Malvinas y Tierra del Fuego: vidas paralelas

¿Por qué, durante el Siglo XX, la población fueguina se multiplicó por cien y la falklander casi no varió?

¿Por qué la provincia de Tierra del Fuego (es decir, la parte argentina de la Isla Grande de Tierra del Fuego, sin incluir otras islas ni territorios antárticos reclamados) tiene 130.000 habitantes y las Islas Malvinas/Falklands sólo 3.000? No hay dos territorios iguales en nuestro planeta, pero éstos dos tienen suficientes puntos en común para la comparación. Y demasiadas similitudes naturales como para haber sufrido destinos demográficos tan disímiles.

Las tres islas pertenecen al círculo subantártico y soportan intensos inviernos. Las Malvinas, de hecho, son más cálidas porque están más al norte. La superficie de Tierra del Fuego (18.000 km2) es más extensa que la de las Malvinas (12.500 km2), pero no tanto. Y su paisaje es más diverso, gracias a la irrupción de la precordillera y sus árboles hacia el oeste, aunque está mayoritariamente cubierto por una estepa ventosa similar a la malvinense. A ambos lados del mar, en la provincia argentina y en el territorio británico, la ganadería  ovina y la pesca son los pilares económicos tradicionales.

Cien años atrás, las tres islas estaban despobladas casi por igual. Unos pocos productores ovejeros, algunos marinos y misioneros cristianos poblaban las tres islas; del lado argentino, hay que agregar una prisión nacional y a los últimos indios selk’ham que luchaban por sobrevivir de las matanzas. Tal vez sea por ese pasado trágico en la relación con sus indios patagónicos que a los argentinos nos cuesta tanto pensar la australidad en términos de población. Tal vez por eso nos encontramos atrapados en conceptos de bandería y colonialismo que poco tienen que ver con las ideas con que el mundo contemporáneo establece las cuestiones de soberanía. La civilización angloamericana, a partir de la proclama del Rey Jorge III, de 1763, resolvió tempranamente el problema: todo territorio ocupado por una población nativa pertenece a los nativos, y lo que la Corona hace es negociar con los pueblos soberanos. Lo que incluye comprar, y administrar. Así fue como los anglosajones construyeron Norteamérica: no (solamente) a través de la conquista militar, sino a partir de tratados y negociaciones con las poblaciones preexistentes. De hecho, la versión británica de la toma de posesión de las Malvinas en 1833 rechaza el relato argentino acerca de la existencia de una población local allí, liderada por el gobernador Vernet, y en cambio sostiene que las islas estaban deshabitadas puesto que sus pocos colonos las habrían evacuado para escapar de una hambruna. Es decir, terra nulis.

El argumento del primer ministro David Cameron y los 17 intelectuales es más fuerte: la soberanía reside, fundamentalmente, en los habitantes del territorio. Así se construyeron también las soberanías en los círculos ártico y subártico, la región del planeta más comparable con nuestro Atlántico Sur por su condición remota, sus fríos intensos y la escasez de luz solar en el invierno. La soberanía de Canadá en el Norte es inseparable de su población Inuit –los mal llamados “esquimales”-, verdaderos dueños del territorio. Que a su vez son orgullosos canadienses.  Así lo dice la declaración de soberanía en el Artico del Consejo Inuit: “Vivimos en el Ártico. Lo hemos hecho desde tiempos inmemoriales. Somos un pueblo indígena del Ártico. Somos ciudadanos de los estados del Ártico”.

Canadá, tal vez el país más respetuoso de los derechos humanos en la historia de la humanidad, viven sin embargo con gran culpa el hecho de que en los años 50 el Estado promovió la radicación de alrededor de 80 familias Inuit en el más extremo e inhóspito norte, en Resolute Bay, allí donde probablemente nunca habían vivido. Algunos no sobrevivieron. Nada, verdaderamente nada, en comparación con la movilidad forzosa de miles y miles de rusos hacia el Norte que implementó Stalin. La utilización de la población como “banderines humanos” para reforzar la soberanía de territorios remotos es algo que todos los estados hicieron. Argentina promueve desde hace tiempo las colonias antárticas. Todos somos, en alguna medida, colonizadores. La historia de los falklanders se inscribe en esta misma historia y considerarlos como ilegítimos por ello no es sensato. Son los habitantes privilegiados de las islas del Atlántico Sur. Pero su artificialidad estriba en la ausencia de crecimiento poblacional.

Cameron, decíamos, tiene razón, pero en su argumento hay algo engañoso. No se trata solamente de los 3000 habitantes de las islas –40% de los cuales son trabajadores temporarios en el negocio de la pesca, provenientes de todo el mundo-, sino de todos aquellos que no están. Volvemos a la pregunta del principio: ¿por qué, a lo largo del Siglo XX, la población fueguina se multiplicó por cien y la falklander casi no varió? La fueguina creció porque hubo una sociedad argentina deseosa de poblar el Sur, apoyada por un Estado que promovió su radicación. Gran Bretaña, a miles de kilómetros de su territorio de ultramar, no cuenta con esa posibilidad. Contrariamente, Londres construyó en Malvinas un protectorado  que excluye la posibilidad de la radicación de argentinos, a través de mecanismos formales e informales. Empresarios y trabajadores argentinos no pueden participar del desarrollo económico.  El gobierno, si quiere cambiar el status quo, debe concentrarse en romper esta exclusión.

(De la edición impresa)

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