencia que ha alentado uno de los mejores edificios políticos consagrados en la experiencia moderna y contemporánea. Por tolerantes que seamos en nuestros propios juicios, saltamos, en rigor, de formas de convivencia política rústicas, de discutible calidad, si alguna, a otras análogas”.

El populismo no constituye por sí mismo ni teoría política ni un programa económico, pero suele convertirse en una coartada para autoritarismos disfrazados en el ejercicio del poder. Aunque se invoque o se evoque “progresista”, se sostiene como visión cultivada por ciertas élites que se atribuyen la representación de un “modelo” o “proyecto nacional”.

¿No cabrían, entonces, razones para la esperanza? Sí, respondía Floria, “siempre y cuando logremos un cierto nivel cultural político en la conversación pública, desalojando hábitos de imprecisión, de confusión y sobre todo de tribalismo, en el que el argumentador no toma distancia emocional respecto a un razonamiento y a la consideración de los méritos del argumento mismo, en lugar de atribuirlo a una u otra tribu argumentativa”. No pudo verlo. Partió en un tiempo de diatribas, idolatrías, cinismos y representaciones de los viejos antagonismos; tan distractivas como atrapantes, tan arraigadas como efímeras e insustanciales.

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