La ciudad y la boleta única

(Columna de Iván Petrella, director académico de la Fundación Pensar)

El debate por una ley de régimen electoral en la CABA, hasta ahora ausente, debería incluir el uso de la boleta única.

Los sistemas electorales tienen efectos sobre las posibilidades que las distintas fuerzas políticas tienen para acceder al po der. Dichos sistemas afectan la competencia política ya que establecen normas para cuatro áreas: la delimitación de las jurisdicciones electorales, las reglas de nominación de los candidatos (el tipo de boleta), la traducción de los votos en bancas y el procedimiento de votación. En este caso quiero enfocarme en los posibles efectos del tipo de boleta utilizado, específicamente la boleta única. Hay una diversidad de argumentos teóricos que suelen utilizarse para describir las ventajas y desventajas de la utilización de la boleta única en lugar de la tradicional lista en las elecciones.

Aquellos que la defienden argumentan que la utilización de la boleta única contribuye a la transparencia y a la democratización del proceso electoral dado que evita las prácticas corruptas y el fraude al momento de la votación. Asimismo, permitiría la extinción de las listas sábanas y colectoras, debilitando el efecto arrastre que puede tener un candidato conocido sobre el resto. Además, dado que la distribución de las boletas sería responsabilidad de la autoridad gubernamental central, los partidos no tendrían problemas de falta de boletas en el día de los comicios.

Quienes se oponen a su implementación sostienen principalmente que es un método complejo para el electorado pues no está acostumbrado a este tipo de boleta. Además, argumentan que puede dar lugar a gobiernos divididos y, por ende, a ejecutivos débiles debido a la posibilidad de voto cruzado. Se afirma, también, que la boleta única favorecería un voto más personalizado en el candidato antes que en el partido, debilitando a estos últimos e incentivando la personalización de la campaña electoral. La Presidenta se ha proclamado en contra de la boleta única en sucesivas ocasiones y ha llegado a afirmar que “esto no es ir al supermercado y hacer un multiple choice”.

Mi defensa para la implementación de la boleta única, específicamente en la ciudad de Buenos Aires, se basa en un argumento contraintuitivo. Es una creencia general que la lista sábana refuerza los partidos políticos disiminuyendo como resultado la fragmentación partidaria. Sin embargo, en el caso de la ciudad, es la boleta única la que contribuiría a un sistema político menos fragmentado. Para entender esto, repasemos primero lo que viene sucediendo con el sistema partidario de la ciudad. Desde el 2001 hay una creciente debilidad institucional y volatilidad de los partidos políticos, que se traduce en una baja disciplina partidaria al interior de la Legislatura, y muchas veces en el fenómeno conocido como transfuguismo. La característica principal de la Legislatura en los últimos años ha sido su alto nivel de fragmentación, dada la alta cantidad de bloques parlamentarios.

Entre los años 2003 y 2007, por ejemplo, el número promedio de bloques al interior de la Legislatura superó los 16. Sin embargo, lo que más llama la atención es la gran cantidad de bloques unipersonales que se forman luego de las elecciones. Este es un indicador de algo que sucede fuera del Parlamento: las alianzas entre los candidatos son puramente electorales y una vez dentro de la Legislatura suelen separarse y formar monobloques. Esta fragmentación partidaria y el habitual transfuguismo se deben, entre otros factores, al sistema electoral vigente hoy en día en la Ciudad. La utilización de la lista cerrada y bloqueada –y los bajos requisitos para su personería jurídica– incentiva la creación de nuevos partidos en tiempos electorales para presentar listas encabezadas por figuras conocidas públicamente, que acumulan votos para favorecer al resto de los candidatos menos conocidos. Aníbal Ibarra, por ejemplo, se presentó a las elecciones para jefe de Gobierno en el año 2000 por el partido Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación (la “Alianza”), pero para las elecciones del 2003 creó otro partido: la Alianza Fuerza Porteña, compuesta por integrantes de una serie de partidos más pequeños: Frente Grande, Intransigencia, Socialista, De la Victoria y PAIS. Además, en las elecciones legislativas de los años 2003 y 2005 presentaron candidatos más de 30 partidos.

La introducción de la boleta única podría, entonces, fortalecer a los partidos justamente porque elimina o desincentiva algunas prácticas nocivas para su cohesión interna, como las listas de adhesión. Dado que los electores votan por candidatos antes que por partidos políticos, deja de ser necesario presentar nuevas listas partidarias sólo por el hecho de acumular votos para el resto de los candidatos de la lista. De esta forma, la boleta única no sólo contribuiría a una mayor cohesión al interior de los partidos políticos existentes, sino que disminuiría los incentivos para la creación de nuevos, reduciendo la fragmentación partidaria. Dado que cada legislador seguirá su propia posición en las votaciones al interior del recinto antes que la posición del bloque legislativo, la boleta única servirá también para aumentar la accountability del sistema, ya que los electores votarán incentivados por personas antes que por etiquetas y posiciones partidarias que luego no serán respetadas. Además, como ya se dijo, la incorporación de la boleta única aumentará la transparencia de los comicios al evitar prácticas corruptas al momento de la votación.

En cuanto al argumento que sostiene que la boleta única fomenta una situación de gobierno dividido, en el que el Poder Ejecutivo no tiene una mayoría parlamentaria y se genera una situación de inmovilismo legislativo y de un Ejecutivo débil, éste no es aplicable a la ciudad de Buenos Aires. Por un lado, la historia de la ciudad demuestra que los jefes de Gobierno se han enfrentado a situaciones de gobierno dividido (ninguno ha alcanzado mayorías legislativas propias a excepción de Fernando De la Rúa) pero esto no ha debilitado su poder de agenda ni la gobernabilidad. Por otro lado, la boleta única admite la posibilidad de que haya un casillero donde se pueda votar por la lista entera del partido para cada categoría a elegir, con lo cual el argumento anterior queda invalidado.

Por otro lado, el argumento sobre la potencial complejidad de implementar el sistema debido a las dificultades que supondrían para el electorado se muestra falaz, ya que la experiencia de la gran mayoría de los países de la región (Chile, Perú, Colombia, Venezuela y Brasil, entre otros) y del mundo (Australia, Austria, Sudáfrica, Estados Unidos y Japón, entre otros) muestran que dichas dificultades pueden ser sorteadas. De hecho, recientemente se ha implementado con éxito en Córdoba y Santa Fe. Ante la oportunidad que tenemos en la ciudad de Buenos Aires de impulsar y sancionar una ley de régimen electoral –hasta el momento ausente– que sea propia e innovadora, por qué no comenzar a pensar en la introducción de la boleta única.

Claro que esta es sólo una pequeña pieza del sistema electoral y se necesitarán modificar otros de sus componentes si queremos disminuir la creciente fragmentación y debilidad partidaria. Además, la reforma política no puede ser sólo una reforma de las reglas sino que también deberá implicar una reforma de las prácticas de la política.

(De la edición impresa)

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