Lo que el 8-N se llevó

(Columna de Andrés Escudero)

Una de las fortalezas de las protestas fue su carácter “ciudadano” y “antipolítico”. Pero, al mismo tiempo, fue una de sus mayores debilidades.

La movilización del 8-N resultó un fenómeno social tan rico y complejo que su análisis excede ampliamente lo que pueda de cirse dentro de los pequeños már genes de un artículo. Por ese motivo, ninguna de las reflexiones que siguen a continuación obtura la importancia de otras lecturas ni la necesidad de explorar otras aristas.

Paradójicamente, el primer argumento que quiero sostener es que el 8-N nos deja una enseñanza acerca de los límites de los medios de comunicación. En efecto, el primer gobierno de CFK realizó un notable esfuerzo por dejar al descubierto la forma en que los multimedios operan sobre los gobiernos. Ante la carencia de un espacio político opositor lo suficientemente confiable y potente como para apuntalarlo desde una posición “independiente”, el propio Grupo Clarín asumió abiertamente ese rol.

Como la disputa política tiene lugar (también) en el terreno de la comunicación, tanto en el ámbito público como en el privado, el bloque oficialista fomentó el surgimiento de canales, programas y espacios culturales que narran la política de una manera alternativa. Las noticias ya no tienen una sola mirada, y aun a pesar de la férrea resistencia a la plena aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, el sistema de medios en la Argentina es hoy mucho más plural de lo que era hace algunos años. Conclusión: del sesgo informativo no se entera el que no quiere.

Así, a diferencia de lo que han argumentado algunos dirigentes del oficialismo, no creo que el 8-N haya consistido en una masa protestona cuya percepción de la política está construida (distorsionada) por los multimedios. Se trató, sin vueltas ni reveses, de una marcha opositora. Los protagonistas del 8-N no están –mayoritariamente– ni confundidos ni manipulados. Sencillamente, están en contra. Como demostró 6, 7, 8, varios manifestantes recitaron de memoria el discurso de Clarín. Pero ello no se debe a que Clarín los manipula. Se debe a que Clarín los representa.

Pierre Bourdieu explicó mejor que nadie la lógica comercial que subyace en la comunicación. Los multimedios no escriben ni hablan para el conjunto de la sociedad (en su propio lenguaje, para la “gente”) sino para el sujeto social que consume sus productos culturales. Y ese sujeto, a su vez, demanda consciente o inconscientemente que ese medio refleje su ideología y sus valores. Esto explica el motivo por el cual la protesta del 8-N no fue ni tan federal ni tan policlasista como lo es la omnipresente cobertura del Grupo. Llegan a todos. Pero hablan sólo para algunos.

Sostengo que el 8-N debe entenderse como un eslabón más –quizás el más impactante– en el proceso de consolidación de un bloque opositor, cuyo articulador efectivamente son los medios de comunicación, pero cuya base hay que buscarla en clivajes socio-políticos que exceden la capacidad de operación de un multimedios. La segunda reflexión es que la fortaleza del 8-N es al mismo tiempo su debilidad. La expresión de rechazo al Gobierno Nacional asumió un formato antipolítico que recuerda a la crisis de representación de 2001/2002. El primer mandato de Néstor Kirchner acortó la brecha entre representantes y representados con una mezcla de frescura comunicacional y crecimiento económico.

Sin embargo, el famoso “estilo K” y la forma en que el Gobierno hizo frente a los desafíos económicos también ayudaron a cristalizar una divisoria de aguas. El señalamiento claro y conciso, sin mucho preámbulo, de los enemigos del programa kirchnerista, así como el avance a paso firme hacia la conquista de nuevos derechos, ayudaron a consolidar un piso de adhesión que desborda las coyunturas económicas y que cuenta con la solidez propia de las adscripciones ideológicas. La recuperación de YPF, el matrimonio igualitario, la AUH, el voto a los 16, la ley de medios, la recuperación de los fondos de las AFJP y la inclusión jubilatoria, constituyen sólo algunos ejemplos de esta forma de acción política.

En sentido contrario, el estilo K también consolidó un núcleo opositor, el cual, luego de mascullar bronca algunos años, tuvo su día de gloria el pasado 8 de noviembre. La diferencia con el bloque oficialista estriba en que los motivos del rechazo son tan heterogéneos que sólo la neurosis antipopulista y una redefinición antipolítica de la categoría de “ciudadano” los pudieron agrupar. La mejor muestra de que el aglutinante de esa proverbial heterogeneidad es el rechazo –ya no sólo al Gobierno– sino también a la política qua actividad, fue que los militantes de partidos políticos opositores que participaron del 8- N debieron cuidarse celosamente de no expresar sus ideas, justamente, para no “manchar” una expresión genuinamente ciudadana. Las ideas se callan cuando son inconfesables. O también cuando son buenas, pero el interlocutor carece del más mínimo interés por escucharlas.

Así, el vacío que deja la ausencia de organización política fue llenado por una redefinición de la “verdadera ciudadanía” como ausencia de compromiso político. La antipoliticidad les permitió concitar la adhesión de más de medio millón de personas. Sin embargo, es a la vez lo que les impide convertirse en una alternativa viable al Gobierno que repudian. Si se politizaran, perderían la savia que los irriga. Aunque los héroes del 8-N saliesen a blandir su cacerola libertaria una vez por semana, no dejarían de ser un gigante con pies de barro. La impotencia política hecha multitud. Una multitud que espera que la turbia tarea de la construcción política la hagan otros. De esta manera, cuando se abra el mercado electoral, podrán elegir un candidato al que perciban fuerte antes que transparente, porque a fin de cuentas, para algunos segmentos, lo único más importante que terminar con la corrupción, es terminar con el Gobierno.

No deberíamos olvidar nunca la enseñanza de 2011: en la zona norte de la CABA, prolífica cantera de timbales, Eduardo “el fuerte” Duhalde se impuso en la primaria, mientras que Hermes “el transparente” Binner, logró una buena performance recién en la elección general. Mientras hubo esperanza de ganarle a CFK, al menos el 20% de la ribera norte valoró más los aparatos que los hospitales.

La impotencia es un veneno que corroe a la democracia. Las cacerolas no entran en las urnas. Sería saludable, por lo tanto, que los protagonistas del 8-N buscaran un digno representante cuyo programa (entendido no sólo como teoría, sino también como praxis) se articule en base a la transparencia de los actos de gobierno, el federalismo fiscal y el respeto a la división de poderes. Es la única manera de fortalecer ese complejo institucional que transformaron en bandera.

La democracia argentina puede ser acusada de arrastrar cientos de problemas. Pero la carencia de ofertas no forma parte de esa lista. La ciudadanía tiene buenas opciones para elegir. Incluso fuera de amplio universo radical/ peronista, pueden optar entre el liberalismo porteño y la socialdemocracia santafesina. Si ganan, entonces habrán impuesto su programa. Y si pierden dignamente, habrán logrado limitar al Gobierno y en convertir sus pancartas en temas de agenda. Dicha tarea demanda hacer política.

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on linkedin
Share on email
0 Comentarios
Inline Feedbacks
Ver todos los comentarios

Última Edición