El gobierno es demasiado chico para los dos

¿Scioli o Cristina? Parece cada vez más incompatible que ambos acaben su mandato: uno tendrá que ceder.

En Estados Unidos, el “síndrome del pato rengo” ataca a los presidentes no reelegibles du rante sus dos últimos años de mandato. En la Argentina, en los últimos cuatro. El “cálculo retroactivo” de los actores políticos los lleva a anticipar un futuro sin el actual gobernante, y entonces se preparan hoy para sobrevivirlo mañana. Pero no se sobrevive en soledad sino bajo un nuevo jefe. En la Argentina, la lucha de Cristina para que el poder no se le escabulla entre los dedos comenzó el 10 de diciembre de 2011 y se ejecuta en dos andariveles.

El primero, más o menos sutil, consiste en tornar creíble la expectativa de reforma constitucional y reelección presidencial. El segundo, abiertamente troglodita, requiere el degollamiento en pie de los que se instalen como sucesores. No hacen falta muchas luces para ver cómo funciona el peronismo, maestro en el arte de delegar el poder sólo en el cónyuge.

Pero Daniel Scioli debía tener conjuntivitis cuando se le ocurrió admitir que sería candidato a presidente si Cristina no lo fuera. Eso y declararse masoquista en una convención de sádicos es lo mismo. La reacción del Gobierno fue inmediata. Se puede aceptar el derrumbe de la economía y hasta acelerarlo a golpes de Moreno, porque la macro nunca fue una especialidad del peronismo. Pero derrumbe de la política, eso no: el último los sorprendió hace cuarenta años y desde entonces aprendieron.

“No se confundan, éstos no son radicales”, perogrullaba días atrás un ex asesor de De la Rúa. Recordaba una anécdota de mediados de 2001, cuando Cavallo volvió al gobierno y decretó el “déficit cero”. En el Ministerio de Justicia, donde 2.800 contratados cobraban jugosos salarios por vía de organismos paralelos, ese asesor le preguntó al administrador del presupuesto si no había llegado el momento de poner en la calle a los cientos de menemistas designados por Granillo Ocampo que hacía dos años no pisaban el Ministerio. La respuesta retumba todavía en sus oídos: “No podemos hacer eso. Esta gente tiene familia, y nosotros somos radicales”.

La compasión, en cambio, no figura en el código genético del gobierno actual, que para disciplinar gobernadores retobados deja a miles sin cobrar el aguinaldo a tiempo. Al principio, la estrategia de ahogamiento de Buenos Aires pareció contraproducente para el oficialismo nacional. Sin recursos para pagar sueldos y con el prestigio abollado por el mortero presidencial, Scioli sería incapaz de detener un estallido social que incendiara la provincia.

Y, dado que la General Paz está lejos de ser un cordón ignífugo, ¿qué podía hacer Cristina para que las llamas no la alcanzasen? La respuesta llegó enseguida: mientras Mariotto en la vicegobernación y sus adláteres en la Legislatura presionaban el puñal en los omóplatos del gobernador, la Casa Rosada desembolsaba fondos y mantas de amianto en los municipios que circundan la Capital. Hoy, el incendio parece controlado y su poder destructor se concentrará en La Plata y algunas ciudades del interior donde el campo molesta o los intendentes perdieron el favor oficial.

El objetivo es incinerar al presidenciable y a sus amigos pero rodeándolos de cortafuegos, para que sirva de escarmiento sin dañar la gobernabilidad nacional. El problema de Cristina, sin embargo, permanece. A medida que se acerca 2015, la estrategia de rociar sucesores con nafta perderá capacidad disuasoria porque todos saben que alguno, al final, tendrá que ser candidato. Por lo tanto, la necesidad de resucitar la reforma constitucional aumentará. Y para lograrla son necesarios dos elementos: ganar las legislativas de 2013 y alquilar una cantidad importante de opositores.

Pero alinear al peronismo para ganar y reclutar opositores para reformar exige la eliminación temprana de alternativas creíbles. Scioli ya no puede jugar a las escondidas porque su sola existencia implica un riesgo para el poder: a partir de ahora es mata o muere. Por eso, es improbable que la Presidenta y el gobernador terminen ambos sus mandatos: uno de los dos está de más. Y el antecedente bonaerense de Domingo Mercante, el corazón de Perón, no augura un final feliz para su sucesor.

(De la edición impresa)

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