A un año de la reelección

El excedente de popularidad poselectoral se perdió y hoy el Gobierno sólo cuenta con el apoyo de su base electoral.

Se cumplen doce meses de la reelección, y Cristina Kirchner enfrenta hoy un nuevo panorama político. Venía, recordemos, de una coyuntura irrepetible. Había ganado las elecciones con el porcentaje de votos más alto desde el triunfo de Perón en 1973, y con una diferencia sobre el segundo que no registraba antecedentes. Para no mencionar la mayoría absoluta en ambas cámaras, el respaldo político de cuatro de cada cinco gobernadores, y que la sociedad argentina le había confiado, por primera vez en su historia, un tercer mandato democrático consecutivo a un mismo proyecto político.

Como consecuencia del “efecto ganador”, para noviembre y diciembre de 2011 sus índices de popularidad se habían elevado entre 15 y 20 puntos por encima del resultado electoral de octubre. Comenzaba un período presidencial sin Néstor Kirchner a su lado, y consolidando un estilo propio indiscutible. El momento de Cristina Kirchner no reconocía techo. No obstante, con el paso de los meses, las condiciones iniciales excepcionales de su segundo mandato se diluyen y son reemplazadas por los límites de una agenda política más normal, en la que el dato insoslayable del 54% se conjuga con la acción de la oposición, los problemas estructurales, los poderes fácticos, el desempeño de la gestión y las incertidumbres de la contingencia.

Asume, en diciembre de 2011, reconociendo que los fundamentales de la macro ya no eran tan favorables, porque la desaceleración del crecimiento argentino y regional era inconsistente con las políticas de empuje de la demanda agregada, expansión del gasto y desendeudamiento que caracterizan a la economía kirchnerista. El Gobierno se niega a abandonar el “modelo” y propone algunas medidas de “sintonía fina”. Pero una parte considerable de la población vivió a la sintonía fina como munición gruesa: quita de subsidios a los servicios públicos, restricciones a la compra de dólares, control de las importaciones, más presión de la AFIP y expropiación de YPF. Estaba desacostumbrada: había conocido el ajuste ortodoxo, el endeudamiento, la devaluación y la expansión heterodoxa, pero nunca había visto cómo ajustan las clavijas los heterodoxos. Ahora ya lo vieron: raspan las ollas, retocan arriba, cuidan los flujos de abajo y muy rara vez reconocen lo que están haciendo.

El excedente de popularidad se perdió y hoy el Gobierno cuenta con el apoyo de su base electoral (51%, según Mora y Araujo), mientras que los que no lo habían votado, y en especial los sectores más afectados por las medidas, están aún más disconformes que antes.

Mientras tanto, la relación con los grandes medios de comunicación se deterioró aún más, si eso fuera posible, en este primer año del segundo gobierno cristinista. Como no se sabe, a partir del 10 de diciembre de 2012 –de acuerdo a la interpretación que hace el Gobierno Nacional, que el Grupo Clarín no comparte– comenzará a aplicarse la cláusula de desinversión de la Ley de Medios. Clarín debería desprenderse de alrededor de 80% de sus licencias en todo el país, pero se resiste a hacerlo y sostiene que la ley es inconstitucional. El caso supera su dimensión específica, por la propia acción de los actores: el kirchnerismo plantea al “7-D” como una batalla política central, al igual que lo hacen Clarín y la oposición antikirchnerista, de forma tal que la implementación de la ley amenaza con convertirse en “una nueva 125”, de consecuencias imprevisibles.

Por otra parte, la relación entre el Gobierno Nacional y los sindicatos ya no es tan buena como en una primera etapa. Si bien los sindicatos más numerosos revisten en la llamada “CGT Alsina”, que conduce Antonio Caló y es la más cercana al Gobierno, tras la división de la CTA y la escisión de la CGT “Moyano”, que se suma a la “Celeste y Blanco” que lidera Luis Barrionuevo, hoy hay cinco centrales sindicales en la Argentina, lo que a futuro puede modificar la dinámica de las negociaciones, ya que se debilitó la institución informal de la “coordinación de la pauta salarial”, que orientaba la CGT unificada en la primera etapa K. Esto deja planteada la posibilidad de un aumento de los conflictos laborales y, hacia 2013, una pregunta abierta sobre el formato que tendrán los partidos políticos y las alianzas electorales.

La coalición peronista-kirchnerista viene experimentando tensiones desde su inicio, hace diez años, con la recurrente formación de “peronismos disidentes” que ocasionalmente pueden debilitar su caudal electoral. La Presidenta lanzó el movimiento Unidos y Organizados para la sustentación del kirchnerismo, pero con el despliegue de antiguos oficialistas ya convertidos en opositores, como Moyano y De la Sota, y la ambigua relación con algunos gobernadores, ¿cuán unificado estará el oficialismo en el próximo año electoral?

La oposición partidaria y social mira de cerca ese proceso y realiza sus propios movimientos. El PRO y el Frente Amplio Progresista, que buscan capturar a dirigentes y votantes provenientes del peronismo disidente y el radicalismo, mientras la UCR se dirime entre la oferta partidaria y la alianza con las dos fuerzas antes mencionadas. En octubre de 2013 –aún resta ver cómo se aplicará la ley de Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias– tendrán lugar las elecciones parciales de senadores y diputados nacionales, así como legislativas provinciales en varias provincias y de gobernador en Corrientes.

Es poco probable que el oficialismo pierda sus mayorías en ambas cámaras, ya que renueva sólo un tercio de su bancada en Diputados. Aún con un resultado mediocre, el Frente para la Victoria podría incrementar su representación en la Cámara Baja. En el Senado no la tiene tan fácil. Pero lo que está en juego va más allá de las bancas: la disputa es por los votos y lo que ellos significarán en la sucesión de Cristina Kirchner. Un triunfo rotundo implicará un mayor control, por parte de la Presidenta, de su propia sucesión. Contrariamente, un triunfo ajustado o una derrota electoral fortalecerían las aspiraciones de otros dirigentes del justicialismo.

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