Honrarás a tus presidentes

(Columna de opinión de Fernando Straface, director ejecutivo de CIPPEC)

A diferencia de lo que ocurre en otros países, los presidentes argentinos nunca promovieron un espacio de apoyo mutuo.

La institución presidencial es un bien superior a las diferencias entre presidentes. Esta es la certeza que llevó a los presidentes norteamericanos Herbert Hoover y Harry Truman a fundar el “Club de los Presidentes”, cuyo devenir en los últimos 60 años describe el libro “The Presidents Club” . Editado hace pocos meses en Estados Unidos, el libro escrito por Nancy Gibbs y Michael Duffy analiza el funcionamiento de los vínculos personales y la sociedad política entre los ex presidentes y el presidente en ejercicio desde la segunda posguerra en adelante.

El libro adquiere una perspectiva histórica que va desde Hoover hasta Barack Obama. Describe los orígenes del primer club de presidentes del mundo desde su concepción y objetivos –nada menos que la ambiciosa reconstrucción de una Europa arrasada por la pobreza y el hambre producto de la Segunda Guerra Mundial–, hasta su institucionalización como ámbito selecto de encuentro entre los ex presidentes y el presidente en ejercicio.

El club de los presidentes funciona como un espacio de “retrolegitimación” de los mandatarios salientes, de asistencia a la capacidad de gobierno del presidente en ejercicio y de apoyo a la valoración pública e histórica de la institución presidencial. El ejemplo más claro de esta concepción de autodefensa de la Presidencia es la descripción que hace la propia Casa Blanca del legado de cada uno de los 43 presidentes que precedieron a Obama. El caso más evidentes es el de Richard Nixon. Su biografía, de 50 líneas, luego de una extensa celebración de sus logros como hombre de Estado, dedica sólo tres de ellas a mencionar que “frente a lo que parecía como un seguro impeachment, Nixon anunció el 8 de agosto de 1974 que al día siguiente renunciaría para iniciar un proceso de cicatrización que tanto necesitaban los Estados Unidos”.

El libro tiene un enorme valor para analizar la trayectoria de las relaciones entre presidentes democráticos en la Argentina. Desde 1983 hasta hoy, los presidentes nunca promovieron un espacio de apoyo mutuo, encuentro o celebración conjunta de la institución presidencial que esté por encima de las diferencias de estilos y legados. Arturo Frondizi estuvo ampliamente restringido en su espacio de diálogo y consulta durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Carlos Saúl Menem tuvo un trato cordial para con su antecesor pero hizo del “huyeron del gobierno” un lema para marcar permanentemente la incapacidad para gobernar de Alfonsín. Fernando De la Rúa acudió a Alfonsín y a Menem en pleno proceso de descomposición de su gobierno y luego se enfrascó en una disputa verbal con el líder de su partido y en una batalla política con su antecesor. Eduardo Duhalde y los Kirchner hicieron de “los ’90” y de la propia figura individual de Menem el paradigma de la Argentina que había que dejar atrás.

La opinión publicada ha traducido estos desencuentros en la concepción arraigada de que la Argentina no admite “la foto de los presidentes”, como ocurre periódicamente en Uruguay, Brasil o Chile. Siquiera el funeral del presidente Alfonsín fue una razón de peso para reunir a los ex presidentes. Las razones deben buscarse en la dinámica política que asiste al funcionamiento del presidencialismo en la Argentina. En este caso, la cultura política es la variable dependiente y no al revés. Cada uno de los presidentes desde el retorno democrático ha llegado al cargo más alto con la voluntad enunciada de iniciar un nuevo orden político.

Desde la primavera democrática de Alfonsín, hasta la célebre frase de Néstor Kirchner que hacía referencia al sentido de reparación histórica de los jóvenes de los ’70 (“pertenezco a una generación diezmada”), todos los presidentes hicieron de la refundación institucional del país un valor trascendente de sus gobiernos.

Por su parte, ninguno de los ex presidentes desde 1983 se retiró de la vida política. Alfonsín siguió conduciendo su partido hasta pocos años antes de su muerte, y Menem y Néstor Kirchner nunca abandonaron el objetivo de volver a ser presidentes. Estos dos fenómenos tienen algo en común: en todos los casos la voluntad individual de los presidentes se sobrepuso a los designios y a las potencialidades de la institución presidencial. Alfonsín, Menem, Duhalde y Néstor Kirchner prefirieron continuar en la lucha política antes que retirarse a un destino de reserva de experiencia y consulta como hombres de Estado. Luego, la propia lógica irreductible y en ocasiones binaria del sistema político argentino los arrastró en la mayoría de las ocasiones a un lugar de terrenalidad política alejada del perfil de ex presidentes.

El club de los presidentes no ha sido posible hasta ahora en nuestro país porque la institución presidencial todavía no se ha sobrepuesto a los perfiles individuales de los presidentes. El presidencialismo argentino descansa mucho más en las personas y su estilo de liderazgo que en las instituciones que construyen la presidencia.

De haber contado con un club de los presidentes, tal vez la Argentina hubiera legitimado de otra manera ante la comunidad internacional su reclamo por la soberanía de Malvinas ante el Comité de Descolonización de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Incluso el Mercosur, cuyo futuro inmediato está siendo debatido actualmente, podría contar con un consejo asesor conformado por ex presidentes de la región. Aunque pocas veces haya ocurrido en la historia argentina de las últimas décadas, la participación de los ex presidentes en foros o negociaciones internacionales puede contribuir a prestigiar la Nación en el exterior y a difundir una imagen de unidad y coherencia en el desarrollo de políticas.

Quizás las únicas excepciones en este sentido, desde el retorno de la democracia en 1983, hayan sido Raúl Alfonsín, quien por su prestigio participó de diversos foros internacionales y, más recientemente, Néstor Kirchner, a partir de su actuación como mediador en el conflicto entre Colombia y Venezuela suscitado en 2010.

La Argentina hoy no cuenta con presidentes embajadores que prestigien el país en el exterior, fortalezcan lazos geopolíticos y asistan al presidente en ejercicio en causas nacionales de primer orden. En los próximos años habrá una nueva oportunidad para confirmar esta tendencia histórica o, por el contrario, inaugurar un tiempo de mayor celebración de nuestros ex presidentes.

(De la edición impresa)

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