Luces y sombras del rédito electoral


Las mejoras en la economía fortalecieron al Gobierno, pero hay temas desatendidos.

Es muy difícil, aunque no imposible, conducir una democracia moderna con altos índices de impopularidad. Por eso todos los gobiernos procuran conservar e incrementar la aceptación pública diseñando políticas que aseguren el bienestar de los votantes. El objetivo inconfesado es ganar la próxima elección ofreciendo pruebas evidentes de que la Administración actual es mejor que la que proponen los opositores.

Esta tarea, sin embargo, está plagada de dificultades y sometida a diversas interpretaciones. No es sencillo responder a la pregunta acerca de cómo debe gobernarse para retener el poder. Acaso la respuesta pueda favorecerse buscando despejar, entre tantos, dos interrogantes: 1) qué entienden los gobiernos por “bienestar” de los votantes; y 2) cómo estructuran en el tiempo las políticas orientadas a satisfacer sus demandas, considerando que cada dos años hay que pasar un test electoral.

Tomando en cuenta estas cuestiones podrían diferenciarse, a grandes rasgos, distintos modos de gobernar, según cómo se define el bienestar y cómo se manejan los tiempos en relación con los objetivos electorales. Tal vez una línea continua que vaya de la sensatez a la insensatez pueda graficar (y clasificar) los métodos empleados para permanecer en el poder. Ahora bien, como esta nota no es una especulación platónica supondremos, según se dijo inicialmente, que todos los gobiernos, más allá de su consistencia, tienen la misma finalidad: ganar elecciones antes que proveer una felicidad altruista a los votantes. Aceptar esta premisa condiciona, en general, la idea de satisfacción.

Esta, tanto para sensatos como para irresponsables, tiene que verificarse en el plazo entre elecciones. Una política que mejorara, con esfuerzo, el bienestar dentro de diez años estaría, en principio, descartada. Eso significa que los gobiernos tenderán a implementar medidas de resultados inmediatos, postergando otras de mediano plazo que podrían beneficiar a sus competidores en el futuro.

Nadie quiere ser el padre del sacrificio en el Siglo XXI, ofrecer “sangre, sudor y lágrimas” fue desterrado por el marketing y la cultura del consumo. Es perdedor. Todos, gobiernos y votantes, quieren la satisfacción ya. Así, es probable que la renovación de la infraestructura importe menos que el estímulo a la compra de bienes durables; que la mejora de la salud y la educación se desdibuje ante la presión por subir los ingresos y crear fuentes de trabajo, que tienen rédito seguro. En este punto se vuelve problemática la distinción entre lo urgente y lo importante que nos legó la racionalidad modernista para ordenar la vida pública y privada.

En la cultura actual lo urgente es lo importante. Las democracias capitalistas lo asumen en los hechos, aunque sus protagonistas disimulen con torrentes de corrección política sus efectos indeseables. En este contexto cultural, ¿qué define a un buen gobierno si todos al fin quieren lo mismo: ganar elecciones? ¿No son, sin distinciones, igualmente insensatos, rendidos ante el rédito electoral inmediato? Aquí introduciría un matiz clave: los gobiernos de los países con tradiciones políticas estables, con buen nivel socioeconómico promedio, con sociedades civiles fuertes, tienden a ser más cuidadosos para preparar sus recetas políticas, el mix de ingredientes necesario para ganar elecciones.

La sensatez funciona allí como el hecho social de Durkheim: se impone desde afuera, obligando a las autoridades a cumplir ciertos requisitos para quedarse en el poder. Rigen controles de calidad políticos y técnicos; las instituciones se imponen a las personas. Podemos suponer que en su fuero íntimo Obama y un dictador africano quieren conservar el gobierno a cualquier precio, pero sus sociedades responderán de modo muy diferente a esa loca ambición. Que millones de argentinos reelijan a un gobierno cuyas políticas les permiten acceder al trabajo y al consumo a la vez que los exponen a morir como moscas en las rutas, los rieles y las calles el día menos pensado, es una interesante paradoja para reflexionar acerca de cómo se ganan elecciones en la Argentina de hoy.

Se trata de evaluar cuán sensatos o insensatos son nuestros gobernantes a la hora de fijar políticas y qué nos importa a nosotros, los ciudadanos, en el momento de confirmarlos o arrojarlos del poder con el voto. La Argentina diseñada por los Kirchner no se entendería sin la crisis terminal de principios de siglo. La recuperación del trabajo, el ingreso y el consumo fueron las prioridades excluyentes. Esa etapa se cumplió y el rédito electoral está a la vista. También lo están, trágicamente, todos los problemas que se desatendieron. La cuestión es si habrá, a partir de ahora, un nuevo contrato con los votantes. Si éstos demandarán otras prestaciones, en caso de que se consolide lo alcanzado. Me refiero a lo que la Presidenta llama “sintonía fina”, aunque no sé si lo comprende cabalmente. Tener plasma, vacaciones y auto nuevo es saludable; viajar al mismo tiempo en trenes y rutas de la muerte, aceptándolo sin crítica, es una profunda alienación, que ensombrece a nuestra sociedad.

(De la edición impresa)

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