Inserción versus aislamiento

La Argentina no está aislada porque no sigue casi ninguna de las políticas aislacionistas que adoptan los países que están a la defensiva de la globalización.

Que la Argentina está “cada vez más aislada del mundo” es una de las frases que más se repiten a la hora de criticar a la administración kirchnerista. En una editorial recientemente publicada en un importante diario, se atribuye este status tanto a las medidas comerciales tomadas por el Gobierno como al impacto de factores internos que desincentivarían el interés que, precisamente, “el mundo”, podría tener en este, nuestro país: la inflación, el funcionamiento de las instituciones, las cuentas fiscales, las restricciones cambiarias.

Este significado que se atribuye muy comúnmente al aislamiento y, por contrapartida, a la inserción, forma parte de un lenguaje idiosincrático que requiere traducción. Probablemente no haya una teoría argentina de la política y el mundo, como las que tienen otros países y culturas, desde la Grecia clásica hasta los Estados Unidos, que sí contaron, en determinados momentos de su historia, con grupos de intelectuales que formaron escuelas y tradiciones de pensamiento.

No obstante, podemos identificar algunos conceptos políticos que son característicos, sino originarios, de la argentinidad. En su mayor parte son geopolíticos, ya que están determinados por la gran distancia que nos separa de los centros planetarios. La Argentina y Chile son los países más australes del globo, con territorios casi unidos al continente antártico. Desde cualquier aeropuerto del “mundo”, el vuelo a Buenos Aires es el que más horas lleva y el que más dólares cuesta. La lejanía nos condicionó desde el nacimiento.

Una vez creadas nuestras naciones, a partir de la independencia de España, la búsqueda del reconocimiento internacional figuró entre las primeras tareas de los gobiernos patrios. Como embajadores, se enviaba a la “metrópoli” a los mejores hombres disponibles, dando cuenta de la relevancia de sus misiones. La Argentina, tierra remota, de la que los migrantes probablemente ya no retornaban, estaba definida por su aislamiento.

Allí nace una de las grandes contribuciones del Cono Sur –Argentina, Brasil, Chile y Uruguay– al pensamiento político internacional: la teoría de la inserción. Se trata de un concepto que está ausente de los textos de relaciones internacionales, escritos casi todos ellos en el Hemisferio Norte. Es que, como disciplina académica, las relaciones internacionales fueron pensadas para abordar los problemas y desafíos de países que ya “estaban en el mundo”, desde los cuales, la idea de que un país deba “insertarse en el mundo” es inconcebible. El aislamiento internacional, entendido desde París o Washington, consiste por lo general en políticas activas de parte de los estados nacionales para cerrar los flujos mundiales. Leyes antiinmigratorias, fronteras amuralladas, no adhesión a las instituciones multilaterales, desobediencia del derecho internacional, control de los movimientos de capitales o fuertes barreras proteccionistas son algunos mecanismos que operan en este sentido. Sin embargo, los países que “están en el mundo” parecieran no cortar los lazos por más que atraviesen por gobiernos aislacionistas. El “mundo” entra por todas fisuras no selladas.

La cuestión de la inserción es nuestro mayor aporte al pensamiento político. Así fue como nuestros más grandes productos intelectuales acerca de qué es el mundo trataron de responder a la pregunta de cómo insertarnos en él. El génesis de la dependencia, el desarrollismo y las relaciones carnales apuntan a lo mismo. Nuestros debates políticos acerca de la globalización, de hecho, fueron muy diferentes al de los países del “mundo”, ya que allí los programas políticos oscilaron entre la administración de la apertura y la protección y defensa de sus intereses. Total, la globalización era un hecho inexorable.

Para nosotros, en cambio, la globalización sucedía afuera, pasaba por la puerta, como un tren al que se subía para no perderlo. Nuevamente, la idea de que un país pudiera “insertarse” en el proceso global es totalmente inconcebible para quien nació en un país que ya está en el mundo. Pero algo de esta discusión ya perdió actualidad, y suena a la repetición de conceptos surgidos en otra época. La idea según la cual Argentina está naturalmente aislada, salvo que haga todos los deberes necesarios para obtener el reconocimiento del mundo realmente existente, prescribió una vez que se puso en evidencia que “el mundo” es mucho más grande de lo que habíamos previsto. La Argentina no está aislada, simplemente porque no sigue casi ninguna de las políticas aislacionistas que adoptan los países que están a la defensiva de la globalización. Más bien, todo lo contrario.

(De la edición impresa)

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