Control y desafío

La batalla por la sucesión de CFK y la apropiación del sello peronista son dos caras de una moneda que ha comenzado a rodar.

de una moneda que ha comenzado a rodarNo bien triunfó Cristina en las pasadas elecciones, algunas medidas parecieron conformar un nuevo clima. El acuse de recibo de la situación económica se reflejó en temas tales como las medias cambiarias y el  desmantelamiento progresivo de la política de subsidios. Pero más allá de estas medidas, la asunción de la Presidenta apareció enmarcada como una continuidad sin rajaduras. Así es como el gabinete de CFK continúa prácticamente inalterable en el segundo mandato, salvo los ministros que compitieron para escaños legislativos y la vicepesidencia.

En una suerte de promoción, Julián Dominguez abandonó el Ministerio de Agricultura y pasó a presidir la Cámara Baja y Amado Boudou dejó la cartera de Economía y comenzó a desempeñarse como vicepresidente. No parece haber sido un ascenso el pase de Aníbal Fernández al Senado. La Presidenta no innovó en su gabinete ministerial. Las razones son varias. En primer lugar, el respaldo del 54% de los votos significó un premio para la Mandataria. Mantener el mismo cuerpo es otra forma de afirmar que se han hecho bien las cosas. En segundo lugar, si no se trataba de un cambio masivo, un reemplazo puntual hubiera significado reconocimiento de errores. La asunción de un nuevo mandato no es la mejor oportunidad para realizarlo. Habrá tiempo, más adelante.

En tercer lugar, el espíritu de cuerpo de todos los ministros es la mejor imagen que podía enviar en la asunción del segundo turno. En cuarto lugar, la Presidenta ha reafirmado la lealtad como el principal valor en su equipo de gobierno. Ninguno de los ministros ha desobedecido o bien desafiado el poder presidencial y han seguido las ideas de la Mandataria sin mostrar espíritu crítico. Suficientes razones para confirmar a todo el gabinete. Los nuevos ingresos reconocen también militancia y fidelidad K. Un gobierno cohesionado contrasta con el paisaje de núcleos dispersos que muestra una oposición derrotada, carente de proyectos superadores y con una imaginación anémica.

El cuadro institucional refleja, además, un gobierno unificado a nivel de las instituciones federales y con un pelotón de gobiernos de provincia encolumnados
tras el triunfo. Las elecciones fueron una tormenta perfecta para las oposiciones desarticuladas y un amanecer prometedor para las filas del kirchnerismo cristinizado.
La asunción de Crisitina se vio rodeada de las agrupaciones conocidas de la militancia K, principalmente, la organización juvenil La Cámpora. Fue clara la ausencia del aparato del Partido Justicialista y del sindicalismo.

El peronismo más clásico no parece haberse movilizado. Tampoco la Presidenta tuvo demasiado interés en que ello ocurriera. En el discurso de asunción dirigió su mirada y su palabra a distintos  sectores, entre otros, al sindicalismo. Dijo que una cosa era el reclamo obrero y otro “el chantaje y la extorsión”. Al control institucional del kirchnerismo parece sólo oponerse, hasta el presente, la figura de Hugo Moyano, quien brindó un desafiante discurso en el Día del Camionero y renunció a sus posiciones en el PJ. Pero las lecturas pueden ser variadas.

Una primera, que ve la disputa como una cuestión casi personal entre Cristina
y Moyano. Nunca tuvieron relación fluida y el vínculo era con el ex presidente Néstor Kirchner. Otra lectura, más institucional, advierte la diferencia política y cultural entre el peronismo cegetista y el kirchnerismo cristinizado con el apoyo juvenil –según la propia Presidenta– que fue la “vanguardia” de su gestión. Si la primera refleja la realidad del entuerto, el oficialismo podrá reemplazar, sin demasiados contratiempos, en 2012, al líder camionero. Si, en cambio, la segunda se acerca más a la realidad, la cuestión será más compleja. Así como es inobjetable que la sucesión de la Presidenta es un tema latente pero con enorme presencia, también lo es la disputa del sello “peronismo”. Sucesión y sello peronista son dos caras de una moneda que ha comenzado a rodar.

¿Es el sindicalismo el último custodio de las tradiciones peronistas? Si es así, otro tipo de resistencia, sin prisa pero sin pausa, ha empezado a operar en forma más ostensible. Y, probablemente, el discurso de Moyano fue la primera jugada fuerte. ¿Qué sería el kirchnerismo cristinizado sin Cristina? Especulación que circula,  seguramente, tanto entre las huestes oficialistas como por los remanentes del peronismo no colonizado por el oficialismo y el peronismo plástico que han profesado siempre los funcionarios del movimiento fundado por Juan Domingo Perón. El  peronismo va circulando por la Historia con distintas caras y los peronistas se adecuan sin demasiado problema a este ejercicio adaptativo de supervivencia. Negándose a sí mismos las veces que haga falta, pueden abrazar la renovación del partido (en los ochenta), secundar un proyecto liberal (en los noventa), retornar a un ideario nacional
popular (en la era kirchnerista) y repudiar cualquiera de las versiones anteriores si el
presente así lo exige. Como decía Perón, “peronistas somos todos”.

Esta fórmula habilita a mutar, circular entre distintas posiciones y continuar siempre dentro de los amplios márgenes de un generoso movimiento. La Presidenta lo sabe y de allí su pedido casi obsesivo de lealtad. La jugada de Moyano obtuvo el apoyo de díscolos de la CGT como el “Momo” Venegas y Hugo Barrionuevo, alejado de la central sindical para encolumnarse con Eduardo Duhalde y que dice ahora reconocer en el dirigente camionero a “su secretario” de la central obrera. A este primer acercamiento de figuras no moyanistas podrían seguirle otros provenientes del peronismo no kirchnerista. El peronismo está en movimiento. Es que el movimiento peronista gira siempre sobre su propio eje y produce continuos desplazamientos. Centro y periferia son ocupadas por los actores peronistas, pero esas posiciones parecen nunca ser definitivas. Quien hoy está en el centro estuvo ayer en la periferia y viceversa.

En esta disputa por la propiedad del ADN peronista podría inscribirse la creación del polémico Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Si bien levantó revuelo en el mundo académico, la ciencia histórica no parece ser el objetivo final de un organismo que sería una suerte de reservorio simbólico de los contenidos pétreos –no circunstanciales– del movimiento nacional- popular-latinoamericano, cuyo representante más señero fue y es el peronismo.

El control institucional producto de los resultados electorales muestra la victoria oficialista sobre los partidos opositores, pero la principal contienda, probablemente, se observará en el seno del movimiento peronista. También en el control de la situación socioeconómica, esto es, el mantenimiento de una gobernabilidad social que permita sostener el apoyo ciudadano, pues en 2013 el Gobierno pasará por otro test crucial: las elecciones legislativas de medio término. En este escenario de mediano plazo Moyano ha sido el primero en plantear un desafío de fuste. Los actores han comenzado un delicado juego por el sello peronista que competirá en 2015. Si bien, “peronistas somos todos”, algunos son más que otros: los que detentan el poder de turno, o sea, los que están en el centro y no en la periferia del movimiento.

(De la edición impresa)

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