Realismo periférico modelo 2012

La búsqueda de mercados emergentes puede encontrarse con feas sorpresas a la vuelta de la esquina.

Dos figuras fueron portadoras de las llaves maestras que contribuyeron en gran medida a hacer de Carlos Menem el presidente que fue e introducir a la Argentina de lleno en el mundo de la hoy tan vituperada década del ’90: Domingo Cavallo, con la convertibilidad, y el canciller Guido Di Tella, con las “relaciones carnales” con Estados Unidos. Detrás de estas últimas había una teoría que revolucionó el debate académico de las relaciones internacionales y se convirtió pronto en doctrina oficial de la política exterior argentina: el “realismo periférico”.

Lo que decía, en breve, era que los Estados débiles y periféricos se ven obligados a aceptar una jerarquía interestatal so pena de sufrir sanciones ruinosas por parte de las potencias dominantes. Su autor, Carlos Escudé, asesor en los dos primeros años de gestión de Di Tella, hoy convertido doblemente al kirchnerismo y al judaísmo religioso (sin que ambas conversiones guarden alguna relación y sin que ellas le hicieran perder a este intelectual y académico su independencia de criterio), ha vuelto al ruedo con un libro muy recomendable para los interesados en el tema: “Principios del realismo periférico. Una teoría argentina y su vigencia ante el ascenso de China”, editado por Lumière.

En él no sólo reivindica con justos títulos la importancia de sus premisas sino también su vigencia actual, al punto de señalar a Néstor Kirchner y Cristina Fernández como quienes mejor entendieron y continuaron aquello que Menem inició en los ’90. El realismo periférico descubre así la continuidad entre el neoliberalismo de entonces y su pretendida refutación de veinte años después. Han cambiado el contexto y los actores; los países y los líderes. Los EE.UU. de entonces son la China de hoy, explica. Ayer, era subirse al primer mundo; un mundo unipolar y marchando hacia la democracia y el capitalismo. Hoy, es subirse al “mundo emergente”; un escenario internacional más caótico y multipolar, con regímenes híbridos y amenazas soterradas por doquier. Ayer eran los flujos de capital que inundaban los mercados financieros de las economías emergentes: la oferta del Norte. Hoy es la demanda de alimentos y recursos naturales de las potencias asiáticas.

El Menem de entonces son los Kirchner de nuestro tiempo, “estadistas que frecuentemente deben disimular su realismo periférico con retóricas altisonantes que tranquilizan a quienes creen que, confrontando, sus países son más autónomos y más dignos” (p. 113). La clave es entender hacia dónde va el mundo y que el país encuentre su “nicho de oportunidades”: ayer en Washington, Londres y Bruselas, hoy en Luanda, Bakú o Pekín. Y luego, como escribió Escudé y firmó Di Tella, “no olvidar la defensa de nuestros principios allí donde esa defensa nada nos cuesta a la vez que nos otorga cierta autoridad moral” (p.122).

¿Será entonces que el realismo periférico y sus libres interpretaciones siguen guiando los lineamientos generales de la política exterior argentina de tal modo que dicho paradigma da para explicar los movimientos más contradictorios según soplen los vientos de la época? Y si fuera así, ¿reflejará una afirmación tan polémica de Escudé como la que sigue el pensamiento del Gobierno, respecto de este mundo que –como la Presidenta suele decir– “se nos cayó encima” o “se nos dio vuelta”: “Antes que la dictadura disimulada del mercado privado, es preferible una autocracia con sentido nacional, ilustrada y eficiente, conducida desde el Estado” (p.117)? ¿Será esta la premisa que está guiando la política exterior de estos últimos tiempos en la búsqueda de mercados emergentes y oportunidades de negocios para nuestro país, soslayando toda inquietud por el tipo de régimen que exista en los estados escogidos y los complejos escenarios geopolíticos en que éstos se mueven?

La reciente gira oficial a Azerbaiján, encabezada por el canciller Héctor Timerman y el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, llevando un contingente de empresarios en busca de negocios deja flotando esta perplejidad. Importa estrechar vínculos con una de las economías que más creció en los últimos años, rica en petróleo y gas, puerta de entrada a otros mercados de la región del Cáucaso. Así se presentó, pero ni una sola línea se dedicó a mencionar que se trata de un país en el que rige una república autoritaria, con serias denuncias de violaciones a los derechos humanos y en conflicto no resuelto con Armenia por la región de Nagorno Karabagh.

¿Con qué autoridad merecedora de reconocimiento vamos, en tal caso, a denunciar los “dobles estándares” aplicados por otros países a la hora de castigar o premiar a gobiernos que lesionan los derechos humanos? ¿Queremos ensayar una estrategia de país “free rider”, capaz de confundir no alineamiento con conveniencia coyuntural o ventajas relativas sectoriales, sacrificando la coherencia y consistencia de una gran estrategia de inserción externa de mediano y largo plazo? ¿Conduce este nuevo giro pragmático y realista a guardar la bandera de los derechos humanos y la democracia so pretexto de que de todos modos las principales potencias liberales han hecho abuso u omisión de ellas según convenga a sus propios intereses?

El propio Escudé escribió otro libro para caracterizar esa conducta, atribuible a momentos no precisamente luminosos de nuestra inserción en el mundo: “Argentina, paria internacional”. ¿Serán esas nuestras opciones y destinos? ¿Será que se puede ser realista periférico y, al mismo tiempo, paria internacional?

(De la edición impresa)

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Pedro Urtero
8 años atrás

Interesante nota. Bosoer, siempre entusiasmado en trazar paralelismos entre esta época y los ’90. Es un mundo complicado el actual, como dice: «…un escenario internacional más caótico y multipolar, con regímenes híbridos y amenazas soterradas por doquier». ¿Qué habría que hacer: no comerciar con China (país autoritario), o Angola o Azerbaiján? No propongo ser indeferentes a lo que allí ocurra (disputas territoriales, régimenes autoritarios, falta de respeto a los DDHH o lo que fuera), pero no comerciar con ellos seguro que no es la solución. ¿Y las exportaciones? ¿Los aislamos como a Cuba? ¿Quiénes lo hacen? Para ello existen los organismos multilaterales, y la posición de respeto a los DD.HH., anticolonialista y en pos de una reforma de las instituciones financiera de la Argentina es clara. Esa es nuestra batalla, no una cruzada por las disputas con los armenios. No sé a qué se refiere Bosoer cuando dice «…sacrificando la coherencia y consistencia de una gran estrategia de inserción externa de mediano y largo plazo…» ni tampoco cuando habla del país como un «paria». La Argentina es un país totalmente integrado al mundo, más autónomo que en los ’90 (por méritos y también por «fortuna»), democrático y pacífico. En los ’90 le vendímos armas a Croacia y Ecuador, ahora enviamos misiones de paz a Haití y ayudamos con los países de la región a sofocar intentonas de golpe. En los ’90 nos financiaba el mundo irresponsablemente, y ahora pagamos las deudas y somos uno de los países con menos deuda de TODO el planeta. Me parece que somos mucho menos periféricos que en los ’90 y mucho más realistas. Y estamos lejos de ser un paria. El mundo lo sabe, el problema es que no lo sabemos acá en casa.

Saludos.

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