Ben Ali y Mubarak eran de izquierda

Por suerte para la democracia, su futuro no depende del socialismo europeo

El 17 de diciembre de 2010, Mohamed Bouazizi se prendió fuego en la ciudad de Sidi- Bouzid; murió por las quemaduras el 4 de enero de 2011. Su gesto desencadenó una revolución: el 14 de enero, el dictador que gobernaba Túnez desde hacía veintitrés años huyó del país y se refugió en Arabia Saudita. El 17, la Internacional Socialista expulsó a su partido, la Asamblea Constitucional Democrática (RCD), de la organización. Apenas tarde para evitar el papelón.

El 25 de enero de 2011 la revolución se contagia a Egipto, donde miles de manifestantes convocados por Internet organizan una jornada nacional de protesta bautizada como el “Día de la Ira”. Cuatro días y cientos de muertos después, el presidente Hosni Mubarak anuncia por televisión que no piensa renunciar y la represión se acentúa.

El 31 de enero, la Internacional Socialista expulsa a su partido, el Nacional Democrático (NDP), de la organización. Mubarak termina por abandonar el poder el 11 de febrero. A falta de dignidad, esta vez los socialistas hicieron gala de su capacidad anticipatoria.

El historiador argentino Fernando Pedrosa ha mostrado el papel clave que jugó la Internacional Socialista en la última ola democratizadora de América Latina.

Líderes de los partidos socialistas europeos sostuvieron la transición dominicana de 1978 y facilitaron varias de las que siguieron. ¿Qué habrá cambiado desde entonces como para que la misma organización acoja en su seno a partidos únicos de dictaduras reaccionarias? Los tiempos, dirán los pragmáticos; el continente, afirmarán los cínicos. Ambos tienen parte de razón.

Los tiempos del neoliberalismo, primero, y la crisis financiera después pusieron a la izquierda en cortocircuito. Contra ambos enemigos, la receta proclamada fue “más regulación”. Pero más regulación significa menor riesgo, lo que favorece a las naciones prósperas que no quieren perder lo que ya tienen.

Los países emergentes, en cambio, están dispuestos a correr mayores riesgos porque tienen menos que perder –y más para ganar–. Esa es la razón por la cual el G7 funcionaba y el G20 no: los intereses de ricos y pobres son divergentes. Incluir a países en desarrollo en organizaciones internacionales lideradas por países desarrollados, como la Internacional Socialista, tiene entonces un doble sentido: por el lado psicológico, es la negación (culposa o interesada) de la contradicción de intereses; por el lado estratégico, es un intento he gemónico de universalizar la visión de los países dominantes.

Así como el nacionalismo pretende ocultar el conflicto de clases, este internacionalismo intenta ocultar el conflicto Norte-Sur. En cuanto al continente, el norte de Africa despierta en muchos líderes europeos dos sentimientos intensos: el complejo colonial y un antisionismo latente. El complejo colonial es comprensible: no hace mucho tiempo que los franceses y sus vecinos masacraban a sus súbditos del sur del Mediterráneo.

El paternalismo y la culpa están visibles en la segregación étnica de las urbes europeas y en las políticas generosas de cooperación para el desarrollo. En cuanto al antisionismo, la antipatía que cierta elite progresista europea nutre por Israel es un secreto a voces. Después de todo, Hitler fue derrotado por americanos, ingleses y rusos, y no por los franceses o españoles que dictan la política socialista hacia el Mediterráneo.

Por suerte para la democracia, su futuro no depende de los socialistas europeos. El 4 de junio de 2009, Obama pronunció ante 3.000 jóvenes un discurso por la democracia y los derechos humanos en la Universidad de El Cairo. Aunque todavía conserven aliados autoritarios y no siempre parezcan inteligentes, Estados Unidos sigue siendo el principal impulsor global de la democratización. La administración norteamericana tiene claro cuál es el modelo a seguir por los países árabes: el de Turquía, un estado democrático con mayoría musulmana al que la Unión Europea le trabó el ingreso como miembro.

¿Pero entonces, Ben Ali y Mubarak eran de izquierda? La pregunta es malintencionada pero la respuesta no importa: hoy, esa palabra tiene tantos significados como los intereses y complejos que se esconden detrás. La democracia, como corresponde, es ambidiestra.

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