Los riesgos sistémicos

Las democracias enfrentan acechanzas que no provienen, como se cree, del exterior sino de la desmesura de los actores internos.

Una de las tesis centrales del nuevo y deslumbrante ensayo del filósofo francés de origen búlgaro Tzvetan Todorov, dedicado a los riesgos sistémicos de las democracias contemporáneas, denuncia que los peligros que acechan a las democracias occidentales no son tanto externos, como se nos ha querido hacer creer invocando el terrorismo islámico, los extremismos religiosos o los regímenes dictatoriales, sino internos. La tesis no es nueva ni reciente. Podría decirse que enlaza con la más pura tradición de la filosofía de la democracia. Lo nuevo es tal vez el acento con que subraya algunos factores comunes a la casi totalidad de las democracias actuales y, muy particularmente, a las de los países que transitan, sin entrar del todo, por las inmediaciones del núcleo de la crisis económica global.

Todorov basa su argumentación en una amplia y profunda observación de tres tendencias en buena medida comunes a las democracias occidentales: el mesianismo –que impulsa la mayor parte de las aventuras imperiales, en cualquiera de sus formas actuales–, el ultraliberalismo – con el imperio de la economía sobre la política, el poder de los medios de comunicación y el desmantelamiento del Estado de Bienestar– y el populismo – combinado en dosis crecientes con la xenofobia, el miedo a la inmigración y el nacionalismo excluyente– (Tzvetan Todorov, Los enemigos íntimos de la democracia. Madrid. Galaxia Gutenberg, 2012).

Las tres tendencias son, a su vez, reflejo de un fenómeno más profundo que corroe los resortes vitales de la institucionalidad democrática: la desmesura. Es decir, la ruptura del mecanismo de autorrestricción de las pasiones e intereses, propios y naturales de toda forma de vida social, y el desencadenamiento de un proceso sin fin de confrontaciones crispadas de todos contra todos. Otro rasgo que comparten el mesianismo político y el liberalismo extremo con el populismo es también el de que no provienen de ataques externos sino de un desarreglo profundo de los principios internos de la propia democracia. Son por ello riesgos sistémicos, lo cual los convierte en los enemigos más íntimos y entrañables de la democracia.

Es esta una tesis antigua y venerable, que está ya en la conceptualización grecorromana de la la virtud individual y política como punto medio y, al mismo tiempo, principio moderador de extremos que, librados a su arbitrio, terminan por desequilibrar y acelerar la tendencia de los sistemas políticos a su crisis y declinación. La Politeia es por ello un régimen de equilibrios autosustentados y moderados por autosometimiento de todos a los principios institucionales. Algo muy profundo compartían a este respecto los Padres Fundadores de las repúblicas constitucionales, tanto del norte como del sur americano. Todos ellos, casi sin excepción, eran republicanos por convicción y antidemocráticos por temor a las lógicas inestables de la civilización y la barbarie. Una matriz de actitudes a la de tantos demócratas no republicanos de nuestros días.

Son estas reflexiones indispensables, en torno a problemas que el análisis apresurado y sectario de algunos comentaristas se empeña en atribuir en exclusividad a los protagonistas de la coyuntura actual del país, sin darse cuenta de que una mayoría abrumadora de países democráticos refleja fenómenos muy similares. Señalan así conexiones causales forzadas, sin más fuerza explicativa que la que brota de los prejuicios sectarios de quienes quieren escucharlos. El mal no es exclusivo de la Argentina y está en las raíces del pensamiento político acerca de la crisis.

La democracia –recuerda Todorov – se caracteriza no sólo por cómo se instituye el poder –el quién y el hacia dónde de su acción– sino también y muy especialmente el cómo se ejerce. Alegar frente al reclamo o la protesta a veces ultraminoritaria de algunos con el argumento de los porcentajes obtenidos en la última elección es ignorar hasta qué punto en una democracia bien constituida los vetos sociales son hoy tan importantes como los votos políticos. A la inversa, exigir a quienes se imponen en elecciones libres y competitivas que den un paso al costado y dejen su lugar a los derrotados en cumplimiento de supuestos principios superiores constituye otra forma de desmesura, reñida con la esencia de la república constitucional.

No basta tampoco con señalar la tierra prometida si al mismo tiempo no se negocia con la sociedad las condiciones para esa larga marcha. Los peligros inherentes a la idea actual de democracia –democracias sin república- proceden casi exclusivamente de la desmesura con que gobierno y oposiciones aíslan y favorecen uno de los factores o elementos en desmedro de los demás. El pueblo, la libertad y el progreso son factores centrales de todo orden democrático. Sin embargo, sus exageraciones unilaterales y dogmáticas llevan, respectivamente, al populismo, el ultraliberalismo y el mesianismo.

Cómo y en qué momento estos factores de riesgo devienen peligros tangibles, presentes y actuales en un sistema democrático es cuestión que tampoco presenta mayor misterio. El riesgo no está en los logros o en la desmesura personal de sus ocasionales autores. El riesgo está en el vacío institucional, en la falta de instituciones y en la calidad y capacidad de las mismas para atar a los dirigentes al mástil, taparles los oídos ante el canto de sirena desenfrenado y desmesurado de los dirigidos. Es la enseñanza perenne de la tradición democrática: la hybris, la desmesura, la voluntad ebria de sí misma, el orgullo y la convicción de que todo es posible.

El problema central no son los enemigos de afuera, que hoy sólo pueden ser rastreados en la memoria cada vez más lejana. Son los enemigos de adentro y no por lo que pretenden o disputan –los espacios del poder–, sino por el modo en que lo pretenden. Su juego es un juego de todo o nada, crispado y confrontativo, sin final feliz posible. Se equivocan y pretenden equivocar a los demás cuando para lamentarse de estos males miran exclusivamente en dirección al Gobierno. La hybris y la desmesura están hoy tanto en el Gobierno como muy especialmente en la oposición.

En la política pero también en el mundo económico y sindical, en el sistema de Justicia, en los medios de comunicación, en las organizaciones de la sociedad civil y en todos los lugares y espacios de una sociedad que, una vez más, afronta la hora de pagar la factura de un progreso sin reglas ni instituciones, sin premios ni castigos. La razón es simple: la democracia republicana es un régimen basado en equilibrios dinámicos y esencialmente inestables, entre principios diversos y difíciles de combinar. De allí que la hipertrofia de uno de ellos descalibre el mecanismo de frenos y contrapesos en perjuicio del conjunto. La mayor amenaza de un régimen de este tipo está, sin duda, en sus enemigos interiores. Los más íntimos y, por ello, los más difíciles de identificar y vencer.

(De la edición impresa)

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