Una revolución en marcha

El estallido de un vasto proceso de disgregación política que desde hace semanas sacude al mundo árabe adquiere características extraordinarias, no muy diferentes a la de los sucesos que hace veinte años derrumbaron las estructuras políticas de los “socialismos reales” de Europa del Este.

Una vez más, una “revolución burguesa” –es que hay acaso revoluciones que no sean “burguesas” – dispara una reacción en cadena, casi sin síntomas anticipatorios, que destroza estructuras de dominación consolidadas a lo largo de décadas.

El protagonismo de los jóvenes, las nuevas clases medias, profesionales y los desocupados y el papel cada vez más importante de las nuevas redes sociales y nuevas tecnologías de información y comunicación vuelven a desbordar todo cauce político convencional.Poco significa la magnitud y el contenido de las demostraciones. La relevancia está en su audiencia global y el movimiento de empatía y apoyo mundial con que centenares de millones de televidentes, internautas y ciudadanos de la nueva ciber-aldea global acompañan, en tiempo real, las incidencias y procesos del cambio.

Las víctimas de este nuevo cataclismo político no presentan ya las características monolíticas de los regímenes comunistas. Se trata más bien de lo que en una nota anterior hemos descripto como autoritarismos competitivos,
siguiendo la acertada tipología del profesor de Harvard, Steven Levitsky. Si bien la
nueva ola de convulsiones políticas, desatada en Túnez y sobre todo en Egipto, ha estallado en el contexto particular de los países árabes, la variedad de regímenes afectados desborda todo intento de encasillamiento.

Yemen, Marruecos, Jordania, Irán, Argelia y un largo etcétera de países presentan rasgos a la vez comunes y diferenciales. El embate revolucionario
apunta a la común condición de regímenes híbridos, en los que muchas de las instituciones, prácticas y sobre todo formas de la democracia son reconocidas como el método primordial de lucha por el poder pero en los que,
sin embargo, las posiciones de poder confieren a los oficialismos ventajas significativas sobre sus oponentes.

Se trata de regímenes hasta cierto punto competitivos, en la medida en que declaman y hasta otorgan a sus opositores instrumentos y posibilidades ciertas para la disputa por el poder. Sin embargo, un férreo control oficial asegura sesgos, asimetrías y desventajas competitivas que desequilibran de hecho, hasta extremos
irreversibles, las condiciones efectivas de la disputa política.

Nacidas hace décadas, de procesos violentos que dejaron signos indelebles sobre la cultura y las prácticas políticas establecidas, este tipo especial de democracias populares combinan características propias de los regímenes de alta movilización popular con rasgos típicos de los autoritarismos más cerrados surgidos
en la Guerra Fría.

Aliados de Occidente en el balance del poder mundial combinan, a su
vez, notas típicas de las dictaduras seculares con elementos de las teocracias islámicas en expansión. Cuesta entender lo que las nuevas realidades políticas en ciernes interpretarán en definitiva como “reformas democráticas”. Si bien es
posible que logren concretar rasgos tales como la implementación de elecciones libres y competitivas, los problemas vendrán por el lado del reconocimiento pleno del derecho al sufragio y, sobre todo, de los niveles de resguardo de las libertades civiles más asociadas a la democracia política –particularmente la libertad de expresión.

No habrá, tal vez, aquellas autoridades “tutelares” de naturaleza no electiva – de
índole tradicional, militar, religiosa, etcétera–. Pero será muy difícil contar con niveles aceptables de desmonopolización de los mecanismos de determinación y cambio de las reglas del proceso electoral y la competencia política, incluidas la regulación del financiamiento de las campañas y el gasto electoral, el acceso
a los medios de comunicación, los calendarios y cronogramas del proceso electoral y, sobre todo, mecanismos hoy cada vez más importantes de control judicial que permitan neutralizar la tentación oficial hacia los mecanismos clientelares, el control de la libre publicación de encuestas electorales y la neutralidad de los escrutinios.

Las lecciones que llegan del Medio Oriente son elocuentes e interesan particularmente
a toda Africa del norte y subsahariana, las islas del Asia Pacífico y naciones del Asia, de la ex Unión Soviética, llegando hasta la propia China. Las democracias híbridas, abroqueladas en regímenes de autoritarismo competitivo son una de las formas de organización política más extendidas en el mundo contemporáneo.

La onda de convulsiones revolucionarias amenaza con destrozarlas, a impulsos de nuevas formas espontáneas de movilización popular, carentes de todo signo ideológico y político definitivo. La política tradicional se transforma, a impulsos de una revolución sobre todo cognitiva, en la que las expectativas y los valores son mucho más importantes que los intereses establecidos o por establecer.

El futuro que llega no estaba escrito en ninguna parte y su desenlace está muy lejos
de ser previsible.

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on linkedin
Share on email
0 Comentarios
Inline Feedbacks
Ver todos los comentarios

Última Edición